El Bar de Ostras de Rafael Guastavino

grand central vestibulo centralCuarenta y cuatro andenes y 67 vías, en dos niveles superpuestos. Y cada día, hasta medio millón de viajeros que van y vienen, incansablemente, entre la Gran Manzana y todos los condados que rodean la ciudad. Eso es, en nuestro tiempo, la Grand Central Station, una de las tres grandes terminales ferroviarias de Nueva York. Y además, grand central OB bar de ostras12.000 metros cuadrados de galerías comerciales y un gran mercado de alimentación en el que destaca el Oyster Bar & Restaurant, un clásico que abre todos los días del año para servir los mejores mariscos que llegan a la ciudad.

La estación abrió en 1871, cuando la mandó levantar el comodoro Cornelius Vanderbilt, dueño de la red de ferrocarriles y gran patrón, entonces, de la Copa América de grand central relojVela. Pero el edificio que conocemos, de Warren, Wetmore y Reed, se inauguró en el año 1913. Cuando de la Gran Central partían los lujosos trenes de larga distancia, a Chicago, Montreal, Boston o Washington, la terminal ferroviaria, para remarcar la aspiración de lujo de un edificio trazado sin escatimar recursos, se dotó de un Bar de Ostras. Era una instalación del más alto grand central OB francisco andinonivel, en la que intervino el constructor más reclamado en Estados Unidos, el valenciano Rafael Guastavino, dueño de varias patentes en el campo de las bóvedas rebajadas y los recubrimientos de cerámica que solamente él podía aplicar. “¿Hay por aquí alguna placa, algo, que recuerde al señor Guastavino?” Se lo pregunto a un camarero joven que pone cara de no poder ayudar. Pero que dos minutos después viene de la mano de un veterano camarero:

  • Sí, señor, yo sé quién es don Rafael Guastavino: un catalán que hizo este edificio…
  • Alto ahí, amigo mío: Guastavino nació en Valencia.
  • ¿En Valencia, dice usted? No lo sabía: pues si precisamente yo tengo familia en Gandía…

El camarero es Francisco Andino, un hondureño amable y elegante, afincado en Nueva York a mediados de los setenta, y decano de todo el personal que trabaja en el Oyster Bar. “Hoy, precisamente hoy, cumplo 35 años de servicio en la empresa, señor”.

El Bar de Ostras de Grand Central no pudo sobrevivir a la crisis de clientela que se produjo de la mano de los aviones a reacción. En los sesenta, ¿qué tren iba a competir con el “Jumbo”? Se terminaron los trenes nocturnos de lujo y se terminaron las románticas cenas de ostras y champán de los enamorados que iban a embarcar hacia Nueva Orleans o Miami. La enorme y elegante estación, pese a su precioso techo estrellado, se quedó anclada en el tiempo y maltrecha, destinada a las líneas de ferrocarril de cercanías. Por más que cueste creerlo, se pensó en derribarla: la calle 42 tenía muy mala fama en los sesenta y el antiguo Bar de Ostras se había convertido en un cafetín de estación vulgar, condenado a servir donuts a oficinistas adormilados.

grand central placa jaquelineUna placa lo recuerda en una de las fachadas: tuvo que ser Jacqueline Onassis, la viuda de Kennedy, quien, al final de los sesenta, levantara la bandera de la salvación del patrimonio arquitectónico. La Grand Central no podía derribarse; Nueva York no podía perder ese punto de referencia fundamental. El Registro Nacional de Patrimonio incluyó la estación en su lista protectora y la estación se salvó de la piqueta en los setenta. Para comenzar un proceso de restauración integral que costó docenas de millones de dólares. Cuando empezaron a limpiar, se dieron cuenta que el techo era azul celeste y no gris marengo: una capa de humo de millones de cigarrillos lo desfiguraba todo.

“Aquí donde estamos no llegaba la luz, señor”. Se habían construido tabiques y se había estropeado casi todo. Trabajaron mucho aquellos años; costó mucho dinero”. Francisco Andino, que recuerda a su familia de Gandía, recuerda también que Jerome Brody, en 1974, empezó a pensar en la posibilidad de reabrir un buen restaurante y bar de mariscos en la zona de alimentación del primer sótano de la Grand Central. Se atrevió. Y la nueva estación, recobrada, le pagó la valentía con generosidad: el Oyster Bar es uno de los establecimientos de mayor concurrencia diaria de Nueva York. Y su propietario, que también abrió una popular “steak house”, pudo tener una vida feliz con su yate y sus caballos, a costa del mejor marisco, traído a diario desde Maine y Massachussetts.

grand central OB jerome brodyFrancisco Andino habla orgulloso: “Siempre hemos tenido mucha suerte al trabajar aquí, señor. Los trabajadores tenemos un sindicato y estamos todos asegurados: cada semana, la empresa paga por nosotros 325 dólares, para el seguro médico y la jubilación. Eso es lo mejor que te puede pasar en Estados Unidos”. El retrato al óleo del señor Brodie preside la barra principal del gran restaurante como si fuera un jefe de estado. “Él ya murió hace unos años. La empresa la llevan los abogados de la señora”, dice Andino con tono respetuoso.

Arriba y abajo, en los 44 andenes, miles de personas se mueven cada día por la estación. Solo la tienda de Apple mueve a diario más público que alguno de los museos de la gran ciudad. Los turistas más instruidos siguen los consejos de la guía y se hablan de esquina a esquina: su voz se transmite muchos metros, arrastrada por las bóvedas que trazó un valenciano, Rafael Guastavino, dueño también de una patente de losetas que absorbían el ruido. Grand Central, seguramente, es la única estación ferroviaria del mundo donde se entiende lo que dicen los altavoces.

Sesenta y siete vías, que van a ser más próximamente. Y miles de turistas que no van a viajar a cercanías, pero que acuden a hacerse una selfie que ha de tener de fondo el reloj esférico que preside la zona central de información, el que todos hemos visto alguna vez en el cine. El próximo día 26, desde mediodía a las 4 de la madrugada, el restaurante celebrará el Frenesí de las Ostras: degustación de 16 clases de ostras y de 30 vinos del mundo, con un concurso de abridores dotado con un primer premio de 3.000 dólares.

grand central OB restauranteFrancisco Andino, correcto, quiere volver a Gandía. Recomienda todas las noches una estupenda sopa de almejas con aire de bullavesa, pero recuerda la “fideuá” de Gandía y un jamón perfecto que probó una vez en el restaurante de El Corte Inglés. Este verano no ha podido ser: ha pasado unas semanas en Viña del Mar, Chile, “donde nació mi señora”. Pero el año que viene lo tendremos aquí, fijo.

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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2 respuestas a El Bar de Ostras de Rafael Guastavino

  1. Paco Suay dijo:

    Magnífico artículo que refleja a la perfección las sensaciones que trasmite Gran Central

  2. Pingback: Un gran documental sobre Guastavino | fppuche

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