La riada que cambió Valencia

Conferencia pronunciada por Francisco Pérez Puche el día 27 de noviembre de 1997

 Tenemos que poner en marcha nuestra particular máquina del tiempo y hacer el esfuerzo de retroceder 40 años hacia en el túnel de los recuerdos. “El último cuplé” en las carteleras, también “Sissi emperatriz”. Tranvías y sogeas; calles con menos coches, con muchos menos semáforos, con muchas menos palmeras. Una ciudad todavía pequeña y manejable, una ciudad en la que los vecinos se conocían más y parece que tenían menos prisa. Una ciudad donde se secaban al sol las cortezas de naranja tan útiles para encender el brasero de carbón, donde los teléfonos tenían cinco cifras y los periódicos costaban seis reales.

Circulaban los primeros Seat 600. Se estaba construyendo el tunel de las grandes vías con muchas dificultades. Como he escrito en el libro que me ha traido hasta ustedes, Valencia era “una ciudad mediana con algunas aspiraciones. Y con grandes preguntas que curiosamente son las mismas que solía plantearse cada veinte años. ¿Por dónde deberíamos dirigir nuestro futuro? ¿Cómo crecer y modernizarnos de forma armoniosa? ¿Cuál debe ser nuestra actuación para pesar en la política de Madrid y ser oídos con eficacia por el Gobierno?”

Quizá alguno de mis oyentes piense que no estamos hablando de preguntas de ayer, sino de cuestiones actuales. Pero este es un juego hecho, en el libro y en esta charla, con intención: porque el autor piensa que son algunas de las preguntas eternas de Valencia. Las preguntas que periódicamente hay que hacer y responder, las que suscitan y van seguir suscitando dudas en el alma colectiva de los valencianos y las que sin duda estaban formuladas en la Valencia que, en 1957, intentaba salir de las secuelas de una triste guerra y soñaba con un porvenir mucho más desarrollado, dichoso y libre que el que las circunstancias le permitían.

Parecía una ciudad discreta, pequeña y provinciana. Estaba, sin duda, tan subdesarrollada como toda España. Y al final de aquél lluvioso puente que se había iniciado el sábado 12 de octubre, Valencia parecía estar pendiente de los muchos vecinos que estaban pasando la gripe del resultado del Real Sociedad-Valencia, que se jugó en la tarde del 13 de octubre y de los cines, que en aquella tarde-noche de domingo estaban abarrotados.

Una de las primeras señales de alerta se dio en los cines. A la salida de la sesión o incluso interrumpiéndola, los espectadores fueron avisados de la llegada de una inundación. Los serenos, los agentes de la policía local, los policías y guardias civiles, avisaron a cientos de valencianos. Gracias a los pueblos situados aguas arriba, singularmente Ribarroja y Villamarchante, Valencia fue alertada por las autoridades y el número de víctimas no fue mayor..  La riada, según he escrito, vino con ruido y furia y dejó mudos a los valencianos. La riada primera llegó en la noche. Después, con mucha más furia, nos llegó la segunda, acompañada de un diluvio impresionante, a mediodía de aquél 14 de octubre terrible. El Turia inundó la ciudad de Valencia y, junto con el rio Magro, con los barrancos de Chiva y Carraixet, llevó el luto a no menos de treinta pueblos más. Arrebató muchas vidas, arruinó casas, comercios, industrias y esperanzas. Y obligó a que Valencia se planteara un nuevo porvenir y aceptara el reto inevitable de dejar de ser igual que antes de aquella tremenda inundación.

