Las Fallas y el comercio

Hubo un tiempo en que las Fallas solo se explicaban a través del comercio y de los vecinos de su alrededor. En los barrios había cientos de abonados a la comisión, que pagaban religiosamente una cuota semanal y tomaban con gusto todas las participaciones de Lotería que la comisión podía ofrecer. Pero, por encima de ese menudeo, el apoyo del comercio, la generosidad de las tiendas, los bares, bodegas, restaurantes, confiterías, carbonerías, ferreterías y farmacias, era el verdadero sustento de las comisiones falleras. Por esa razón era normal que, en las fallas de barrio, apareciera el carnicero de la vecindad, con su cara reproducida como “ninot”, o que se aludiera a la pastelería o la sastrería que animaba la vida del barrio.

El tiempo, los cambios de costumbres, el desarraigo de los vecinos –el tendero ya no vive en el barrio y los miembros de la comisión, tampoco– ha roto con aquel esquema. De manera que las comisiones falleras han olvidado las raíces de su barrio y se han dedicado a “importar” negocios de consumo a sus demarcaciones, con el beneplácito de un Ayuntamiento que otorga licencias a mansalva para compensarles financieramente y “comprar” su complicidad. Una falla, ahora, tiene adscritas una o varias churrerías. Pero se adorna también con bares, furgonetas de fritura de embutido y mercadillos donde se va a vender de todo; desde sombreros a muñecas, desde cerámica a bisutería. Para cerrar el panorama, la ciudad, convertida en bazar, recibe a cientos de vendedores del “top-manta” que terminan por saturar rincones y callejuelas.

El enfado de los comerciantes del centro histórico con esta invasión ilegítima es de aúpa; es tan serio como el de los taxistas con los coches Uber, y va cargado con las mismas razones. Pero el deber de un Ayuntamiento es salvaguardar a quienes están radicados y pagan sus impuestos, en vez de proteger a los furtivos. En caso contrario, las comisiones falleras van a ser las víctimas del enfado creciente del comercio.

¿Habría que propiciar el reencuentro de las fallas con el comercio de sus barrios? Es urgente hacerlo. Si el Ayuntamiento dice que protege el comercio tradicional, es preciso que impida que un puesto de venta de churros grasientos tape la entrada y los escaparates de una tienda que paga su IBI religiosamente. Al bar “de toda la vida” no se le puede poner un “food-truck” de temporada que compite ilegalmente. Ese bar, que antes era socio, anunciante, amigo y protector de “su falla”, tiene que volver a reencontrarse con los falleros. Porque la esencia de la fiesta es el barrio y la falla no puede ser un intruso mal visto que trae competencia desleal.

(Anuncios procedentes del “llibret” de la falla de la Calle de San Vicente de 1934)

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Acerca de fppuche

Periodista y escritor. Director de “Las Provincias” desde 1999 a 2002. Desde 2011, miembro de la comisión de Gobierno del Consell Valencià de Cultura.
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