NORTE (9). DE LA PRIMERA A LA ÚLTIMA PIEDRA

CAPÍTULO 5.

Once años de obras

“Valencia ya no es una ciudad morisca, es una urbe moderna; ha entrado de lleno en la vida del progreso”. Era algo más de la una y diez de la tarde del 2 de agosto de 1906 y el sol caía a plomo sobre la llanura de las instalaciones ferroviarias. De vez en cuando,  una racha de viento de poniente envolvía a los congregados para la solemnidad, casi doscientas personas vestidas de gran gala para asistir a la colocación de la primera piedra de la futura Estación del Norte de Valencia. Aunque ya llevaba más de cinco horas de ajetreo vestido de impecable levita, el doctor Sanchis Bergón, alcalde de Valencia, no daba la impresión de estar muy acalorado cuando emprendió su discurso. Otra cosa era la emoción, que le proporcionó palabras vibrantes: “La ciudad –prosiguió el alcalde– necesitaba para esto una voz redentora, una voluntad, una energía, y todo esto lo tenemos en la persona del señor ministro de Instrucción Pública, aquí presente, y en Madrid con el ministro de Hacienda”.

Valencia estaba teniendo suerte en los últimos meses. Perdedora tantas veces en el rompeolas de los intereses nacionales, la ciudad, ahora, se sentía arropada por el hecho de que en el gobierno liberal presidido por el general López Domínguez habían coincidido como ministros Amalio Gimeno y Juan Navarro Reverter. Aunque nacido en Cartagena, el ahora responsable de la educación en España, se había formado en la Facultad de Medicina de Valencia, en esta ciudad había hecho sus primeras armas políticas en el Partido Republicano Federal y más tarde había obtenido la cátedra de Terapéutica. Sus lazos valencianos eran muy estrechos, intensos: si fue diputado liberal en 1886, fue por el distrito de Alzira. Mientras tanto, la Universidad de Valencia, que le venía eligiendo como senador desde hacía trece años, veía ahora abierto el cielo de sus aspiraciones más urgentes, unas instalaciones nuevas para las Facultades de Medicina y Filosofía, porque el viejo edificio de la calle de la Nave, además de estrecho para tanto estudiante, estaba en precario estado.

¿Había sido el ministro, como el alcalde pregonaba bajo el sol, la “voz redentora” que Valencia necesitaba? Sin llegar a tan alto grado providencial, sí que parece que Amalio Gimeno, ministro desde hacía menos de un mes, estaba haciendo algunos milagros. Para empezar, se le podría atribuir a él –como a Navarro Reverter y a Sanchis Bergón– haber logrado un pacto de sensatez y resignación, en la política y en los medios informativos, en torno al emplazamiento de la Estación del Norte aprobado por real orden en 1905. Aunque fuera por extenuación, o por pragmatismo, los contrincantes habían asumido que no existían otras alternativas, al tiempo que la Compañía del Norte aceptaba que se acercaba el tiempo de poner a Valencia en la lista de sus inversiones.

Quizá la sensatez y la cordura del doctor Sanchis Bergón estaba operando los primeros milagros. Era alcalde desde el 1 de enero y no tenía especial interés en superar un año de mandato, como así fue finalmente. Pero estando nombrado por el Gobierno, como era ley y costumbre, entendió que lo más inteligente para la ciudad podría ser que los liberales colaboraran con el amplio grupo de concejales republicanos del Ayuntamiento de Valencia para abrir un periodo de pacificación que se dedicaría, sobre todo, a impulsar los numerosos proyectos urbanos pendientes. En lo personal, una de sus primeras decisiones fue crear la Asociación Valenciana de Caridad, institución que en adelante tuvo como finalidad combatir la mendicidad callejera por la vía de dar de comer a los necesitados y darles también oportunidades de inserción social.

Grueso de cuerpo, con un rostro redondo poblado de generosa barba, Sanchis Bergón, de profesión neurólogo, había sido médico municipal y concejal de Sanidad antes que alcalde. Pero a los 46 años se sentía con fuerza para encarrilar los antiguos anhelos de una ciudad. Cuando plantó rosales en la nueva plaza de Castelar, empezó la prensa a elogiarle. Y cuando mandó retirar la verja de la Glorieta, los valencianos pensaron que se había quitado al jardín un corsé y se había entregado a la ciudad un nuevo espacio.