Ahora, pasados 40 años, queda la nostalgia y el recuerdo. Amargo algunas veces, pero comprensivo y tierno casi siempre. Recordaremos que llovió de una forma nunca vista. En Casinos, en Olocau, en Lliria, Domeño y Chera, en Pedralba, Andilla, Marines, Villar del Arzobispo, en Chulilla, Gestalgar, Villamarchante y Bugarra los pluviómetros llegaron a su límite de 200 litros por metro cuadrado y se desbordaron. En el libro “Hasta aquí llegó la riada” Víctor Alcover, el jefe de predicción meteorológica de Valencia, habla de una gran gota fría, un fenómeno natural, típico de estas tierras, que ha sacudido desde hace siglos nuestra vida y sigue haciéndolo de tanto en tanto. Basta ver la tromba de agua que este año mismo ha causado la inundación de Alicante para comprobarlo.

La gota fría de 1957 afectó al curso medio del Turia, aguas abajo del pantano del Generalísimo, donde el río no tenía freno alguno. El río de Chera y las ramblas que le llegan por la izquierda desde la Calderona convirtieron el Turia, generalmente un río casi seco, en un enorme turbión. Entre las dos y las cuatro de la tarde del 14 de octubre, los 3.700 metros cúbicos de la riada del Turia se unieron a las aguas del barranco de Carraixet para formar un caudal de 5.000 metros cúbicos por segundo. Más agua que la que lleva el río Nilo habitualmente.

Las primeras autoridades decidieron reunirse en la Comandancia de Marina para estar cerca de Nazaret, donde se temían graves daños. Pero quedaron aisladas desde la noche del domingo hasta casi el mediodía del lunes, 14 de octubre. Lo peor de la inundación, en las horas iniciales, fue la incomunicación: Valencia, durante horas, apenas tuvo un par de líneas de teléfono disponibles. Por otro lado, la mayor parte de la ciudad quedó sin agua potable, luz, gas, teléfono, combustible y transporte durante más de diez días.

ESPECIAL 140 AÑOS DE LAS PROVINCIAS
12-1-2006

La mayor parte de la ciudad quedó inundada y de la zona histórica apenas quedo despejada la colina sobre la que sabiamente se asentaron los romanos. Una vez más se pudo ver que el río tiene antiguos brazos ocultos: en la plaza de Tetuán (Rambla de Predicadors), la Glorieta y Navarro Reverter; por la calle Baja, el Tossal, la Bolsería, el Mercado, Maria Cristina, Barcas, Pintor Sorolla y el Parterre discurre otro.

Miles y miles de valencianos, en cientos de calles, vivieron casos dramáticos y singulares. Temor, angustia, desesperación, falta de noticias. Muchos nadaron en las calles de la ciudad para llegar a sus casas. Y muchos murieron en la cama, mientras dormían, sin llegar a saber que el agua les iba aprisionar en la planta baja donde vivían.

Fue una de las más tristes noches que se recuerdan. En muchos casos la llamada salvadora no llegó o se dio a personas que se confiaron demasiado. Mientras se producían heroicos salvamentos, docenas de valencianos fueron atrapados. Tendetes, Campanar, Marchalenes, el barrio del Carmen, Llano de Zaidía, calle de Alboraya, Santa Mónica y la calle de Sagunto, parte del centro antiguo y del Ensanche, la Alameda y Viveros, el Camino del Grao y todos los barrios marineros, Malvarrosa, Cabañal, Cañamelar, Cantarranas, Nazaret y La Punta padecieron la catástrofe y fueron sometidos al manto de barro. Para salvarse de morir hubo quien pasó la noche en un árbol, en un tejado o sobre el mostrador de un bar, subido al asiento de un tranvía, agarrado a una farola.

En los pueblos de la provincia, las gentes, aterrorizadas veían convertidas sus ramblas en furiosos ríos. Marines y Pedralba se llevaron la parte peor, con siete y trece muertos. Además del Turia y  del Carraixet se desbordaron el Palancia y el Mijares, el Magro y el barranco de Catarroja o de Torrente. El temporal dificultó el desagüe de los ríos, de modo que la inundación terminó por abarcar, de manera práctica, desde la desembocadura del Júcar en Cullera hasta Sagunto. En Valencia ciudad, el área inundada se calculó en más de veinte kilómetros cuadrados, de los que la mitad estaban edificados y la otra mitad eran de huerta. Sobre la zona habitada se depositó algo más de un millón de toneladas de barro.

