NORTE (19). BARRICADAS EN LA CIUDAD

Huelga general revolucionaria

Los historiadores califican como primera huelga general revolucionaria de España a la que se inició el día 9 de agosto de 1917; pero señalan que en Valencia fue precedida por un grave movimiento revolucionario que se produjo, a modo de espoleta, entre los días 19 y 22 de julio. En los dos casos, además, es inequívoco el origen y el sello ferroviario de las protestas obreras.

El primer signo de ruptura de las costumbres que puede encontrarse en la lectura de la prensa diaria puede ser este: “Debido a las circunstancias anormales por que Valencia atraviesa, no pudimos ayer publicar “Las Provincias”. Rogamos a nuestros lectores nos perdonen la falta”. Meses después, en el Almanaque, el diario decano explicó, al resumir el año, que “el día 19 no hubo periódicos, cediendo a la imposición de elementos que ni siquiera pudieron alegar el ser del oficio. La censura gubernativa, que se venía ejerciendo con inusitado rigor, no permitió el día 20, en que publicamos el número, hablar de tal asunto”.

Ningún periódico se publicó en Valencia los días 19, 21 y 22 de julio de 1917. El día 18, “El Pueblo”, el diario republicano fundado por Vicente Blasco Ibáñez, se puso la venda ante la inminente herida y, bajo el título de “Lo prohibido”, enumeró aquello de lo que un diario español no podía escribir, que era todo lo referido a la política, el Ejército, el problema catalán y la guerra mundial, con el añadido de que no se permitía publicar en blanco los espacios de los textos que la censura ordenaba levantar, un guiño con el que la dirección del periódico lograba que el lector intuyese el material censurado.

Fueron cuatro días de inquietud revolucionaria, de gran tensión en la ciudad, en coincidencia con una Asamblea, la de los parlamentarios catalanes, que, sin embargo, se produjo en un clima de calma absoluta. Pocas veces ha quedado tan claro como en esta que la censura de prensa tiene un efecto secundario perverso al provocar que la desinformación aumente el rumor, el infundio y la inquietud. El día 18, la señal de que estaba próxima una alteración del orden público fue, como otras veces, el enarenado de las calles principales de la ciudad con la finalidad de que las caballerías de los agentes del orden no resbalaran durante sus presumibles cargas. En ese momento, los ferroviarios se declararon en huelga y dejaron de trabajar a medianoche, una actitud que secundaron los tranviarios, que venían discutiendo sin acuerdo ciertas mejoras laborales. Durante el día 19 de julio, mientras el paro se extendía a nuevos sectores de la actividad valenciana, la desinformación  trajo como resultado la extensión del bulo de que se iba a declarar la II República de un momento a otro. Concretamente, a las seis de la tarde estaba prevista — según se decía en todas partes– la toma del Gobierno Civil por los revolucionarios o la aparición en el balcón del Ayuntamiento de la vieja bandera tricolor.

El día 20 sí que trabajaron los ferroviarios, aunque hubo paros en las líneas de vía estrecha de la red valenciana, como secuela de varios actos de sabotaje. Con todo, las calles del Ensanche contiguas a las instalaciones ferroviarias fueron escenario de dos tipos de enfrentamientos bien lamentables: el de la Guardia Civil con los huelguistas del ferrocarril y el de los propios huelguistas con los compañeros que accedían a trabajar. A uno de los maquinistas que quiso trabajar, los huelguistas le asaltaron la casa y se la incendiaron, al grito de “esquirol”.

La nueva, la hermosa estación del Norte, que debía ser solemnemente inaugurada durante la Feria de Julio, estuvo ocupada militarme todo el día. Sin tranvías, con los mercados desiertos y desabastecidos, con todo el comercio del centro cerrado, Valencia parecía una ciudad muerta. Los huelguistas lo pararon todo, incluso la conducción de cadáveres a los cementerios. Bajo protección militar, el Matadero de la Pechina siguió funcionando y ese día sacrificó 100 corderos: para que los mercados estuvieran bien abastecidos estaban disponibles, a diez reales el kilo… cuando la huelga de transportistas lo permitiera.