Por eso el 30 de junio de 1906 se armó de valor, llamó a los concejales y a la prensa y colocó la primera piedra de lo que habría de ser el nuevo Ayuntamiento de Valencia, levantado a partir del existente, en la vieja Casa de Enseñanza, pero con una imponente fachada a la plaza, llamada ahora de Castelar. El arquitecto Francisco Mora se ocuparía del proyecto. Apenas un mes después, la credibilidad del alcalde, el respeto que generaba, hizo posible que el ministro Gimeno, con todos los altos cargos ferroviarios del Estado y de la Compañía del Norte en presencia, empuñara una paleta de oro con puño de marfil, decorada con el escudo de Valencia, que llevaba la siguiente inscripción: “El Excmo. señor ministro de Instrucción pública, D. Amalio Gimeno Cabañas colocó la primera piedra de la nueva estación del ferrocarril del Norte, siendo alcalde D. José Sanchis Bergón. Valencia. 2 de agosto de 1906”.

Con todo, la ceremonia ferroviaria tuvo un especial y agradable consenso que “La Correspondencia de Valencia” reflejó en un fondillo editorial[i]: “En la ceremonia hemos visto confundidos, confraternizando, unidos en patriótica aspiración, a representantes de todas las clases sociales y de todos los partidos políticos, desde la extrema derecha a la extrema izquierda; allí estaban altas representaciones del Gobierno, de la Iglesia, del Ejército, de la industria, del comercio, de las Artes, de la Ciencia y de los partidos populares en todos sus matices; todos inspirados en el bien de Valencia, todos unidos para asistir a una de las mejoras que reclamaba la ciudad, todos dispuestos a contribuir a que prospere y se engrandezca la tierra que nos vio nacer y a la que amamos como madre cariñosa. !Espectáculo hermoso que debe perdurar para bien de nuestra Valencia!”

La esperada primera piedra fue colocada “al extremo del segundo muelle de mercancías de la estación del Norte, en el ángulo que forma este con el apartadero”. Allí se había levantado una gran tribuna a la que se accedía  por dos escalinatas laterales. Desde el Ayuntamiento, en la calle de la Sangre, una nutrida comitiva de coches de caballos se dirigió por la calle de San Vicente hasta llegar, extra muros, al número 310, donde se emprendió a la izquierda, entre huertas y solares, un camino que llevaba hasta las instalaciones ferroviarias. La ruta de acceso, especialmente adecentada, lucía escudos, banderas y gallardetes; en el suelo se había esparcido murta, siguiendo la vieja costumbre valenciana. Pese a ser un área despoblada de casas, fueron cientos los curiosos que se aglomeraron, movidos por la concurrencia de coches, soldados, escoltas y guardias a caballo que acompañaban a las autoridades religiosas, militares y civiles.

Una poderosa grúa sostenía un bloque prismático, de metro y medio de arista. En ella se excavó un hueco, destinado a contener los recuerdos y testimonios previstos en una arqueta especial, que se selló con una losa. El documento que allí se guarda “es obra del arquitecto Sr. Mora y representa un león rampant sobre un fondo de flores y frutas, en el que se halla el escudo de España. En la parte superior se ve pintado el escudo de Valencia. Es una obra muy hermosa”.[ii] Firmado por todas las autoridades presentes, incluso por un periodista valenciano y otro de los desplazados desde Madrid, el acta se colocó en la arqueta junto con ejemplares de los periódicos del día y unas monedas con la efigie de Alfonso XIII.

Cerrado el hueco que sellaba la arqueta, la piedra descendió hasta su emplazamiento en la primera zanja de cimentación de la futura estación del Norte. Ministro, capitán general, alcalde y rector de la Universidad echaron paletadas de cemento sobre el bloque: grandes ovaciones y el disparo de una larga traca acompañaron la interpretación de la Marcha Real y el Himno de Riego que, según la reseña de “El Pueblo”, “enardeció los espíritus valencianos, liberales en su mayoría, oyéndose una gran ovación”.

El alcalde terminó su intervención proponiendo que la principal avenida de la futura Valencia, la que tenía que unir la nueva estación con el definitivo y moderno Ayuntamiento, llevara el nombre del ministro Amalio Gimeno, como así ocurrió años más tarde. El aludido, rodeado del afecto de todos, intervino después: “Al colocar la primera piedra de la nueva estación, cosa tan anhelada por los valencianos, yo no he hecho más que ayudar al alcalde. Os estoy tan reconocido, habéis halagado tanto mi espíritu, que por sentimiento y por deber quedo obligado a hacer por Valencia cuanto pueda y cuanto deba”.

