Lo que hay que tener

 

lo-que-hay-que-tener-1lo-que-hay-que-tener-4Con la muerte del senador John Glenn, el primer astronauta norteamericano que orbitó la Tierra, se extingue la generación de “Lo que hay que tener”, la de los pilotos de combate que comenzaron a trabajar en vuelos supersónicos de prueba, para terminar, algunos de ellos, figurando entre los primeros astronautas de los Estados Unidos. John Glenn, que ha muerto a los 95 años en Columbus, Ohio, era el
único superviviente de los siete heroicos “fundadores” de la era espacial americana: Alanm Shepard, Virgil Gus Grissom, Scott Carpenter, Gordon Cooper, Walter Schirra y Donald Slayton, junto con el propio Glenn, llenaron el primer y arriesgado programa de entrenamiento, que requería, más que científicos o ingenieris, a buenos pilotos de la Armada o la Fuerza Aérea. Para una generación de españoles fueron tan populares, si no más, que los futbolistas o los actores de cine: gente valiente, convertida en héroes a través de una aventura que tenía más de atrevimiento que de ciencia.

Glenn había participado en 59 misiones durante la Guerra Mundial y otras 90 en la guerra de Corea, en los años cincuenta, antes de incorporarse a la preparación que le hizo pasar un día en órbita el 20 de febrero de 1962. Víctimas de las presiones y tensiones de la Guerra Fría, de las necesidades de obtener éxitos propagandísticos, los astronautas de EE.UU., como los cosmonautas rusos, pasaron por pruebas, prisas, riesgos y accidentes que hoy en día serían difícilmente tolerables en la investigación espacial. John Glenn, dado que fue el primer norteamericano en orbitar la Tierra después del éxito de Yuri Gagarin, tuvo una segunda oportunidad: en 1998, a los 77 años, fue miembro de una tripulación de la Discovery. Su carrera política también contribuyó a su selección: Glenn gozaba de un singular prestigio ciudadano como senador, y ayudó a levantar momentos de decadencia presupuestaria de la NASA.

“Elegidos para la gloria” o “Lo que hay que tener”, es el título de un famoso libro de Tom Wolfe que narra esa vida aventurera y de alto riesgo de los primeros años de pruebas. La novela fue llevada al cine con el mismo título, en original inglés “Right Stuff”, del año 1979.

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Los tapices de San Juan de Ribera

 

1480615225tapices-patriarc-int1-700x350En las enormes casonas de piedra, en las fortalezas y castillos de gruesas paredes, no era fácil pasar un largo invierno. Distribuir paja por los suelos era una forma de poner un débil aislante entre el suelo y los pies. Las chimeneas no bastaban. En muchos lugares la leña era escasa y difícil de transportar. Pero los ricos, los verdaderamente poderosos, tenían la suerte de poder batallar contra el frío que se filtraba por las paredes colgando gruesos tapices de lana que abrigaban las paredes, que aislaban del crudo invierno. Desde el siglo XIII, el tapiz fue extendiéndose como objeto de calidad. Quienes podían, animaron con sus encargos los cada vez mejores y más especializados talleres del norte de Francia y del sur de Bélgica. Grandes pintores de escuela flamenca se especializaron en preparar cartones con temas clásicos y mitológicos que eran trasladados a los tapices mediante colores cada vez más depurados, y con hilos que insertaban oro y plata.

Tener un tapiz, tener una colección de tapices para las estancias nobles de la mansión, era una necesidad física pero también una obligación social. Por más que en el siglo XXI nos guste ver paredes de castillos y mansiones de austeros sillares, nadie, en tiempos antiguos, tenía el mal gusto de mostrar desnudas sus paredes. Y gastaba mucho dinero en comprar colecciones de tapices que eran, además de calefacción, muebles decorativos y valores financieros, verdaderas inversiones de los ahorros, equivalentes a atesorar pinturas, lingotes o piedras preciosas.