Hubo enfrentamientos, con disparos, en diversas zonas de la ciudad. Los trenes que se lograba despachar desde la estación de la plaza de San Francisco eran apedreados en cuanto atravesaban la calle de Játiva, y pasaban en túnel por el vestíbulo de relucientes mosaicos de la nueva estación, para salir a un espacio más despejado, en la zona de la proyectada Gran Vía, en busca del puente sobre el Turia. A lo largo del día hubo disparos contra la Guardia Civil en las inmediaciones de la calle de las Barcas y en otros puntos del centro. Dos muertos y varias docenas de heridos y contusionados fue el resultado de los disturbios que se registraron durante la jornada en las inmediaciones de la estación ferroviaria “vieja”, en la plaza de San Francisco, así como el barrio del Carmen. En este último, los revolucionarios levantaron barricadas en la calle de Na Jordana, en San Ramón, Ripalda y Sogueros; cuando la Guardia Civil intentó desmontarlas, fue recibida con pedradas y esporádicos disparos. Hubo que ir casa por casa, haciendo detenciones; en más de un caso, el pozo doméstico dio albergue, para siempre, a un arma inculpatoria.

Los disturbios, el cierre gubernativo de la republicana Casa de la Democracia, las agresiones a la Guardia Civil y las cargas de Caballería en el centro, siguieron siendo las características sobresalientes del 21 de julio, sábado, una jornada en que alguien soñó que se podía haber inaugurado la estación del Norte. Sin mercados disponibles, cientos de valencianos tomaron una tartana y viajaron a los pueblos de la Huerta para comprar verduras, hortalizas y huevos. Pero hacia mediodía, la Guardia Civil hizo dos descargas contra los manifestantes que intentaban formar barricadas en la plaza de San Francisco “frente a la casa del fotógrafo señor García”.

“Un proyectil alcanzó a un joven que huía por la calle de Lauria, cayendo gravemente herido frente al Colegio Notarial”, dice “La Correspondencia de Valencia” en su edición del 22 de julio. Las dos casas de Socorro de la ciudad, la de Ruzafa y Museo, y el hospital de campaña improvisado en el vestíbulo del teatro Olympia, en la calle de San Vicente, atendieron a docenas de heridos y contusionados a lo largo de los tres días de revueltas.

La inauguración de la terminal ferroviaria, anunciada para el día 21, se suspendió, dadas las graves circunstancias. A primera hora de la tarde de ese día, sábado, el gobernador civil declaró que había agotado sus posibilidades y entregó la dirección y el mando de las operaciones al general Tovar, jefe de la guarnición, que declaró el estado de sitio y pidió refuerzos militares. Desde ese momento, entró en vigor la censura militar de todo cuanto se pudiera publicar.

Las autoridades jurídicas fueron convocadas en Capitanía, donde se tomaron las disposiciones pertinentes para la aplicación de la ley marcial. Los soldados, el regimiento de Saboya completo y parte del de Mallorca, llegaron el domingo, día 22, a las 6,40 de la madrugada, y fueron llevados a desayunar a la plaza de toros antes de ocupar las calles. La línea férrea entre Játiva y Valencia quedó protegida por la autoridad militar. Por la tarde, llegó el regimiento de Caballería de lanceros de la Reina, que se alojó en la plaza de toros.

La nueva estación del Norte, en realidad, tuvo a estos cientos de soldados como primeros pasajeros atendidos, dado que la expedición militar, con toda su impedimenta y vagones para los equinos, formaba un convoy que apenas cabría en la vieja estación de la plaza de San Francisco.

La ocupación de calles y encrucijadas, la presencia militar en la reparación de vías o la normalización de otros servicios, terminó por imponer la calma. Los detenidos por la autoridad civil eran 62, que aumentaron a partir de la aplicación de la ley marcial. Los servicios ferroviarios se fueron normalizando, a pesar de que seguía en pie la declaración teórica del estado de huelga. Entre los huelguistas cundía la sensación de haber sido abandonados por los políticos. Y se imponía otra realidad: los paros habían determinado a la empresa Norte a despedir a 150 trabajadores. Para “Las Provincias”, los obreros empezaban a tener “la sensación de haber secundado en su perjuicio, manejos que solo daños les acarrea”. En los últimos días de julio, y sobre todo tras la marcha a Madrid del dirigente nacional socialista Anguiano, los trabajadores en huelga se fueron reincorporando a sus puestos de trabajo. El 31 de julio solo faltaban unos 160, cuarenta y cinco de ellos dependientes del servicio de la Estación. Los huecos dejados por los huelguistas se combatieron con la incorporación de ferroviarios militares, que fueron cubriendo las necesidades del servicio y haciendo las tareas de los no readmitidos, que el 29 de julio eran todavía 46.

