Emilia Pardo Bazán: cena de Nochevieja en la Lonja

04-53-1900-01-00-pardo-bazan-en-valenciaLa entrada de doña Emilia Pardo Bazán, a las nueve en punto de la noche, del brazo de don Teodoro Llorente, en el salón columnario de la Lonja, fue inolvidable por su solemnidad y elegancia. El poeta y respetado periodista, rechoncho y de lacios bigotes, quedaba empequeñecido al lado de la bella escritora gallega, que aunque andaba camino de la cincuentena lucía un palmito imponente. El diario de don Teodoro lo escribió al día siguiente: llevaba un “traje alto, de raso blanco con encajes de Inglaterra, y ostentando valiosas alhajas, entre las que llamaba la atención una lindísima riviére de brillantes y gruesas perlas, de gran valor”.

Era la Nochevieja de 1899 y las fuerzas vivas de la ciudad, por iniciativa del Ateneo Mercantil, iban a rendir homenaje a la famosa escritora, autora ya de más de veinte novelas de gran éxito nacional e internacional y sobre todo poseedora de un espíritu creativo, amante de la libertad y el progreso, en el que destacaba además el rasgo insólito de defender la igualdad de derechos del varón y la mujer, sobre todo en lo que se refiere a la educación.

Doña Emilia era, indudablemente, el progreso, el nuevo espíritu del siglo XX. Por eso, además de las autoridades, en la noche en que iba a cambiar tan espectacularmente el almanaque, ocuparon asientos en el banquete docenas de artistas, intelectuales y poetas y, sobre todo, representantes de los círculos y ateneos literarios y científicos, del empresariado y de los comerciantes, hasta sumar un total de 315 comensales. Los quince potentes focos eléctricos que se habían colgado de las bóvedas del salón columnario de la Lonja daban al recinto gótico un particular encanto: las cuatro fachadas del salón estaban tapizadas con profusión de plantas, y las tres largas mesas, instaladas sobre alfombras para evitar el frío de las piedras desnudas, elegantemente decoradas por los sirvientes del restaurante Miramar, que dispuso el banquete.

La intelectual llegó a Valencia el 26 de diciembre, acompañada de su hijo, Jaime Quiroga Pardo-Bazán, fruto del matrimonio que la escritora decidió romper, hacia 1884, cuando su marido, después de la conmoción que supuso la publicación de “La cuestión palpitante”, quiso interferir en su vida profesional ordenándole en vano que dejara la literatura. Doña Emilia, de la que toda España sabía que mantenía una intensa relación de amor con Benito Pérez Galdós, había venido a hacer el discurso de apertura del Ateneo Científico de Valencia. Hospedada en el Gran Hotel de la calle de San Vicente, la ilustre escritora, acompañada del doctor Candela, presidente del Ateneo, visitó El Puig, fue obsequiada otro día con una fiesta huertana y, el día 29, pronunció su discurso inaugural, dedicado a la patria y sus valores, en el Paraninfo de la Universidad.

En la cena de fin de año de la Lonja, hubo largos brindis, lectura de versos y epigramas y un ambiente de permanente homenaje a la calidad y al vigor de la obra que había implantado el naturalismo, así como a la valentía de sus planteamientos de libertad e igualdad y a los valores de renovación y modernidad que contenía.

Uno de los discursos más agudos, el del poeta Latorre, aludió a la presencia en la cena de Llorente, autor del poema “La Barraca”, que era el equivalente al clasicismo, y también la destacada evidencia del naturalismo y la modernidad, representada por Vicente Blasco Ibáñez, autor de la novela “La Barraca”. Para que no faltara nada, la poesía popular llegó de la mano de Millás, que recitó unos “Cantares” de entre los que cabe recordar:

  Cuando leo tus escritos,/ Siempre exclamo al terminar. /“! Válgame Dios y qué agallas /Tiene la Pardo Bazán!”

Las campanas de todas las iglesias sonaron a medianoche para señalar la llegada del nuevo año, cuando la insigne escritora iba a comenzar su disertación, al final del banquete. Saludó a Valencia y a los valencianos y, dejando a un lado los asuntos elevados en ese instante, quiso dar las gracias, como mujer, por el afecto humano que recibía en todas partes. Finalmente, estableció un paralelismo entre el homenaje que Valencia le rendía y nuestros Juegos Florales; para invertir los términos, convertirse en poeta laureado y ser quien otorgara la flor natural. Es lo que hizo: tomó una rosa roja de la “corbeille” que había en el centro de la mesa y la obsequió entre ovaciones a don Teodoro Llorente, que no pudo contener la emoción.

Su carruaje fue acompañado por los de muchos admiradores hasta el Gran Hotel, cerca de la plaza de la Reina. Fueron tantas las canciones, vivas y reclamos de los valencianos que a doña Emilia le fue forzoso saludar desde el balcón antes de retirarse a dormir. Aún estuvo la escritora en Valencia varios días más: visitó la Institución para la Enseñanza de la Mujer, la Sociedad Coral El Micalet, el sanatorio antituberculoso del doctor Moliner en Portaceli y tras despedirse del Ateneo regresó a Madrid el 4 de enero. Una foto nos recuerda este memorable viaje a Valencia de la escritora que simboliza a la mujer española, con toda su carga de esperanzas de cambio, en el umbral del siglo XX; sobre todo porque la vemos flanqueada por Llorente y Blasco Ibáñez, la tradición y la modernidad en la literatura valenciana.

Durante la estancia en Valencia de la Pardo Bazán, “Las Provincias” publicó el mejor elogio que podía hacer de su obra: un artículo de otra mujer, valenciana en este caso, que llevaba años luchando por la dignificación de la mujer a través de una educación de calidad y en valores de igualdad. Era doña María Carbonell, una excepcional pedagoga, que decía hablando de la escritora: “He aquí un nombre que resuena en Europa excitando la admiración y el respeto, y espacia en España el ánimo de quienes lamentan decaimientos, notan deficiencias y lloran desastres”.

Ese era, en 1900, el moderno sentido de lo progresista: contra el decaimiento nacional, contra el pesimismo y la apatía, educación, regeneración moral. En su visita a la Institución para la Enseñanza de la Mujer, que funcionaba en el segundo piso del destartalado y enorme palacio de Parcent, la escritora, acompañada de Blasco Ibáñez y del doctor Candela, celebró la tarea educativa de una escuela que destacaba en la ciudad por sus desvelos educativos hacia las mujeres y dijo:

– La mujer española es ingeniosa y de gran perspicacia; ¡lástima no se la instruya, pues con su instrucción se alcanzaría un cambio admirable en sus costumbres y en su carácter!

 En una España donde miles de adolescentes dejaban la escuela prematuramente para pasar a las filas del trabajo, la lucha por la igualdad de la mujer estaba comenzando por las aulas; para lograr, antes que nada, que todas las mujeres fueran a la escuela, y luego para que recibieran los mismos programas que los chicos, y no solamente lo que eufemísticamente se llamaba “costura”. Finalmente, para conseguir que las tareas domésticas no las arrancaran del aula antes que a los varones, como solía suceder. Esos eran, o debían ser, los tiempos modernos.

(Del libro “Tiempos Modernos”, editado por el Ayuntamiento de Valencia en 2008)

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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