Por eso el Patriarca Juan de Ribera, hijo reconocido de Pedro Afán de Ribera, virrey de Nápoles, heredó de su padre, entre otros muchos bienes, una colección de seis tapices, tejidos en Tournai hacia 1520, que vinieron a ser una de las aportaciones económicas básicas, uno de los bienes raíces que el futuro santo puso a contribución, para fundar y hacer que se levantara, a costa de su bolsillo, el Colegio del Corpus Christi. Así las cosas, decir los tapices del Patriarca es un término exacto: eran de él y fue él quien decidió dónde se colocaban y qué sería de ellos tras su muerte.

Tournai fue uno de los lugares de Europa que alcanzó un prestigio mayor en materia de tejido de tapices. Los de la catedral de Zamora, además de otros de grandes palacios y colecciones españolas, proceden de los talleres de una ciudad belga que ahora alberga un importante museo de tapicerías. Los tapices de Tournai del Colegio del Patriarca, fechados en torno a 1520, tienen un valor incalculable y han sido restaurados a expensas de la Fundación Iberdrola, en la Real Fábrica de Tapices de Madrid. Como el presidente de la Fundación dijo ayer en Valencia, ha sido, y todavía va a ser, un proceso lento, exigente en la calidad. “No hay que tener impaciencias; las cosas de importancia se tienen que hacer sin prisa, una recomendación que también es válida para la política”, afirmó.

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Las Fallas, Patrimonio de la Humanidad

 

2016-09-24-museo-fallero-ciudad-ciencias-5 2016-09-24-museo-fallero-ciudad-ciencias-22 img_4134Por encima del tiempo y sus circunstancias, más allá de las adversidades, las guerras y las modas, las Fallas de Valencia. Que crean su propio espacio cultural, su peculiar modelo de sátira, desde mucho antes de que un poeta festivo escribiera unas cuartillas para explicar una falla de la placeta de l’Almodí.

Líbranos, Señor, de tener que explicar a los visitantes de la Unesco, la inexplicable humorada de aquella falla antigua, o qué construcciones hacemos los valencianos con la palabra “conill”. Porque de lo que se trata es de eso, del juego de lo inmaterial, de las emociones y seducciones, de las tentaciones que un chiste provoca a la inteligencia.

Primero fueron cuatro y ahora son casi cuatrocientas. Estamos ante la más vieja “performance” puesta por la gente del pueblo en medio de las calles. Estamos ante una provocadora invención, con cuerpo de cartón y maderos, que el ocurrente de turno quiso improvisar y divulgar un día, para burlarse del vecino, sin darse cuenta de que lo que estaba haciendo era justamente lo que queremos que ahora se nos premie: convertirlo, en la plaza pública, en patrimonio de la humanidad.

Formas y colores, en composiciones de todos los tamaños, presupuestos y ambiciones. Muñecos y chistes, conceptos, rótulos y símbolos. Nadie hace fallas para él solo; siguiendo viejísimos rituales de fuego, las Fallas salieron a la calle, en el arranque de la primavera, porque querían ser lo que son: patrimonio del pueblo. Guiños, insinuaciones, burlas de veinte metros de altura y seis toneladas de peso. Artificios muy materiales que aspiran a un reconocimiento como inmateriales. Porque lo que se valora es la Fiesta con mayúscula, la participación de la multitud en un conjunto de celebraciones y rituales mantenido desde la noche de los tiempos, hasta configurar un patrimonio cultural único.

El “ninot”, que ha nacido del barro y el cartón, esta hueco y es material. Si su expresión cobra vida es a través de la inteligencia de los otros, que lo observan y le ponen sentido e intención. Pero además de haber sido creado para ser moraleja y expiación está destinado a morir en el fuego. Su sacrificio como material será patrimonio y cobrará valor inmaterial en tanto que el pueblo, que es el dueño de todo, asuma que la sociedad se limpia cada año de los pecados colectivos cuando se somete al perdón de los dioses del fuego.

