La nostalgia y la cólera

Te han llamado amigos que te contaban, llorando, el horror del viejo bosque perdido. Pero tú, corazón de hielo, querías esperar. Y hasta callabas y les rechazabas. El que tiene que tomar notas no puede llorar, te decías. Ahora estamos haciendo el relato de lo que pasa, levantando una especie de acta de defunción. De manera que de nada sirve ponerse trágico, sentirse cínico, caer en el lirismo, en la cólera y la rabia. Sabemos, sí, que ha sido la peor semana del siglo para nuestros montes. Pero no podemos recordar el pinar donde nos llevó el abuelo, la senda que descubría las setas, el claro del arroyo, la trocha que llevaba a la fuente, y llorar. Nos duele haber perdido aquél bosque, pero es nostalgia. Lo que nos duele, y eso es lo peor, es haber perdido el bosque de nuestra juventud.

   El domingo pasado, cuando el desastre acababa de empezar apenas, se escribía aquí: “¿Sabe alguien de un incendio forestal que haya preguntado dónde está la frontera? ¿Tiene el bosque límites regionales?”. Una semana después, se puede asegurar que una de las grandes cuestiones latentes, uno de los asuntos que se están revisando, es si se hizo bien en separar, cortar y repartir la lucha contra los incendios forestales. España, desde Cádiz a Gerona, está ardiendo. Y se preguntan algunos, en altos despachos de la política, si no hubo un gran error de concepto al separar esa lucha de la autoridad coordinadora del Estado central. Muchos ven en los fuegos, con total claridad, la prueba palpable de un fracaso autonómico. A la hora de la verdad, ya se ve: pilotos ucranianos al servicio de una compañía portuguesa vienen a morir en Mariola porque Madrid aceptó ayuda internacional.

   Podemos escribir, sí, una carta abierta a nuestros nietos. Este es lo que os dejamos: una deuda y un fracaso. La España de los noventa acaba de extender al futuro una letra de cambio. Acabamos de reconocer una deuda de 200.000 hectáreas de monte, de los cuales no menos de ochenta mil están en tierras valencianas. La factura es pagadera a veinte, treinta años. Es inútil la poesía, y la cólera, porque lo que cuenta es la acción. Y no sólo hay que hacer revivir el bosque que se nos ha quemado esta semana sino que hay que hacer los cambios sociales precisos para que sea posible la regeneración del monte y la evitación de nuevos daños. No se trata ya de repoblar lo que se ha quemado, sino de proteger muy especialmente lo que queda porque en pocos días se ha convertido en un bien mucho más escaso y raro. La Mariola que queda es más cara que la del mes anterior.

    Lo debo haber escrito otra vez: a lo peor se nos quema el bosque porque está sólo. Está el calor, la sequía, el cazador, la tormenta seca y el pirómano. Pero está también el gran descuido. Y el utilitarismo de una sociedad de consumo que hace que el bosque no sea de nadie, no valga a nadie. El bosque está sucio, abandonado y arde. Pero su destino, su abandono, su dejadez, no es distinta que la de casi todo lo que en España es público: desde los vagones de Renfe a las cabinas de teléfono, pasando por los cauces de los barrancos, las sendas y los acantilados. (…)

       Hay quien muere por falta de amor y quizá el bosque arde de puro abandono. Pero apostemos: ¿dónde hay más basura: en un monte de la Serra Grossa o en el fondo del mar, frente a Cullera? Buena parte de lo quemado estos días fue tierra cultivable hace un cuarto de siglo. Pero hoy nadie saca provecho al bosque, que arde de puro asco porque no tiene carboneros, neveros, meleros, leñadores, truferos, pastores y resineros y le sobran sin embargo turistas, domingueros, aventureros de pacotilla, moteros y asadores de chuletas.

    El monte sano es ya un bien muy raro. De manera que nos hemos de ir preparando a no pisarlo tan alegremente. Nuestra desgracia es que hemos perdido 80.000 hectáreas, razón que nos obliga de inmediato a dejar de maltratar otras cien mil que pueden quedar sanas. Es decir, que hay que restringir el uso de lo que queda, ahora mucho más precioso: hay que controlar-lo, artificializarlo, musearlo, para poder protegerlo. (…)

Si el bosque necesita carboneros, cabras, meleros y leñadores habrá que inventarlos. Y si no son rentables habrá que pagar por ellos. Y hacer signo de distinción el hecho de comer miel auténtica de Sierra Martés o de tener en la chime-nea leños del Javalambre. La naturaleza va camino del lujo gracias a un proceso de destrucción que tiene sus orígenes, seguramente, en un doble, absurdo proceso: el abandono del monte como un bien inútil para la sociedad de consumo y su total accesibilidad para los consumistas que nada saben de él y de su delicado, poético, equilibrio. Nos queda, sí, la nostalgia, aunque parece que no es, como la cólera, especial-mente utilitaria en estos casos.

(F. P. Puche. “Las Provincias”. Verano de 1994, al término de una terrible semana de incendios forestales)

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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