María Teresa Oller y el folclore valenciano

 

Bartomeu Jaume Bauzá acababa de interpretar “Cipreses” y aún estaba flotando en la sala la ondulante gracia que su autora imprimió a la pieza musical hace muchos años. El pianista saludó y se fue como una flecha hasta la primera fila del auditorio donde la compositora María Teresa Oller escuchaba y asentía: se fundieron en un abrazo. En su silla de ruedas, la autora recibió la cerrada ovación que el público le dirigió. Y se convirtió en la estrella del acto organizado por la Real Academia de San Carlos en su 250 aniversario. Porque como Manuel Muñoz, el presidente, había recordado, antes de un concierto integrado por obras compuestas por académicos de San Carlos, se había concedido un diploma especial a los miembros de la institución, nueve en total, que han cumplido 25 años a su servicio. Y María Teresa Oller fue protagonista doble, como académica veterana –ingresó en la Casa en 1986– y como compositora integrante del programa, la única viva, junto con César Cano, el profesor que ayer estrenó una obra especialmente compuesta para este aniversario.

El folclore valenciano que conocemos, las danzas, cantos, poesías, “albaes” y “mayos”, todo el rico patrimonio musical que se conserva en archivos, discos y recopilaciones estaría a estas horas en el limbo de los tesoros perdidos si no fuera por esta valenciana de 98 años bien cumplidos, María Teresa Oller, que ha dedicado toda su vida activa al estudio, reunión y catalogación de la riqueza musical que la gente del pueblo ha venido transmitiendo de boca en boca. Impulsada por López Chavarri y Manuel Palau, Teresa Oller, desde los años 50, ha recorrido durante décadas pueblos y aldeas, ha asistido a docenas de actos populares y ha invertido cientos de horas en cantar y hacer cantar a “los más viejos del lugar” músicas ancestrales que el tiempo estaba punto de arrebatar de la memoria y de la tradición.

Con la música, las letras, los versos, el tipismo, las costumbres, vestidos, tradiciones y sentencias de uno y otro lugar, en valenciano y en castellano, en tierras secas o de regadío, de montaña o marineros… han pasado a catálogos que luego se han convertido en libros. El Cancionero Musical de la Provincia de Valencia es una tarea enciclopédica que María Teresa Oller y sus colaboradores pusieron en manos de la Institución Alfonso el Magnánimo. Después y antes, docenas de estudios parciales, por estilos y comarcas, jalonan el trabajo de una mujer, creadora de la Coral Polifónica Valentina, compositora y maestra, que ha dedicado toda su fecunda vida a estudiar, recopilar y difundir la música del pueblo valenciano. Las felicitaciones de ayer, el calor que le dispensó la Academia de San Carlos, son un claro reconocimiento al trabajo de una mujer luchadora.

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Adiós a las pasarelas

Cuarenta y seis años de servicio han prestado las pasarelas para peatones de la Avenida del Cid, que han sido desmontadas en las últimas semanas. En los primeros días de enero de 1972, el ministro de Obras Públicas, Gonzalo Fernández de la Mora, junto con el alcalde Vicente López Rosat, inauguraron el formato de la avenida de acceso de la carretera de Madrid que ha estado y está en uso, incluyendo las pasarelas, fuentes y el paso inferior bajo el bulevar 9 d’octubre-Tres Cruces. Durante ese largo tiempo, los pasos para peatones, bicicletas y motos de pequeña cilindrada han prestado un extraordinario servicio ciudadano, evitando docenas de accidentes.

Las obras de acondicionamiento del acceso duraron dos años y fueron financiadas por el Estado en un 75 %. Costaron 145 millones de pesetas e incluían, además del túnel 118.000 metros cuadrados de calzadas y 42.000 m2 de jardines. El conjunto, con su sistema de ordenadores, estaba preparado para absorber 70.000 vehículos al día

Las grandes vigas de las tres últimas pasarelas fueron retiradas en la última noche, en medio de un gran despliegue de grúas y Policía Local, que cortó la circulación en el acceso de Madrid. De las seis pasarelas existentes, la última de la avenida, primera si se llega por la carretera N-III, se va a salvar de la operación, ya que está situada en término municipal de Xirivella y este ayuntamiento no ha pensado acabar con ella por el momento.

