Los recuerdos de Palmira

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De Palmira, claro que sí, me preocupa el porvenir de sus muy famosas ruinas, protegidas por la UNESCO. Pero más que de aquellos muelles de carga festoneados de columnas, más que de aquel fabuloso oasis en medio de la nada, lo que me oprime el corazón es saber qué habrá sido de aquel chavalín de ocho o nueve años, el de la chilaba y el turbante, al que le compré un paquetito de postales. Si han pasado once
IMG_0579años desde aquel viaje, es seguro que el niño del desierto, el que surgió de la arena y se me puso enfrente son una sonrisa angelical, ya es un combatiente, un número dispuesto a matar, disponible para morir en medio del horror de Siria.

Hubo una reina, de nombre Zenobia, que entendió que en Palmira, cruce de caminos y caravanas en medio del desierto, cabían todas las religiones. Y que lo importante es que los camellos que ingresaban en la ciudad por cualquiera de sus puertas, pagaran el peaje correspondiente para nutrir las arcas de la ciudad. Dejad que la gente llegue, se bañe, comercie y duerma a gusto. Dejad que recen y paguen el peaje. Por eso, cerca IMG_0547de las calles que aún conservan las rodaduras de los carros, junto a los anchurosos almacenes y pérgolas para proteger a los viandantes del rigor del sol, había templos dedicados a los dioses más exóticos. Declarada ciudad libre por Adriano, puerto franco en medio del arenal grandioso, Palmira conquistó el primer día el secreto de la tolerancia comercial, la mixtura de la concurrencia de credos, mercados, enseñanzas, lenguas y monedas.

IMG_0614Pero, con todo, lo que me desvela es aquella nena de seis años que, con su madre, se quedó parada dos minutos viendo como dibujaba aquel mar de ruinas, aquellas columnatas interminables, los desvencijados fustes que un terremoto desperdigó hace mil años. La nena miraba el bloc y los lápices como quien ve un milagro y yo me preguntó ahora qué estará siendo de ella, con dieciocho años. Se preguntaba quién era aquel tipo extraño y qué hacía allí, sentado en un pedrusco; y yo quisiera saber qué ha sido de su madre.

Los turistas valencianos paramos un buen rato en el teatro romano de Palmira e hicimos comentarios muy agudos sobre la restauración del de Sagunto. Pero no sabíamos que once años después, en la escena romana que estábamos fotografiando iba a representarse una función de degollamientos a lo vivo. De modo que, más que el orden corintio, me inquieta aquel hombre que reparaba una moto vieja en medio de la calle. ¿Qué ha sido del hojalatero, el cartero, el mueblista y la vendedora de pastelillos de Palmira con quienes me cruce aquel día caluroso? ¿Qué le habrá pasado al carnicero que colgó una cabeza de camello para venderla, al aguador que hacía refrescos de menta, al mendigo que pedía en la puerta de la mezquita y al conductor de aquel autobús lleno de colorines y luces? Porque la UNESCO protege las piedras nobles del desierto; pero no se sabe quién protege a los nobles vecinos de Palmira.

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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Una respuesta a Los recuerdos de Palmira

  1. En el año 2002 realizamos un viaje a Jordania y, no recuerdo por qué razón, optamos por no visitar Palmira y Damasco (quedaba pendiente para otra ocasión). Me temo que ese viaje ‘pendiente’ ahora se ha convertido en ‘irrealizable’.

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