Después de Calicanto y Cullera

foro paraleloDespués de lo de Calicanto, la Generalitat, en el caso del incendio de la montaña de Cullera, se juega a una sola carta la credibilidad y la autoridad que puedan quedarle ante los Ayuntamientos y la sociedad. El destino ha querido que le haya tocado a Ernesto Sanjuán, alcalde de Cullera, del Partido Popular, pagar los muchos platos rotos a lo largo de años y más años de pitorreo e incumplimiento. Pero todo indica que o Serafín Castellano impone ahora mismo una disciplina sin ribetes de duda o no es preciso que nadie más se moleste nunca más en imponer las normas vigentes. Ni a los ayuntamientos ni a los vecinos, claro está…

Cullera, sí, debería ser la piedra de toque. Porque hablamos del disparo de fuegos artificiales, que deben suspenderse en días de alto riesgo, aunque se trate de la más santa patrona y de la más antigua tradición. Hablamos de que siempre, en cualquier momento del año, debería evitarse disparar pirotecnia en lo más alto del Castell de Cullera y en otros mil lugares de riesgo o de respeto monumental. Como deben prohibirse los fuegos siempre que haya peligro, da igual que hablemos de fallas que de “moros i cristians”, en docenas y docenas de pueblos rodeados ahora de bosque de alto riesgo o de cultivos abandonados. Porque hay una tolerancia absoluta, como ha habido expedientes que se abren y luego se mueren de aburrimiento porque nadie tiene el valor de sancionar, o mejor aún destituir a un alcalde y unos concejales que ha provocado un desastre con su tolerancia. Y hablamos también, desde luego, de ecoparques abandonados y peligrosos y de urbanizaciones sin control, de basuras que la gente tira en cualquier parte y de rastrojos y residuos de poda que las empresas encargadas del servicio tardan días y días en recoger. Es hora de abordar en serio el fin de las construcciones sin licencia que sobreviven por la vista gorda municipal; pero es hora también de resolver las licencias en dos meses, como manda la ley, en vez de pedir más y más papeles inútiles y de dar una penosa impresión de vacío, da igual que sea en los ayuntamientos como en la Generalitat. El mundo municipal no admite más dilaciones: tiene que funcionar o desaparecer. Dejar de subvencionar fiestas y “bous al carrer” y dedicarse a lo único que es su obligación: probar las redes de hidrantes contra incendios que no funcionan y hacer inspecciones y trabajar en los lugares de riesgo donde los vecinos están reclamando. Hablamos, señor Castellano, de barrancos llenos de maleza y laderas intransitables, de caminos sin asfaltar y de policías locales que no pegan un palo al agua. Y de ayuntamientos que se gastan en tonterías los recursos que deberían guardar para combustible de las patrullas. Porque la gente que tiene chalés está literalmente harta: de pagar impuestos y tasas altísimos y no encontrar, en contrapartida, más que el desdén y el abandono de los ayuntamientos.

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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Una respuesta a Después de Calicanto y Cullera

  1. PACO dijo:

    Estoy totalmente de acuerdo contigo, hay tantos y tantos casos a los qie aplicar esa dejadez por parte de los funcionarios

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