Fueron unos días exultantes para una Valencia que coronó su Feria de Julio con los Juegos Florales de Lo Rat Penat y la Batalla de Flores. El ministro, que llegó a la plaza de San Francisco por la mañana del 31 de julio, venía siendo aclamado en todas las estaciones de la línea ferroviaria, desde la Font de la Figuera. Su viaje, que iba a durar dos días, se extendió a cuatro, llenos de banquetes, audiencias, visitas, actos académicos y recorrido por las obras de modernización del puerto. “Tiene que ser de bronce un ministro para poder resistir el movimiento a que se ve sujeto, cuando sale de Madrid”, dijo el diario “Las Provincias” al abrir su sección de noticias locales del 3 de agosto. También hay que hacer notar que para el banquete con que le obsequió el Ayuntamiento se eligió la casa de verano del fotógrafo Antonio García, el suegro de Joaquín Sorolla. En los jardines de la casa del Camí del Grau, a resguardo del calor, 150 comensales degustaron la paella preparada por el Hotel de París junto con otros selectos platos y postres de cocina francesa. La larga sobremesa, con licores y cigarros, impidió al ministro asistir a la recepción que la Marina ofreció a las autoridades a bordo del acorazado “Carlos V”, surto desde hacía unos días en la dársena.

Con todo, el horizonte de la estación fue el más remarcable del viaje. “Los deseos de Valencia se vieron ayer realizados”, escribió “Las Provincias” en un editorial.[iii] “Los antiguos pesimismos se han trocado en alegrías, el traslado de la estación es un hecho. Ayer se colocó la primera piedra en los terrenos donde ha de construirse la nueva estación de la Compañía del Norte, revistiendo el acto gran solemnidad y brillantez. Valencia está de plácemes y debe eterna gratitud tanto a los ministros de Instrucción Pública y Hacienda, señores Gimeno y Navarro Reverter, como al alcalde Sanchis Bergón, que con tanto empeño y éxito han trabajado por conseguir esta importante mejora”.

Los de la visita ministerial fueron unos días importantes para Valencia. En ellos se dejó ver muy bien el estado de ánimo nacional. Si la presencia de la Marina de guerra permitió a Félix Azzati reflexionar sobre la derrota de Cuba y la nueva etapa nacional, los actos puramente educativos y académicos presididos por el ministro abrieron la puerta al espíritu regeneracionista de Joaquín Costa, de intensa actualidad en 1906. Un destacado maestro valenciano, Martínez Marí, invitado entre sus compañeros a hablar en la Universidad durante una entrega de premios, dijo estas palabras de intenso reformismo: “El problema nacional es un problema económico que no se resolverá solo con decretos, sino con libramientos. Lo han dicho nuestros más ilustres pensadores; hacen falta millones para construir escuelas; la educación se alimenta con oro”. Y obligó al  ministro a estas otras reflexiones: “Yo ya sé que aquí no se hace más porque no se puede. No es posible hacer nada en esas humildes escuelas, en esos tugurios, que he de hacer lo que se pueda porque desaparezca. La escuela debe ser el laboratorio de la vida nacional; hay que fabricar soldados valerosos, artistas, gobernantes”.

El ministro liberal hizo referencia, a renglón seguido, a la pérdida de las colonias, el origen, ya lejano, de un periodo de decadencia nacional. Es especialmente interesante conocer sus palabras, dichas cuando España comenzaba a salir del bache tras años muy duros de austeridad y depresión: “Deseos en pro de reformas hay muchos, pero no hay dinero. Somos un país pobre y miserable. Nos atrevimos a actuar de Quijotes en cierta ocasión, y nos rompieron la coraza. Estaba oxidada. Hay que dejar las lides guerreras, pues nuestra regeneración está en el libro, la pluma, el taller, el bisturí, el escoplo…”

Imágenes

— La comitiva oficial se dirige al punto donde fue colocada la primera piedra de la nueva Estación del Norte.

— Amalio Gimeno, un gran ministro valenciano, en la portada de “Impresiones”

— Tras el banquete, habló de la necesidad de inversiones en educación, la clave del progreso

— El alcalde Sanchis Bergón planta árboles en la plaza de San Francisco (Archivo José Huguet)

— Uno de los preciosos mosaicos de la fechada de la Estación del Norte

Notas

[i] “La Correspondencia de Valencia”. 2 de agosto de 1906.

[ii] “El Pueblo”. 3 de agosto de 1906.

[iii] “Las Provincias”. 3 de agosto de 1906.

Anuncios

Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
Esta entrada fue publicada en de buena tinta y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s