NORTE (y 20). UNA AMIGA INESPERADA

La vida debe seguir…

La capacidad con que las colectividades se rehacen tras los momentos convulsos llama la atención, al menos en el caso de los graves sucesos de julio y agosto de la Valencia de 1917. Se enterró a los muertos del conflicto con gran dolor, pero la plaza de toros estuvo muy concurrida en los espectáculos de la Fira de Sant Jaume. El muerto, al hoyo, y el vivo al bollo… Abrieron de nuevo los comercios y la Feria de la Alameda se vio casi tan concurrida como cualquier otro año. La buena sociedad se acicaló para asistir a los Juegos Florales y la animación de la Batalla de Flores fue la acostumbrada. Las líneas de tranvías y de ferrocarril, olvidados los días negros, volvieron a llevar a miles de pasajeros a las playas. Y Valencia, cuando despertó de los días turbulentos, se encontró con que el servicio de la estación del Norte se había trasladado a su nuevo emplazamiento; de modo que acudió casi en masa a conocer las hermosas instalaciones, aprovechando que, durante unos días, se iba a cobrar, por decisión de la dirección de la Compañía, el consabido billete de andén. Era una estación ferroviaria nueva e inesperada, una maravilla que de repente se había colado en la vida de la ciudad sin avisar. Una nueva, entrañable amiga…

¿Pero quiénes fueron los primeros usuarios de la nueva terminal ferroviaria? Por las reseñas de la prensa sabemos que en el tren correo de Madrid salieron, el 8 de agosto, el inspector de la sección de  ferrocarriles de la Compañía del Norte en Burgos, Valentín Berenguer, yerno del capitán general, señor Tovar, que tan decisiva actuación acababa de tener en los días de militarización de la ciudad a causa de la huelga. El señor Berenguer había pasado unos días de vacaciones en Valencia, con su familia, pero eligió justamente los ajetreados días de la huelga; ahora, regresaba a sus funciones en Burgos.

Pero por la mañana del día 9, el que tomo el rápido para regresar a su estudio de Madrid fue el famoso escultor Mariano Benlliure, que vino a Valencia como delegado regio en la inauguración de la II Exposición de la Juventud Artística celebrada en el edificio universitario de La Nau y fue sorprendido también por la huelga revolucionaria. Benlliure, al que se metía prisa para que terminara las esculturas de la fachada del Ayuntamiento, no desaprovechó sus días en Valencia: además de cumplir con sus tareas académicas y artísticas fue especialmente activo a la hora de mediar y pactar en el conflicto laboral y de orden público. Su accesibilidad le permitió estar en permanente contacto con los sindicalistas y con el capitán general y el gobernador; y su generosidad hizo que mediara para que la dureza de la normativa castrense no se aplicara con más de uno de los cabecillas del conflicto, que quedaron en libertad.

Antes de marcharse de Valencia, el gobernador civil, señor Tejón, en los jardines de su casa, ofreció un homenaje al famoso escultor. Convocó a las autoridades, y a todos los artistas valencianos, a un “champagne de honor” en el que resaltó, precisamente, esa generosidad que el artista había empleado en salvar de la cárcel a no pocos sindicalistas ferroviarios.

Aún no se habían calmado los ánimos de los huelguistas y las obras de adaptación práctica de la nueva estación dieron comienzo. “El Pueblo”[i] dejó constancia inmediata de la novedad: “Han comenzado los trabajos para demoler uno de los túneles, abrir la nueva calle de Gibraltar, derribando el trozo de muro que circunda la plaza de Toros y urbanizar, en la antigua estación, el trayecto que, partiendo desde donde estaba el fielato va en línea recta a la plazoleta de la estación nueva”.

Pero al tiempo que se terminaban los detalles imprescindibles en la nueva estación, la Compañía del Norte desplegó una actividad febril, a lo largo del mes de agosto, en el desmantelamiento de la que acababa de ser clausurada para el servicio. La prensa[ii] nos da pistas sobre el reaprovechamiento de los materiales de la histórica terminal y, singularmente, de los arcos de su cubierta. La necesidad de evacuarlos en ferrocarril, al menos con un convoy diario, fue la causa de que al menos una vía siguiera cortando el paso de la calle de Xàtiva que los valencianos querían ver cuanto antes despejado. Por esa razón hubo que habilitar un paso de tablones sobre la vía que seguía atravesando la calle y que impedía que al tranvía de circunvalación hiciera su trayecto completo.

En cuanto el mes de agosto terminó, la animación de la nueva estación fue extraordinaria. En aquel tiempo, el inicio del mes de septiembre, lejos de señalar el retorno a la ciudad, marcaba, para muchas familias, el regreso a los pueblos de origen, para asistir a las fiestas anuales o pasar unos días de descanso en las casas de campo. Los viajeros que atestaron los trenes vieron que faltaba mucho por hacer: desde levantar vías aparentemente inútiles a ordenar los niveles del suelo en una ronda, la de la antigua muralla, que aun estaba surcada por el viejo valladar. Era preciso instalar el alumbrado público, acordado por el Ayuntamiento el 24 de agosto; se necesitaba convertir una encrucijada intransitable en la calle moderna que esperaba la ciudad. El diario republicano pidió vigilancia nocturna y soluciones para que carruajes y peatones pudieran llegar a la estación nueva. Y trazaba un panorama de dura especulación a la hora de convertir los solares ferroviarios innecesarios en un barrio nuevo, extendido entre la calle de San Vicente y la de Colón: “Quien más quien menos –escribió– ha tomado posiciones dispuesto a exigir un duro por cada ladrillo de su finca”. Su dura crítica señalaba por igual al Ayuntamiento de coalición monárquica y a la compañía ferroviaria; incluso al Estado, que debería ceder el antiguo convento de San Pablo para derribarlo y levantar en su lugar un moderno Instituto general y técnico. Como ejemplo vergonzoso, una vez más, recurrió al tradicional: la mezquindad con que había nacido finalmente la calle llamada entonces de Peris y Valero, es decir la de la Paz.