Arquitectura, escultura y pintura. Y además poesía, teatralización, indumentaria, decoración, música, pirotécnica y gastronomía. Todo eso son las Fallas de Valencia. Que se presentan vestidas de la mejor seda para revindicar que aquí tenía principio y fin la  Ruta comercial, artística e industrial más antigua del mundo. Y que llegan envasadas en la atmósfera inmaterial de las primeras noches tibias de la primavera.

Fallas de Valencia, que aspiran a ser, como fiesta, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Al menos, así quiero verlo, la sociedad valenciana ha encontrado una razón para la unidad y la cohesión.

(Publicado en “Las Provincias” el 17 de marzo de 2016)

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¿Y cómo eran antes las noches de boda?

 

vino-1 vino-2Tengo una pregunta para usted, señor. Estoy ansiando poder encontrarme con don Paco Calatayud, el bodeguero, mueblista y sobre todo sabio vecino de Moixent, porque ha tenido la valentía de decir que un vino nuevo que acaba de nacer en sus lagares, el “Safrá”, es “como una noche de bodas de las de antes”. Es muy urgente. O probamos ese vino cuanto antes para desvelar el secreto o él, acosado a preguntas, estrechado por un interrogatorio “de los de antes”, termina por confesar qué misterios encerraban aquellas legendarias noches de bodas… en apariencia tan difíciles de narrar o insinuar que necesitan ser puestas en paralelo y comparación con un vino nuevo. Un vino muy prometedor que se presenta el viernes, a mediodía, en el edificio “Veles e Vents” de la Marina de Valencia, de la mano de un doble acontecimiento musical y gastronómico.

En todo caso –lo siento mucho– la veteranía de don Paco, su sabiduría de experimentado hombre que conoce la vida secreta de las plantas, ha salido triunfante frente a los esfuerzos, técnicos y profesionales, de Robert Parker o de Pablo Calatayud, que han necesitado muchas más palabras para acercarnos al naciente “Safrá” de la bodega  de Celler del Roure. “Como una noche de bodas de las de antes” es, por breve, mucho más refinado que una glosa literaria tradicional y, por sugestivo, mucho más preciso que una correcta descripción de técnica enológica.

Nueve palabras, apenas cuarenta caracteres. Un twitter condensado y sentencioso que habla, sin hablar, de lo que quizá, un día lejano, pudieron ser aquellas envidiables noches iniciales: camas de roble bien ensamblado y almohadones suaves de pluma de ganso; armario con espejo de luna y somier cómplice por silencioso; sábanas delicadamente almidonadas, puntillas con perfume a lavanda, cómodas con manzanas escondidas… Escapulario y liga, cinta de seda y melena suelta… ¿Era algo así, querido don Paco?

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Día de Acción de Gracias

 

pavo-accion-de-graciasUnos 45 millones de pavos están pasando a mejor vida estos días. Son los que los norteamericanos van a consumir en la cena del cuarto jueves de noviembre, este año el día 24, día consagrado al Thanksgiving Day, el Día de Acción de Gracias. Es la fiesta que une y reúne a las familias, la celebración que todas las religiones aceptan, la que da verdadera cohesión a la mezcla de razas, culturas, orígenes, intereses y afinidades que componen el pueblo norteamericano. Hay miles de anécdotas, relatos, películas e historias en torno a esta fiesta entrañable en la que, básicamente, se da gracias por estar juntos, por constituir una familia que se quiere, pero también por ser norteamericanos. Porque no en balde está, de fondo, el recuerdo de los peregrinos llegados en 1620 y la ayuda que, en momento de apuro, encontraron en los indios wanpanoag de la costa de Massachussets, que les dieron de comer maíz y pavo.

