La semana más amarga de Vicente Blasco Ibáñez


1915 blasco en valenciaHace cien años, el escritor Vicente Blasco Ibáñez pasó la que probablemente fue la semana más amarga y decepcionante de su vida. Porque para un hombre acostumbrado a arrastrar a las masas con la palabra, la censura, la prohibición de hablar, era casi peor que la imposibilidad de escribir. Con todo, que eso le ocurriera en Valencia, que se le impidiera hablar en público en la 1915.06.18 el pueblo prohibicion incalificableciudad donde él había hecho y deshecho siempre, era una afrenta intolerable. De modo que aquel maldito 19 de junio de 1915 hizo lo que nunca pensó que llegaría a hacer: largarse. Tomó el vapor “Villarreal” y se fue a Barcelona… donde las cosas no le fueron mejor.

La culpa de todo la tuvo la guerra. La maldita Guerra 1915 blasco en el villarrealEuropea. Y la enconada batalla política desatada en España entre aliadófilos y germanófilos; entre partidarios de intervenir en el conflicto o seguir siendo neutrales. Blasco no había disimulado ni un solo minuto. Desde que el conflicto comenzó en 1914, se había instalado en Paris y estaba viviendo las pasiones, conflictos y sufrimientos de los franceses. No ocultaba que estaba haciendo un gran negocio editorial en base a la guerra: las colonias agrícolas de Argentina ya no le interesaban y lo que le hacía trabajar como un titán en los últimos meses era la “Historia de la Guerra Europea”, un coleccionable editado en Valencia para todo el mundo de habla hispano que él escribía, dirigía y organizaba desde la capital francesa. ¿Y qué pretendía ahora? Pues hablar en público de la Guerra Europea, de ese terrible conflicto que había bautizado como Guerra Mundial, tanto para ayudar a difundir sus productos editoriales como para, con toda sinceridad, explicar a los españoles los tremendos intereses que estaban en juego en los frentes de Francia y de Rusia, de los Dardanelos y del Mar del Norte, nada menos que la libertad.

Pero el gobierno español, el conservador Dato, no admitía bromas de ese tipo. Bastantes disgustos estaba dando el escandaloso Lerroux, partidario de que España entrara en la guerra al lado de los democráticos aliados como para que Blasco Ibáñez, como todos los republicanos, quisiera ponerse también del lado de Francia y enviar soldados a Europa. Bastante teníamos ya con las tensiones de África; bastante teníamos con aguantar las graves secuelas de la guerra en forma de constantes subidas de precios.

Blasco Ibáñez, en cuando pisó Valencia, tuvo una recepción calurosa de sus incondicionales. Le recibieron con aplausos en la estación del ferrocarril y le aclamaron tanto en la calle don Juan de Austria, el pie de la redacción de “El Pueblo”, como en la Gran Vía, donde su editorial tenía nueva sede. Pero el gobernador civil, desde el primer minuto, dejó claro que no iba a permitir que el frontón Jai Alai, el de la Alameda, se convirtiera en el escenario de un homenaje politizado al escritor y, en definitivas cuentas, en un mitin republicano a favor de la entrada de España en la guerra. El día 17, el gobernador en persona, acompañado de los jefes de la Guardia Civil y de la Policía, visitó el frontón y lo dejó todo bien claro. “Según orden expresa del señor Tejón, quedaba absolutamente prohibido que en dicho acto se pronunciasen discursos haciendo alusión directa ni indirecta a la guerra europea. Añadía el gobernador civil que estaba dispuesto a suspender la reunión y disolverla, en el momento en que se incurra en desobediencia, a cuyo efecto habrá en las inmediaciones del local fuerza bastante para cumplir sus órdenes”, escribió “Las Provincias”. En la noche del 17 de junio, el gobernador, decididamente, suspendió el banquete y todos los actos colaterales en el frontón, decisión que comunicó a los organizadores, que pretextaban que Blasco iba a hablar de la guerra pero solo “de sus aspectos literarios”.

La reacción del blasquismo fue furibunda, como era de esperar. El diario “El Pueblo” tituló “Una prohibición intolerable” a todo lo ancho de su portada. Pero Vicente Blasco Ibáñez, acostumbrado a hablar de la libertad en relación con las democracias, y singularmente con la francesa, pasó de la rabia a una profunda decepción. Como señala Juan Luis León Roca, su mejor biógrafo, en este breve viaje a España “no ha de salir de su estupor, pues cuanto ve y oye le confunde y cansa”.  En una carta dirigida a los periódicos había dejado claro que no pretendía hablar de la guerra y que “ante todo, conste que soy enemigo de una intervención armada de España en el presente conflicto”. Pero de nada sirvieron sus afirmaciones: salvo “El Pueblo”, ningún otro periódico español se interesó por el problema de un Blasco que parecía ser ya historia, un personaje sin interés periodístico.

En vista del vacío, de la hostilidad del ambiente, se largó de Valencia. Tomó un vapor, el “Villarreal”, que le llevó a Barcelona en la noche del 19 al 20 de junio. Más que hablar, Blasco quería visitar a su hermana en la ciudad condal: pero no pudo ni bajar del barco. Una multitud hostil apedreó el buque hasta que fue disuelta en los muelles por la Guardia Civil. Cuando ya estuvo en Francia, el novelista pudo ironizar sobre su nueva realidad: los guardias civiles, que de bien joven le perseguían, eran ahora sus protectores. Triste, decepcionado, amargado por el trato recibido más que en Valencia en España, Blasco se refugió de nuevo en la literatura: en noviembre de 1915 tomó un mazo de cuartillas y empezó a redactar “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, su gran novela sobre la Guerra.

(En las imágenes, la recepción a Blasco, la portada de “El Pueblo” y el escritor a bordo del “Villarreal”)

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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