Los misterios del viejo cauce. (3) “Como quien navega en barcos”

 

0005 MadererosLa dura ordenanza de Fernando VI consagró maderas y bosques exclusivos para los astilleros de la Armada. Todas las grandes exploraciones, todas las expediciones y flotas que viajaron a América lo hicieron sobre maderas bajadas por los gancheros desde los bosques de las montañas de la península. Las maderas que tantas veces volaron hechas astillas bajo el impacto de cañones enemigos, también se encarnaron en los navíos gracias a los esfuerzos de los hombres de las almadías. Cuando las Cortes de Cádiz se encargaron, en 1812, de abolir la ordenanza real sobre bosques, la cruel normativa había empobrecido, a lo largo del siglo XVIII, la España boscosa y, singularmente, las tierras del bajo Aragón, Cuenca y el Rincón de Ademuz. Los troncos señalados como mejores por los veedores oficiales habían hecho el camino fluvial de Valencia para emprender, desde allí, el viaje hacia los astilleros de Cartagena; pero el beneficio dejado a quienes habitaban aquellos bosques se había limitado a los menguados jornales de los gancheros.

Los antiguos historiadores, como Escolano, nos informan que el río Turia era navegable en una parte notable de su recorrido, especialmente en la época de dominación romana. Los trabajos geográficos más modernos lo han corroborado porque un cauce fluvial sin represas ni pantanos, y con una red de riegos mucho menos intensa, presentaba caudales mayores y cursos de mayor calado: embarcaciones de escasa quilla podían remontar largos trechos del Turia. En su libro “El Turia y el hombre ribereño”, Jaime Marco Baidal escribió, en 1960: “Lo que resulta bien cierto es que el río Turia sirvió hasta muy recientemente de medio de transporte económico y seguro de la gran cantidad de madera de pino que se cortaba en los pinares de Santa Cruz de Moya, aguas abajo”.

Marco cita en este punto a Escolano, que en el siglo XVII escribió esta descripción, tan ajustada como plástica: “porque siendo imposible sacarla (la madera) en carretas de aquellos bosques y sierras fragosas o por lo menos de inmenso coste, hasta ponerla en Valencia, mostró la necesidad a los hombres el atajo del río, con echar los maderos desde lo alto a su corriente y después, gobernándolos muchos peones, que andan sobre ellos con garfios y palos, como quien navega en barcos y no dejándolos hasta dar la vista a los mismos muros de la ciudad, llevados de la corriente, lo cual es una de las apacibles vistas que Valencia tiene el día en que toma puerto en ella la madera, porque en la muchedumbre de la chusma y de los pinos cortados, que entran en número de dos a tres mil, parece una flota de Indias entrando en el Guadalquivir”.

En enero de 1267, Jaime I concedió facultad para la conducción libre de madera cortada en los bosques del interior montañoso, a través de las aguas de los ríos Xùquer y Turia. Es la primera regulación que se conoce, sobre transporte de troncos, de la Valencia foral. Durante siglos, regantes del Turia y acequieros vigilaron con mucha atención el paso por el Turia de los gancheros, tan inquietante para los intereses de los agricultores como la propia falta de agua. Las maderadas, para no interferir en los riegos, debían haber llegado a su destino antes del mes de abril.

“Todavía a principios de siglo bajaba madera por el río Turia hasta Valencia”, nos dice Marco Baidal a renglón seguido. “Luego—añade—no pasaba esta de Villamarchante, desde donde venía en el tren de Liria”. La construcción de los embalses de los dos ríos, a lo largo del siglo XX, terminó con una profesión legendaria que, por otra parte, encontró demasiados competidores en una red de ferrocarril y carreteras paulatinamente más densa y eficiente.

(Continuará)

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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