En cuanto a los trabajadores tranviarios, pelearon para conseguir contratos colectivos y, pasada la huelga, seguían encontrando la negativa del gerente de la Compañía, Ignacio Villalonga, el que andando el tiempo habría de ser gran financiero español y político valencianista. El conflicto concluyó el 26 de julio, cuando las partes aceptaron el laudo propuesto por el capitán general. Pero siguió abierto en el mundo ferroviario: “¿Sabe alguien qué se proponen los ferroviarios? Mejor dicho ¿puede decirse lo que se proponen los ferroviarios?”, se preguntaba un cronista de “Las Provincias”[i]

El balance final de los disturbios, docenas de contusionados aparte, arrojó cuatro muertos y siete heridos por arma de fuego, entre los que se encontraba un guardia civil. Sesenta y dos detenidos ferroviarios fueron compareciendo ante la autoridad judicial militar, como correspondía en los disturbios en que se declaraba el estado de guerra. El juez especial, que fue dejando en libertad a buena parte de los detenidos, abrió a fin de mes seis piezas separadas, por muerte, lesiones, incendio, sucesos en Paterna y otras causas. La gran mayoría de los detenidos fueron puestos en libertad y solo algunos procesados ingresaron en prisión sin fianza. En las gestiones de clemencia para la liberación de presos, se mostró especialmente activo, ante las autoridades valencianas y ante el presidente del Gobierno, el escultor Mariano Benlliure.

Con todo, los comercios del centro ya abrieron sus puertas el lunes, 23 de julio, no sin tomar serias precauciones. El Ayuntamiento determinó que la Feria de Julio se iniciaría el día 25 y convino con la autoridad militar que la gran Retreta, un desfile castrense especialmente brillante y colorista que se reservaba siempre al Ejército, fuera retrasado al día 28, fecha en que se celebró con buen éxito.

Al final de su resumen de acontecimientos, “Las Provincias” escribió: “No hemos de cerrar esta ya larga relación sin expresar nuestra más enérgica protesta por los sucesos ocurridos. Nunca en Valencia se desarrollaron hechos como los que estos días ha presenciado el vecindario, sin obedecer a causas, no que puedan justificarlos, porque ello no cabe nunca, sino ni siquiera explicarlos. No se trataba de ninguna protesta societaria. Los mismos huelguistas ignoraban a dónde iban; es decir, los huelguistas que constituyen la masa, que los directores seguramente sabían a dónde se encaminaban sus esfuerzos. Tratábase de un movimiento revolucionario pero sin ramificaciones en otros puntos, pues no se explica de otro modo, ya que en ningún sitio de España haya tenido que lamentarse ni la más insignificante alteración en el orden público”[ii].

La huelga nacional

En la mañana del 23 de julio de 1917, un millar de obreros ferroviarios se concentraron; pero la suya no fue una muestra de reivindicación ni protesta, sino de dolor: con el debido permiso militar, se concentraron para acompañar hasta el cementerio a un compañero fallecido tras larga enfermedad. Por la tarde, abrió el comercio y la vida en la ciudad se fue normalizando. También se realizó la “desencajonada” de los toros, el prólogo de la Feria taurina de Sant Jaume, a la que el Ayuntamiento dio luz verde en una sesión de urgencia celebrada por la mañana. La Feria, algo recortada, se desarrolló entre el 25 de julio y el 4 de agosto, fecha reservada para la Batalla de Flores, que no pasó a la historia de la fiesta, especialmente por la falta de carruajes particulares en el desfile.

También destacó en la Feria, desde el día 27, la Exposición de la Juventud Artística Valenciana celebrada en el claustro de la Universidad, que fue inaugurada, con unas emotivas palabras, por el delegado regio de Bellas Artes, el escultor Mariano Benlliure. Los Juegos Florales, el otro acto relevante del programa oficial en el plano de la cultura, tuvo lugar el 30 de julio, en el teatro Principal.

Pero pronto, muy pronto, España se vio sometida a otra espiral de tensiones, cuando los sindicatos decretaron una huelga general revolucionaria para el día 10 de agosto. Todo sugiere que el establecimiento de esa fecha para el paro nacional, y la expectativa de posibles nuevos disturbios y problemas, determinó a la Compañía Norte a abrir su nueva estación al público en la medianoche del 7 al 8 de agosto. En todo caso hay que señalar que el conflicto de alcance nacional bebió en las fuentes del problema ferroviario valenciano, donde, finalmente, la readmisión de 36 significados trabajadores se convirtió en piedra de toque.

Daniel Anguiano, líder de la Federación Ferroviaria de la UGT, amenazó con una huelga de todo el sector ferroviario español si el conflicto valenciano no se resolvía. Y como la empresa Norte no cedió, los acontecimientos se precipitaron. Saborit y Besteiro, por el PSOE, y por la UGT Largo Caballero y Anguiano, declararon  huelga en el sector ferroviario para el 10 de agosto y huelga general para el día 13. En este caso, la CNT quedó fuera de las convocatorias, aunque luego se sumaría en algunos lugares de España, singularmente en Cataluña.

