El domador de urnas

0098 Blasco y gente 1905.09.14 NM

Ahí lo tienen, rodeado de su gente, oliendo a pueblo, sumergido en la masa de partidarios que le esperaba en la estación del ferrocarril o le llevaba en volandas de urna en urna. Es Vicente Blasco Ibáñez. La foto está tomada el día de las elecciones generales de 10 de septiembre de 1905 y la publicó la revista “Nuevo Mundo” el día 14. Y es una imagen tan acertada, de tanta intensidad, que sirve, un siglo largo después, a todo el que quiera estudiar qué es el populismo, a todo el que quiera aprender algo sobre la política antigua y sobre la moderna, sobre la demagogia, el valor de la palabra fogosa, la inteligencia para jugar con los sentimientos, la astucia para mover, al servicio de la política, los hilos de la libertad, los celos, los complejos, la envidia, la justicia social, la pobreza, el rencor, la igualdad, la religión, el poder…

Un verdadero domador de urnas, el amo durante las cinco ocasiones en las que se presentó. No es posible entender a Blasco Ibáñez –y a Rodrigo Soriano, su rival en aquellas elecciones—sin verle rodeado de la gente que le adoraba. No es posible entender la Valencia de ese tiempo sin conocer el sombrero del diputado escritor y las gorras y sombreros de los admiradores; hay que observar su corbata y los cuellos descorbatados de la gente, su chaqueta blanca impecable y las blusas y chaquetillas de los que le adoraban. La foto casi nos permite aspirar el humo de todos los puros, escuchar la algarabía de los comentarios, gritos y empellones. Le oiremos incluso a él, pidiendo estabilidad en el camino pero alentando un agobio que no desprecia.

El 12 de febrero de 1905 Blasco, el que apoyó antes que nadie que el paseo al Mar llegara al mar, dio un mitin en el Cabañal. El día anterior había hablado en la asamblea de su partido en el teatro Pizarro. Días después se publicó “La bodega”. Fue un buen año para Blasco: en Madrid, además de sus tareas en el Congreso, proyectaba publicar “La República de las Letras” y gestionaba la traducción al francés de “Cañas y barro” que apareció en junio. Ese mismo mes se editó “La horda”, donde cobra protagonismo el Madrid de las clases medias y bajas, el Madrid más popular e intenso. En agosto, Blasco Ibáñez dio un mitin en Almenara y su tren fue apedreado por los contrincantes.

No, más que las derechas y el carlismo conservador, asustadizo y asustado, el contrincante más duro de Blasco Ibáñez era el también republicano, compañero de periódico, y de noches de esfuerzos de todo tipo, Rodrigo Soriano. Después de adorarle, de ser su empleado más servil, ahora despreciaba a Blasco y le llamaba “El rey de los fideos”: porque había nacido en una familia de tenderos del  barrio del Mercat. La demagogia de Soriano se podía equiparar a la del maestro, al que en muchas ocasiones vencía. De modo que en las elecciones de septiembre de 1905, una Valencia con la burguesía cruzada de brazos, se puso a contemplar el pulso entre los dos colosos.

Blasco Ibáñez ganó las elecciones de forma arrolladora: en la circunscripción de Valencia, en la que entraban algunos pueblos de l’Horta, estaban en juego tres escaños. Blasco obtuvo 10.590 votos, y su compañero de partido, el doctor Menéndez Pallarés, 10.465. Rodrigo Soriano quedó el tercero, con 9.045. Fueron diputados los tres, pero el maestro había ganado al alumno y se proclamaba congresista por quinta vez consecutiva. Valencia mandó a tres republicanos a Madrid y el resto de fuerzas pasaron la mano por la pared.

En la noche del lunes 11 de septiembre, los militantes de la Unión Republicana de Blasco celebraron por todo lo alto la victoria en su sede, en la calle de Libreros. Discursos, vivas, euforia política y la lógica calentura, acompañaron a los dos diputados electos –Blasco y Menéndez Pallarés— por la calle de la Nave y la de la Universidad, hacia la calle de las Barcas. Iban hacia la redacción de “El Pueblo”, el periódico fundado por Blasco, situada en la calle de Don Juan de Austria. En las inmediaciones del Teatro Principal, Valencia tenía seis cafés con una gran cantidad de mesas y veladores en las aceras; la animación, en una noche todavía cálida, era enorme en aquellos momentos. Valencia disfrutaba del novísimo barrio que se levantaba sobre el antiguo de Pescadores. La esquina de la farmacia La Morera, ocupada en nuestro tiempo por el que fue Banco de Valencia, era el lugar más concurrido del centro.

Cuando Blasco y su grupo llegaron eufóricos a la encrucijada, sonó un disparo. No era un “masclet” de un gamberro, era otra cosa muy distinta. Inmediatamente se oyó otro tiro y otro más. Y el pánico se extendió entre viandantes, acólitos republicanos y clientes que fumaban en los cafés de las inmediaciones. La desbandada causó víctimas por caídas y graves contusiones: se arrolló a las mujeres, volaron las sillas, se perdieron sombreros, zapatos y bastones. Blasco Ibáñez se refugió en la casa número 27 de la calle de las Barcas y Menéndez Pallarés, tan republicano, encontró asilo en la casa de la Condesa de Rótova, en la misma calle. Según la crónica que “Las Provincias” publicó al día siguiente se dispararon unos cien tiros y no hubo muertos de milagro. Los heridos contabilizados en el Hospital fueron nueve, alguno de bala.

“Las Provincias”, como es natural, se deshizo en condenas y lamentos. Valencia estaba llegando a un extremo insoportable de inestabilidad y desorden “producto de la exaltación de pasiones que tiempo ha venimos censurando”. Pero al mismo tiempo, el periódico opinaba “que Valencia tiene la culpa de todo lo que ocurre y que apenas si merece que se escuchen sus lamentaciones”. Para razonarlo, exponía lo ocurrido en las elecciones recientes: “las clases conservadoras (y tomamos esta palabra en el más amplio sentido) debieron haberse organizado para hacer frente a los partidos avanzados; su labor, lejos de dirigirse a agrupar a estos elementos, encaminóse a exclusivismos suicidas que las dividieron”. El periódico decía que “no pretendemos que se ahonden diferencias”. Pero añadía: “Lo que deseamos es que una saludable reacción de todas las personas de orden salve a Valencia. Próximas están las elecciones municipales; en ellas puede encontrarse el comienzo de nuestra redención; pero es necesario para esto que todas esas clases conservadoras, deponiendo exclusivismos, se unan en masa compacta”.

(Esa unidad reclamada por el diario se demoró durante años, hasta 1912. Vicente Blasco Ibáñez, en marzo de 1906, anunció que dejaba la política y renunció al acta de diputado. No ocultó que estaba cansado de esa clase de brega, que había ganado elecciones todas las veces que quiso hacerlo y, casi casi, que la aventura ya le aburría. Teodoro Llorente, autor de esas reflexiones en “Las Provincias”, formalmente retirado en 1904, había bregado durante años por la unidad de los partidos de orden. Murió en 1911.)

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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