La mañana del 14 de octubre fue de gran estupor. A los valencianos parecía que les costaba aceptar lo que los ojos les estaban mostrando. La aparición de muertos en primer lugar: en la calle Padre Huérfanos, en la de las Rocas, en Garcilaso, Padre Ferrís, Doctor Olóriz, Volta del Rosinyol, Alboraya. Las fuentes oficiales, en los primeros días de noviembre, dieron un balance: 52 muertos en la capital (34 identificados, 15 sin identificar, tres desaparecidos) y 29 en la provincia (17 identificados y 12 desaparecidos).

  Esa suma de 81 quedó como definitiva, aunque luego aparecieron bastantes muertos más. Como en otras ocasiones he escrito nunca sabremos, de forma certera, el número de víctimas que hubo. Aún hay valencianos que no han sabido nada de familiares perdidos hace 40 años en aquella inundación. El poco interés en hacer un recuento y una información exhaustivas, la segura presencia de chabolistas, mendigos e indocumentados entre las víctimas ha dejado en Valencia la impresión de que fueron más los muertos. Pero en todo caso los datos documentales hacen elevar el número hasta algo más de un centenar y nunca refuerzan las hipótesis de fueran doble o triple.

   La segunda riada fue, como todos recordamos, peor. “Menos violenta pero más caudalosa, menos homicida pero más dañina”, escribí  no hace mucho.  La segunda riada destruyó puentes dañados y elevó el nivel de las aguas hasta casi cinco metros en Doctor Olóriz, el punto donde mayor nivel se comprobó. El balance es conocido: dos metros y un palmo de agua anegaron Capitanía; en la estatua del rey Don Jaime y en la Casa de las Rocas, más de tres metros; en torno a los dos metros fue el nivel predominante en una ancha franja de la ciudad: en el Banco de España, Gobierno Civil, el periódico LAS PROVINCIAS, el teatro Principal, la Audiencia y la Universidad.

Cuando las aguas bajaron se comprobó que toda la Valencia inundada estaba cubierta por una capa de lodo que oscilaba entre los 25 y los 40 centímetros: museos, iglesias, hornos, conventos, farmacias, hospitales y cabarets, talleres, barberías y zapaterías. Todo estaba pasado por el barro. Casi doce mil comercios, industrias y establecimientos quedaron afectados según el balance que más tarde hizo la Cámara de Comercio. Pero igual que pasó con los muertos nunca se pudo hacer un compendio razonable de los daños. Como escribí en un reciente resumen “las cifra barajada fue desde los 2.000 hasta los 12.000 millones de pesetas aunque los cálculos más razonables podrían establecerlo entre 3.000 y 5.000 millones”.

Unas 20.000 personas se calcula que vieron dañada su casa en medida mayor o menor. La desgracia, que se había cebado especialmente con los desvalidos y los débiles, daba paso a la ayuda solidaria de todos. La hermandad se dio de inmediato: primero entre los vecinos, después entre los valencianos todos. Los pueblos de la provincia, tanto los que habían como los que no habían sufrido la riada, se volcaron en ayuda a Valencia.

Llegaron, muchos de los oyentes lo recordarán, los  helicópteros. Primero los españoles, luego los del portaviones “Lake Champlain” que auxiliaron a los vecinos de Marines, Pedralba, Nazaret y Pinedo.  Las autoridades, la Cruz Roja, el Ejército, la Iglesia también, se volcó en la ayuda a los valencianos. Trajeron pan, agua, alimentos de toda clase, mantas, medicinas, carbón, penicilina, desinfectantes, gasolina, linternas, palas, botas y pilas.

