Bendito Vieta resucitado

Pronto va a cumplir 40 años. Es un amplificador Vieta que compré en los primeros años 70 junto con un plato giradiscos Garrard. Ellos, mi Seat 600 y una máquina de escribir regalada por los compañeros de la redacción, eran todos mis bienes materiales sobre la tierra. En los años ochenta y muchos, el Vieta fue sobrepasado por un equipo de  Sony de tecnología digital. Y se quedó abandonado en un trastero, donde ha pasado, silencioso, unos veinticuatro años. Junto a él, claro, han dormido el sueño de los justos dos o trescientos discos de vinilo.

Hace poco, con mi Vieta en una bolsa, me presenté en el único servicio técnico  de la ciudad donde me dijeron que podrían atender y entender esa clase de antigüedades. Tras una consulta, como el que dice que es inútil auscultar a la momia de Amenoteph, me dijeron que no, que lo sentían mucho, que esa marca y modelo eran pura arqueología.

Pero cuando ya iba a guardar mi reliquia en la bolsa y cantarle un gori-gori, entró un señor en el taller y empezó a ponderar los valores de aquella belleza tecnológica del pasado siglo: su calidad y diseño, sus prestaciones y alta fidelidad.

— Igual funciona, no se crea…–me dijo con un afecto que me enterneció.

Le esperé en la calle y nos confesamos. El señor había sido reparador de electrónica en los ochenta y sabía de qué hablaba; distinguía bien un aparato fabricado a conciencia de una basurita oriental. Lo que ocurre es que, adaptado a los nuevos tiempos, ahora se dedica a vender electrodomésticos de los de chupar y tirar.

Como un heroico médico de novela, el experto se compadeció:

— Si usted quiere, yo podría echarle un vistazo.

Estuve a punto de confiárselo entre lágrimas; pero antes pactamos una prueba:

— Conéctelo, pruébelo, y si quiere, me llama a este número…

En casa, emocionado, hice una conexión rudimentaria y apresurada: el amplificador Vieta, un giradiscos Sony de los ochenta y un solo altavoz…

El disco comenzó a girar, la aguja cayó, el potenciómetro hizo un ligero gruñido y… una Arlesiana de Bizet, bellísima, llenó la habitación de una melodía que a mí me pareció excelsa. La Filarmónica de Berlín entera, con Von Karajan al frente, vinieron a confortar mis angustias. Y después Abbado, Lennon, la ELO, Barenboim, Sinatra, John Denver… todo un mundo musical, buscado y regalado en los viejos buenos tiempo, que  me estaba perdonando las dos décadas largas de castigo inmerecido.

Al Vieta lo llevaré para que el compasivo técnico le quite el carraspeo del potenciómetro y el polvo acumulado desde el final de la Guerra Fría. Pero con sus adorables ruidos no solo me ha recobrado un mundo perdido sino que me hace preguntarme, cada vez que lo conecto, por qué aceptamos sin rechistar el actual consumismo tecnológico si, como suponemos, hacen aparatos programados para que se estropeen  a los dos años justos.

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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3 respuestas a Bendito Vieta resucitado

  1. Encantador relato. Enhorabuena!

    • Paz dijo:

      Me he sentido identificada contigo porque mi historia es idéntica a la tuya , a parte de bien redactada. sólo me falta encontrar a ese técnico . Un saludo

  2. Tobaga dijo:

    Muy bueno, bien redactado.

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