La fiesta es oficial desde 1941, por declaración del Gobierno, que estableció que se celebrara el cuarto jueves de noviembre. Con todo, se viene celebrando con una intensidad distinta, según zonas, desde la época de los primeros colonos; aunque fue una revista femenina la que, hacia 1820, recuperó la tradición y la difundió hasta ponerla de moda y hacerla no ya general, sino entrañablemente familiar. Su éxito se funda, sobre todo, en no estar vinculada, de una forma precisa, a ningún credo religioso. aunque es válida para todos. Por eso en muchas capas sociales, tiene un arraigo superior a la Navidad de los cristianos. Y desde luego, es ejemplar a la hora de mostrar cómo las viejas tradiciones del pueblo –las recetas, los adornos, las costumbres y oraciones– se fomentan, respetan y perpetúan de una generación a otra.

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“!Mira, hijo, la lluvia…!”

 

lluviaFue un momento conmovedor. El padre se levantó de repente, movido por el susurro de las gotas en los cristales, y se fue directo a la cama donde el niño dormía. “!Levántate, ven a ver este espectáculo! !Ven a ver conmigo, por primera vez, el gozo divino de la lluvia!”. El niño, todavía con los ojos semicerrados, no sabía de qué le hablaban. Nunca había visto a su padre así…  Descorrió las pesadas cortinas, abrió las contraventanas, empujó con fuerza las hojas del ventanal y ante ellos, junto con una bocana da aire fresco, apareció el paisaje arbolado del río bañado por una generosa lluvia. El muchachito no entendía: nunca había visto llover a sus diez años bien cumplidos. Señalaba con el dedo índice, tembloroso, y abría los ojos con incredulidad… Extendió la mano y notó que estaba mojada.

“!Es la lluvia hijo mío: la lluvia! Son gotas de agua que caen desde las nubes!”– gritaba el padre excitado–. Tú no lo habías visto nunca, porque en Valencia eso es imposible de ver; pero el cielo se nubla, el sol se oculta, y la tierra recibe una infinidad de gotas de agua que empapan el suelo, riegan las raíces de las plantas, recobran las fuentes y alimentan los ríos… Los embalses, llenos, garantizan el riego de los campos y el suministro en las casas. Es un regalo del Cielo, un don que en Valencia perdimos hace ya largo tiempo…

Y así, padre e hijo, tomados de la mano, iniciaron un nuevo tiempo, que el padre quiso llamar La Bendita Era de las Lluvias. Sacaron del armario los arrumbados paraguas, recuperaron las botas y los impermeables resecos.

— Mira, hijo mío, ahí hay agua… !Pisa fuerte! !Salpícalo todo!

A mediodía, cuando estaban en la tercera lección, por la CH de charco… salió de nuevo el Sol.

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Un siglo de la muerte del emperador Francisco José

 

2d9eb23943828b953945f1cff486ed20Cinco imperios estaban metidos en una terrible guerra, ahora hace cien años, cuando el 21 de noviembre, después de comulgar, murió súbitamente, a los 86 años, Francisco José I, emperador de Austria y rey apostólico de Hungría, el guapo monarca de las películas acarameladas, el dulce marido de la emperatriz Isabel, llamada Sissi por todos los que la adoraban.

Cinco de los emperadores metidos en una matanza que cambió el mundo, eran primos entre sí. Jorge V, rey de Inglaterra y emperador de la Gran Bretaña, estaba emparentado con el zar Nicolás II, que fue su aliado junto con Francia y después Estados Unidos; 1024px-central_powers_monarchs_postcardpero también tenía lazos de familia con  Guillermo II, el kaiser alemán, su enemigo acérrimo, defensor en el conflicto, junto el imperio austrohúngaro y el imperio otomano de Mehmed V, del bando que acabaría siendo perdedor. Los tres primos se vieron un par de veces a lo largo de su vida; la última cumbre la celebraron, tan amistosamente, en el año 1913, poco tiempo 1916-12-04-funerales-por-francisco-jose-iantes de que el atentado de Sarajevo lanzada a sus naciones a destruir vidas por millones.