Entre críticas y comentarios adversos, la Compañía del Norte, el Ayuntamiento y la Diputación fueron allanando las deficiencias más notables a lo largo del mes de agosto. Se pasaron los buzones de Correos desde la calle de Gibraltar, todavía sin urbanizar, al lado de la calle de Bailén; se fue instalando alumbrado público, se atendió a la denuncia que señalaba falta de urinarios en las inmediaciones, fuera de la Estación… Los dos túneles provisionales que atravesaban la nueva terminal desaparecieron muy pronto: el 18 de agosto ya no estaban, mientras bajo la cubierta se colocaban los rieles que todavía faltaban y se levantaban los innecesarios.

Sin embargo, el “Diario de Valencia” y “El Pueblo” empezaron a sentirse defraudados porque la pasarela que empezaba a construirse sobre las vías iba a ser “ridícula”, solo para peatones, muy alejada, desde luego, del viaducto que reclamaba de Norte la Cámara de Comercio: se necesitaba “un paso aéreo para viandantes y vehículos que ponga en comunicación la Gran Vía de Germanías con la de Cervantes (hoy Ramón y Cajal). Sin embargo, “la citada empresa en vez de cumplir su compromiso, lo que está construyendo es una ridícula pasarela, impropia de la nueva estación, por la que casi no podrán transitar ni los viandantes”.[iii]

Todo ello no impidió que el restaurante de la nueva estación abriera sus puertas el 23 de agosto, con una cena organizada por la Asociación de la Prensa para despedir a la junta directiva saliente y recibir a la renovada. Animados por la constante chispa de Maximiliano Thous, las reseñas hacen intuir que los periodistas lo pasaron bien a lo largo de la velada. Pero sobre todo subrayaron que la Fonda, atendida por un cocinero que había trabajado para el prestigioso Lhardy, de Madrid: “demostró que con poco dinero puede servirse una comida variada y abundante, y tan bien presentada como en el mejor de los establecimientos de su clase”.[iv]

Ciertamente, con el calor y el polvo veraniego, más la rotura de una de las balsas de agua que antes atendían al servicio ferroviario, la encrucijada presentaba pésimas condiciones en verano. Pero lo peor estaba por llegar y lo advirtió un cronista al anotar que “la nueva, flamante y soberbia estación del Norte, cuyos alrededores están hechos un… asquito, hoy de polvo, mañana… ni con zancos se podrá transitar, en cuanto caigan cuatro gotas de agua… y el otoño está al caer”.[v] Las lluvias del otoño valenciano llegaron con puntualidad y todo empeoró, especialmente porque la gran explanada de la fachada, levantada sobre el nivel de la calle de Xàtiva, comenzó a verter aguas hacia la ronda con el resultado de producir importantes embalsamientos en las inmediaciones del Colegio de San Pablo.

Valencia vivió todos aquellos episodios con una gran dosis de paciencia, esperanzada en que el moderno servicio de la nueva estación haría olvidar pronto una deficiencias que alguna vez serían superadas. En noviembre, gran parte de la vieja estación había desparecido y se habilitaba, sobre terrenos ferroviarios, el primer paso de carruajes y de peatones en la alineación de la actual avenida de Marqués de Sotelo, dedicada entonces a Amalio Gimeno. Mientras las esperanzas de regularización de los jardines de la plaza de Castelar crecían, los valencianos vieron con expectación que el antiguo patio jardín de acceso a la vieja estación, escenario de toda clase de actos de bienvenida o despedida de personajes notables en la historia de la ciudad… se liberaba de obstáculos por completo. La incógnita se despejó pronto: la Compañía del Norte los había alquilado para que se ubicara un circo durante las fiestas navideñas.

Cerca ya de la Navidad, se publicó una noticia de especial interés[vi]: tras una entrevista con el nuevo alcalde,  José Mira, la Compañía del Norte accedía “a que se utilicen los adoquines de que dispone, para el paso y pavimentado de los alrededores de la nueva estación”. En su precariedad de fondos, el Ayuntamiento, pendiente durante todo el otoño de unas elecciones municipales que devolvieron la mayoría a los republicanos, no podía disponer ni de adoquines propios.

El año 1918, como era de temer, se inició con la peor de las noticias: como consecuencia directa de la falta de carbón, la compañía del gas anunció la suspensión del suministro.

Imágenes

— Los valencianos se enamoraron de su nueva estación muy pronto

— Mariano Benlliure.

— Las viejas instalaciones comenzaron a derribarse muy pronto.

— La pasarela fue objeto de polémica: no era lo prometido. (“Valencia en Blanco y Negro”)

— La decoración interior y uno de los preciosos mosaicos de la fachada

Notas

 

[i] “El Pueblo”. 9 agosto de 1917

[ii] “Las Provincias”. 2 septiembre 1917

[iii] “Diario de Valencia”. 19 agosto 1917.

[iv] “Diario de Valencia”. 24 agosto 1917

[v] “La Correspondencia de Valencia”, 9 de septiembre de 1917

[vi] “Las Provincias”. 16 de diciembre de 1917

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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