Los misterios del viejo cauce. (6) Por tres reales diarios

foto gancheros en el rio (3)“Saragüells”, sombrero de ala ancha y una potente vara bien provista de un gancho de acero. Esos eran los atributos del “raier” valenciano, según nos los describen las crónicas antiguas y, sobre todo, el capítulo que Joaquín Pardo de la Casta escribió en “Los valencianos pintados por sí mismos”, en 1859, sobre una profesión que ya fue citada por el historiador musulmán El Idrisi, que habló de la madera que bajaba por el Xùquer desde Cuenca, hacia los aserraderos de Alzira, Cullera y Denia.

El maderero –dice el libro— “procedía de la parte alta de las tierras valencianas, especialmene de Ademuz, Cofrentes o Chelva”. Pardo de la Casta señala que los mejores madereros eran los chelvanos y que el oficio se heredaba de padres a chulillahijos. El duro aprendizaje del ganchero podría comenzar a los seis años, sirviendo como ranchero del equipo de conductores de madera. “Años después, cuando las seguidas conducciones de madera le habían enseñado el oficio ascendía a ganchero con un sueldo de tres reales diarios; entonces tomaba posesión de la herramienta, el gancho, que usaba para acercar los troncos de que se alejaban de la corriente”, dice el chelva. Puente Barrequenalibro “Los valencianos pintados por sí mismos”. Los cuadrilleros, jefes de equipo de siete gancheros, cobraban cinco reales al día. Ser cuadrillero requería haber demostrado experiencia, destreza, capacidad de mando y valor; y abría el camino hacia la posibilidad de ser mayoral, la cualificación más alta y noble del mundo de los madereros, pagada por encima de los siete reales domeno-turiadiarios.

Entre cien y trescientos hombres, adolescentes y niños podían movilizarse en Chelva en la temporada de trabajo; familias enteras se despedían del pueblo y emprendían el camino del agua, a sabiendas de que, en la vía, o en Valencia como punto de destino, se comía y dormía en la orilla del río, donde se instalaban auténticos campamentos. Para hacerlo posible, los equipos de gancheros tenían a su disposición a otros profesionales auxiliares que traían suministros (“la tenda”), hacían la comida y se ocupaban de que los hombres tuvieran ropa limpia y seca en los descansos (“roperos”).

El trabajo que escribió Pardo de la Casta nos sitúa a los gancheros oyendo misa y comulgando en la ermita de San José de Loriguilla, encomendándose a la providencia antes de atravesar el angosto estrecho que el Turia hace un Chulilla, un lugar especialmente peligroso en el que los troncos podían adquirir una fuerza tan impetuosa como potencialmente peligrosa. El maderero clásico que nos describen las crónicas no era exclusivo de los ríos de la vertiente mediterránea. Por el contrario, podría haber “recorrido toda España a través de sus ríos, porque fue tal la fama de hábil, resistente, sobrio y económico, que lo buscaban para todos los ríos de la península”, asegura el reportaje que en 1924 publicó “Diario de Valencia”, que describe a gancheros chelvanos trabajando en el río Tajo, a la altura de Aranjuez, ante los reyes Carlos IV, Fernando VII e Isabel II, reinados que se corresponden con la última gran etapa de esplendor de la profesión.

(Continuará)

Imágenes: Viejos gancheros y el Turia en Chulilla, Chelva y Domeño.

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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