La Guerra Mundial cambió el mundo y todas sus colonias y fronteras. Cuatro de los imperios se fueron al traste y solo el británico sobrevivió. De los cinco líderes, el británico Jorge V vivió hasta 1936. Pero todos los demás duraron poco: tras la pérdida de Francisco José, en 1916, la muerte fue llamando en 1918 al kaiser Guillermo II y al sultán Mehmed. El pobre zar Nicolás, perdido el trono, fue víctima, con toda su familia, de la revolución soviética de 1917.

En Valencia, el 4 de diciembre de 1916, la Iglesia del Patriarca albergó una gran ceremonia fúnebre por el emperador de Austria-Hungría, sufragada por el consulado, tradicionalmente conferido a la familia Goerlich. El imperio austrohúngaro, con sus resonancias arcaicas y militaristas, fue una de las referencias favoritas del director de cine Luis García Berlanga: viniera a cuento o no, algún personaje de todas sus películas lo cita una vez a lo largo del metraje.

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Mozart, Salieri y el mito de los celos

 

  • mozart-salieriDos magníficos actores, en Sala Russafa

Dos estupendos actores, una cámara que nos da un perfil diferente de cada uno, y una correcta iluminación. Junto con la música, nos basta para pasar una hora deliciosa en torno al mito –o quién sabe si realidad– de que Salieri envenenó al joven Mozart llevado de esa volcánica pasión de los celos profesionales. Rivalidad y emulación, admiración y ansia de creación musical. Más allá del dinero, incluso de la fama o el mecenazgo, sentir el “toque” de la gracia de la inspiración y saber construir una música digna de los dioses. Todo eso, que lo vimos sobradamente en la película “Amadeus”, de Milos Forman, está también, y muy buen puesto, en la obra teatral de José María Roca, titulada “Mozart vs Salieri”, que Producciones Imperdibles ha traído a la Sala Russafa. Lástima que una difusión corta llevara menos público del merecido a la sesión del jueves, algo que sin duda se reparará este fin de semana.

Javier Castro es un Salieri perfecto, al que juzgamos, claro, según el exigente canon que Murray Abraham creó para la película y que cumple con creces y mérito. Mozart, por fortuna, no es el niño ridículo, irritante en ocasiones, que vimos en el cine; en este caso es el creador vitalista que el personaje merece, dibujado por Alex peña con muy buena mano.

La música de los dos maestros, claro está, sitúa y acoge, enmarca una época y un mundo creativo de amplias proporciones. Y el conjunto de la obra nos explica que el teatro puede ser también, así, modesto y sencillo, barato para entendernos, sin perder un gramo de calidad. Porque está sustentado, que no se nos vaya a olvidar, por un texto inteligente, sobre todo culto, de José María Roca, que ambos actores saben decir con precisión.

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Cameron Carpenter y el órgano del Palau

cameron-carpenterCon su mejor buena voluntad, el público fue –fuimos– el martes al auditorio convencido de que, después de varios años de silencio, iba a poder escuchar de nuevo el órgano del Palau de la Música de Valencia. El programa de los conciertos de abono lo decía muy claro: “Cameron Carpenter. Órgano”. Y en el Palau de la Música de Valencia se supone que si ha de sonar un órgano, este será el que está en la pared del fondo desde hace casi treinta años, poco o nada usado, casi despreciado por los encargados de confeccionar la programación. Incluso hay quien dice que deteriorado y ronco, estropeado por falta de uso.

Pero no. La falta evidente de transparencia por parte del autor de la información y los programas de mano, unida a la inocente buena voluntad de una mayoría, que va confiada “a ver que nos ponen hoy”, configuró un chasco, extendido entre muchos espectadores.  La gente leyó “órgano” y pensó que iba a escuchar un concierto como los de la catedral. Cuando la verdad es que estaba esperándoles, agazapado, Cameron Carpenter, un fenómeno muy distinto.