A lo largo de una semana, del 10 al 18 de agosto, las principales ciudades españolas estuvieron afectadas por una huelga generalizada acompañada de graves disturbios y no pocos hechos abiertamente revolucionarios. El estado de sitio que ya había padecido Valencia fue declarado en toda España, de modo que la autoridad que dirigió las acciones contrarrevolucionarias en Madrid, Zaragoza, La Coruña, Barcelona, Alicante, Asturias y Bilbao, fue la militar. Fue precisa una intervención decidida en algunos pueblos de la provincia de Murcia, así como en las cuencas mineras asturianas; y se practicaron docenas de detenciones de dirigentes de la huelga, en las grandes ciudades. Siete militantes socialistas murieron en la represión de un motín que se produjo en la cárcel modelo de Madrid. Curiosamente, la huelga no fue especialmente intensa en los servicios ferroviarios y tuvo una repercusión relativamente baja en Valencia, donde el control militar, junto con la censura de prensa, ya había quedado establecido en los disturbios del mes de julio.

La mayor intensidad, y no solo dialéctica, estuvo en la muy acalorada sesión que el Ayuntamiento de Valencia celebró el día 10 de agosto. Con la Guardia Civil apostada en los bajos municipales para evitar incidencias; con docenas de exaltados agolpándose en las calles de Arzobispo Mayoral y de la Sangre y el público pendiente de los gritos que trascendían por los balcones abiertos, la sesión ha pasado a la historia del Ayuntamiento como una de las más tensas y agresivas nunca celebradas.

El motivo fue la moción que los concejales republicanos presentaron en apoyo de la Asamblea de Parlamentarios celebrada en julio en Barcelona, a cuya votación el alcalde conservador, José Martínez Aloy, se opuso de manera firme en medio de una verdadera tempestad. Aparte el formidable escándalo en la prensa, con rotundas peticiones de dimisión del alcalde en las páginas de “El Pueblo”, de la acalorada sesión se habría de derivar, también, el procesamiento de cuatro concejales republicanos, aunque no hubo consecuencias de importancia.

Cuando el día 18 de agosto el Gobierno recuperó el control de la situación, el balance de la huelga revolucionara española arrojó una cifra de 70 muertos, más de la mitad de ellos producidos en Cataluña, unos doscientos heridos y más de mil personas detenidas. El comité de huelga fue procesado y sus cuatro máximos dirigentes fueron condenados a cadena perpetua y trasladados al presidio de Cartagena. No obstante, Saborit y Besteiro, Largo Caballero y Anguiano quedaron en libertad en mayo de 1918, cuando fueron elegidos diputados y recibieron la amnistía del Gobierno.

La agitación política fue la característica de todo el año 1917. El 27 de octubre se volvió a desencadenar una nueva crisis política, con los mismos elementos de tensión que en meses anteriores: catalanismo, malestar militar y sindicalismo. Tras las consultas del monarca, Eduardo Dato dejó el Gobierno en manos de Manuel García Prieto, marqués de Alhucemas, que el 3 de noviembre formó un gabinete de concentración. “El Pueblo” no lo acogió precisamente con aplausos, y tituló el 4 de noviembre  nada menos que así: “La solución de la crisis ha sido una farsa; y para el país una afrenta. De farsantes y asesinos se compone el nuevo Gabinete”.

Unos días después, el 10 de noviembre, en víspera de las elecciones municipales que habían de dar la victoria a la alianza de las izquierdas, el diario “El Pueblo” publicó una noticia fechada en Londres: “Recíbense noticias graves de Petrogrado, según las cuales, los maximalistas han desafiado a Kerensky, lanzándose a la calle y apoderándose de los edificios públicos como medio de defender sus derechos al mando supremo de Rusia”. La revolución soviética estaba en marcha.

Imágenes

— Las tropas desfilan por la calle de la Paz (“Nuevo Mundo”)

— Los sucesos revolucionarios en “Diario de Valencia” y “Las Provincias”

— La Estación del Norte en una postal coloreada. Por esos días estuvo ocupada por el Ejército.

— El interior de la Estación. (Archivo “Valencia en Blanco y Negro”)

— La huelga ferroviaria, en “El Imparcial”.

— El comité de la huelga de 1917, fotografiado durante su estancia en prisión, en Madrid.

 — El restaurante de la Estación en fotografía de época. (“Valencia en Blanco y Negro”)

Notas

[i] “Las Provincias”. 26 de julio de 1917.

[ii] “Las Provincias”. Resumen de los hechos publicado el 23 de julio de 1917.

Anuncios

Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
Esta entrada fue publicada en de buena tinta y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s