 Y durante seis largas semanas se desarrolló la Batalla del Barro. Primero, con los medios locales y muy poca organización. Después, con ayudas militares de la guarnición. La tercera fase, de carácter contundente, se desarrolló a partir de la llegada de Franco a Valencia (24 de octubre) y las determinaciones que tomó: se pide y consigue el concurso de las máquinas pesadas que trabajan en la construcción de los aeropuertos de las bases norteamericanas, se envían a Valencia 3.000 soldados de otras guarniciones y se militariza toda la organización que lucha contra el barro. Gracias ello lo que iba a durar seis meses se desarrolló en solo mes y medio. De las calles de Valencia se retiraron 1.131.000 toneladas de barro.

La solidaridad se extendió como reguero de pólvora y todos recuerdan, con ternura y emoción, las emocionantes subasta de Radio Juventud de Murcia en las que el locutor Adolfo Fernández ponía un nudo en la garganta a miles de españoles. La gratitud de tantos valencianos sigue viva pese a que han transcurrido 40 años desde la riada.

El cambio lo aportó el Gobierno, evidentemente. Pero por el constante empuje de unos valencianos que, pese a las escasas facilidades de intervención en la política, no se rindieron.

Es el momento de recordar, aquì y ahora, loa artículos de muchos periodistas, en “Levante” y en “Jornada”, pero singularmente en “Las Provincias”. Su director, el admirado Martín Domínguez, escribió el serial de artículos titulado “En caliente”, en el que planteó desde muy temprana hora la necesidad de tomar grandes iniciativas que evitaran las inundaciones del Turia en el futuro. El proceso fue muy largo, evidentemente, pero determinó la construcción de un nuevo cauce para el río, que es inaugurado en 1969.

Fueron muchas cosas más. Valencia, con su impulso interno, aprovechó la oportunidad que la riada le había brindado y cambió su rumbo en los sesenta y en los setenta. El nuevo cauce estaba acompañado de nuevos accesos por carretera y ferricaril, nueva red de alcantarillado, urbanismo revisado y en expansión y perspectivas diferentes. La desviación del río permitió, más tarde, pedir que el cauce viejo fuera destinado a parque, algo que ahora es sustancial para la ciudad. De aquellos borradores nació el Metro. De aquellas ideas surgieron los proyectos, aún incompletos del parque central.

Cuarenta años después revisamos la ciudad y sus grandes novedades. Valencia, que ha visto llegar en los últimos 40 años tantas cosas nuevas, ya es diferemte. Desde el Metro hasta el IVAM, desde los cines múltiples a las grandes superficies comerciales, todo es nuevo.   El paisaje humano, la cultura, el desarrollo, el ambiente, es otro. La vid aparece ser  muy distinta ahora. En Valencia tenemos hoy el Palau de la Música, estacionamientos subterráneos, el IVAM, nuevos campus universitarios, cines múltiples y gigantescos centros comerciales. La circulación reclama grandes centros comerciales y la cultura nos la favorecen grandes centros museísticos.

   Valencia ya es otra. Y aunque para muchos ha perdido parte de su encanto antiguo, aunque quizá tiene una escala menos humana, no podemos ocultar que es más libre y desarrollada, proporciona oportunidades más abiertamente y goza de una proyección y un prestigio superior, de la que nos sentimos orgullosos. Todo es mejorable y quedan muchas cosas por hacer, de eso no cabe duda. Como periodista curioso, amante de la ciudad, que ha escrito un libro sobre la riada de 1957, me limito ahora a anotar que en aquella oportunidad Valencia se sobrepuso y venció.

He dicho en otra oportunidad que Valencia, tras la riada, supo ser fuerte. Y con la ayuda de toda España hizo, de las lágrimas, coraje. Aprendió la lección. Pero además supo hacer las cosas razonablemente bien. Porque la ciudad, que estaba necesitada de cambios, comprendió de inmediato que no podía continuar como hasta el momento habían estado. Valencia decidió cambiar para  el futuro. Ese fue, sin duda, su mejor acierto a lo largo de todo el siglo XX. Quizá a esta ciudad le esperan otros retos no más pequeños. Ojalá en el futuro sepa cumplirlos. Y nosotros que lo veamos.

 

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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