Carpenter es una estrella internacional de los teclados, un virtuoso que se ha hecho construir a la medida el ITO, un gigantesco órgano digitalizado, –decir electrónico queda muy corto– que hace sonar mediante cinco teclados, un sinfín de registros, tres amplificadores y una cuarentena de bafles. Y con el que interpreta versiones adaptadas de autores modernos y clásicos, especialmente Juan S. Bach, que destacan por su espectacularidad más que por el atento rigor a lo que el maestro escribió. El resultado, eso sí, es una avalancha musical llena de un virtuosismo dramático: efectista y avasalladora, estridente y borrosa también.

Seguramente, no se oyó nada que no se pudiera haber escuchado haciendo sonar en condiciones el órgano clásico del Palau. Como tanto abunda en este tiempo, hubo más ruido que nueces, más búsqueda de lo mediático que decantación del arte a través de la exigencia. Al contrario que el humilde trabajo de los organistas clásicos, que se escondían en un rincón mal iluminado para dar todo el protagonismo a su gigantesco instrumento, a Carpenter Narciso solo le falta situar cámaras que den al público planos de su rostro en plena acción musical.

Daba rabia el contraste. Ver al músico embutido en su máquina parlante haciendo frente a un gran órgano que costó a los valencianos muchos millones de pesetas y lleva años mudo, movía a indignación. Todo eso sin contar con que Carpenter, para llamar la atención, recorre el mundo diciendo que el órgano “no es de Dios”,  que hay que sacarlo de las iglesias y otras tontunas parecidas… cuando tenía ante las narices un órgano que fue parido laico… y lleva años callado.

Y con independencia de que luzca una cresta en el cráneo, lleve ropajes propios del pop-rock y calce botas con tacones cuajados de cristales de Swarovsky. Que es lo de menos… aunque espante a algunos clásicos del abono del Palau.

 

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Historia viva de una Guerra

 

alejandra-solerCon su sola presencia en el claustro de la Nau, Alejandra Soler, conquistó la atención de la mayoría de asistentes a la inauguración de la exposición que la Universidad ha dedicado al 80º aniversario del traslado a Valencia del Gobierno, durante la Guerra Civil. Uno de los profesores que han creado la exposición, desde la tribuna de oradores, saludó a la anciana profesora y mostró su fotografía, tomada ocho décadas atrás, impresa en el catálogo de la muestra. El aplauso afectuoso del público fue mucho más allá de la palabra de los oradores: la historia que se evoca y reconstruye, quizá el momento más dramático y crucial de la Guerra Civil, se hacía presente en el recinto universitario, a los 103 años de edad. Alejandra Soler, que fue miembro de la FUE y una de las primeras universitarias de España, fue más tarde profesora en Moscú y estuvo casada con Arnaldo Azzati, uno de los hijos del conocido periodista republicano. Militante comunista desde 1934, Alejandra Soler, nombrada hija predilecta de Valencia en 2015, continúa participando habitualmente en actos de reivindicación social.

Las conmemoraciones del 80º aniversario del traslado a Valencia del Gobierno republicano se han traducido en la inauguración de la citada exposición, que lleva por título “Tot està per fer”, y la presentación, en el Ayuntamiento, de un libro colectivo, coordinado por los profesores Javier Navarro y Sergio Valero, primero de los tres que el Ayuntamiento editará dentro de la conmemoración. Hace treinta años, en 1986, Valencia ya celebró el 50º aniversario de la estancia del Gobierno en Valencia, que se extendió entre el 7 de noviembre de 1936 y el 31 de octubre de 1937. Pero es más que razonable que una nueva generación conozca lo ocurrido en el cada vez más lejano siglo XX, durante un periodo intenso de enfrentamiento entre españoles.

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