Paco Jarque

  • escaner_20160914Nos dio a conocer Valencia como un peregrino que hubiera cambiado la calabaza por la Hasselblad

Los guardias municipales a caballo, con uniforme de gala, se hicieron símbolo del poder municipal. Cualquiera podía hacer esa foto, bastaba ir a una procesión. Pero cuando la obtenía Paco Jarque, los penachos de plumas, el porte de los guardias, las charreteras y adornos de los jinetes, y sobre todo su mano maestra a la hora de trabajar el revelado en blanco y negro, convertía a dos humildes policías en un símbolo duro de un sistema. La foto de Jarque, cuando quería, transmitía un inefable toque de amenaza, de arquitectura de un régimen que era preciso transformar.

   Tuve esa suerte. En 1979, la portada del libro “50 Alcaldes” se la encargaron a un fotógrafo joven, impulsivo y certero, que unos años antes había sabido encontrar, en algo tan entrañable como la procesión del Corpus, los detalles inquietante de la presencia del franquismo incluso en las fiestas valencianas más inocentes. Unas bayonetas caladas, un vecino con camisa azul mahón, el casco de un soldado en contraste con los pétalos de flor… Todo, cuando Jaque ponía el ojo, se podía convertir en proyectil fotográfico de un tiempo donde el fotoperiodismo asaltaba campos inéditos tanto en los bombardeos de Vietnam como en las protestas del “flower power”.

   Años y leguas. El académico de San Carlos Francisco Jarque, maestro de la imagen, ha fallecido. Y los que tuvimos la suerte de conocerle añoramos su impulso creador, su genio de todos los diablos, su forma esquinada de decir la verdad igual que se fotografía, desnuda de atributos, sin edulcorantes ni espesantes. Imagino el dolor de Pepe Huguet, el desconsuelo de María Ángeles Arazo, la orfandad de todos los amantes de la imagen que han salido a redescubrir Valencia una y otra vez, siguiendo unos pasos imposibles de igualar.

   Docenas de libros –la mayoría escritos por nuestra querida compañera– nos ayudaron a conocer la ciudad de Valencia, la huerta y las montañas del interior, a los valencianos más perezosos. Ellos descubrieron historias de pescadores y segadores, de ermitaños y arrieros; ellos nos llevaron a casa las barracas, las aldeas, las ermitas, castillos, pozos y bancales de piedra seca que sembraban una geografía olvidada por los urbanitas. Ellos fueron conciencia contra el olvido y piedra de toque contra el abandono. Y por si fuera poco, Paco Jarque tuvo fuerzas para hacer libros experimentales pero sobre todo para fotografiar, para la Caja de Ahorros perdida, la reconstrucción completa, imagen tras imagen, del paisaje que vio en su día Antonio José de Cavanilles.

   La barba del fotógrafo ya era blanca y patriarcal. Le daba un aire de peregrino  compostelano que hubiera cambiado la calabaza por la Hasselblad. Y así, pueblo a pueblo: plantas y frutos, cosechas y riscos, barrancos y calas; cada surco perfecto fue objetivado y cada acantilado secreto pasó al papel cuché. Con la mirada crítica del que contrasta, con el cariño benévolo del que conoce a la gente: con sus barrigas, sus puros caliqueños, su amor a la tierra y al que la creó.

(Publicado en “Las Provincias”. 13 septiembre 2016)

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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