La retirada de las pasarelas obedece a decisiones municipales que van destinadas a hacer más lenta la circulación de coches en esa avenida, fundamental para el movimiento diario de la ciudad. Con la presencia de pasos cebra para peatones y la regulación ya prevista de la duración de sus ciclos, es muy previsible que los atascos se multipliquen, logrando el efecto contrario de la inversión que se hizo hace casi medio siglo.

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La plaça de la Neu

Renombrose Plaza de la Nieve (en nuestro idioma de la Neu) por mediados de la Centuria pasada la plaza vulgo de Valencians, que es en la que ahora está plantificada la Real Oficina del Correo. (Plaza del Correo Viejo en el siglo XXI). La causa de dársele dicha denominacion, que ya se ha anticuado, quién duda que sería por venderse a la sazón allí la nieve? Mas para rastrear la época en que pudo fomentarse en aquella plaza tal renombre, conviene saber, cómo siendo en otro tiempo libre la venta de la nieve y facultativo a cualquiera el recogerla, y venderla, se experimentó algún desorden en querer la ambición de los vendedores despacharla a precio excesivo, lo que dio motivo a que proveyera de remedio la Ciudad, mandando por providencia de 13 de septiembre de 1582 tasar su precio, ordenando juntamente que nadie pudiera venderla a más de 4 dineros la libra (precio a la verdad muy competente, pues ni aún ahora en la estación más calurosa del verano, suele venderse más cara, y aún la hemos conocido algún invierno venderse a un dinero la libra). La subida estimación, y aprecio, que de la nieve comenzó a hacer el pueblo dimanó del mayor uso y consumo de ella. Y la universal costumbre de beber el agua resfriada, con nieve, como hoy se estila, se introdujo después del año 1549, en que inventó nuestro paisano don Luis de Castellví el modo de guardarla y resfriar con ella el agua, de la conformidad que hoy se estila”.

(“Valencia antigua y moderna”. Marcos Antonio de Orellana.)

(Fotos de Juan Amela, de Morella, y dels Bombers de Castelló)

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El gigante Elícegui, en la Valencia de 1854

La posada de San Andrés no ha pasado a la historia de la ciudad a causa de la calidad y el confort. Era un fonducho destartalado que abría su puerta en una vieja casa de la plaza de San Francisco. Pero fue allí, precisamente, donde muchos valencianos acudieron, cargados de morbo o compasión, a ver a un hombre enorme: a Miguel Joaquín Elícegui, el llamado Gigante de Altzo.

El público valenciano acudió en masa. Era febrero de 1854 y se estaba preparando el Carnaval. Pero aquel hombre colosal no era fruto de un disfraz ni de un truco de espejos. Era simplemente un hombrón de más de once palmos de altura, casi dos metros treinta, que tenía que moverse agachado en las angosturas de aquella mala fonda y que se exhibía sentado, para mayor comodidad, en la habitación que había alquilado el hombre que le llevaba de feria en feria.

Los adultos pagaban un real por entrar a verle. Los niños y los soldados, solamente medio real. Y se llegaron a formar colas; porque muchos de los curiosos se entretenían, querían verlo por delante y por detrás, tocaban sus manos enormes, rozaban su gigantesca boina… Muchas mujeres accedían a la habitación y algunos viejos lo hacían santiguándose, convencidos de que iban a ver una artimaña del diablo. Y allí, con cara triste y resignada, con un aspecto que movía a lástima más que a curiosidad o regocijo, estaba el Gigantón de Altzo, que entonces ya tenía 36 años de vida huraña y segregada. Los periódicos, en los días anteriores a su llegada a Valencia, insertaron anuncios en los que se informaba que la reina Isabel lo había recibido, movida por la curiosidad, como habían hecho reyes y nobles de media Europa, deseosos de ver cualquier rareza del mundo. La gente sencilla, los mocosos de la calle, las planchadoras y los cadetes, miraban aquellas manos, los pies como barcas y cuchicheaban en voz baja lo mismo que doña Isabel dicen que preguntó: ¿Lo tendrá todo en proporción al tamaño?

(El gigante, en un grabado de la época, y una gacetilla en “El Mercantil Valenciano”)

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San Vicent y las Fallas

 

¿Cuándo apareció Sant Vicent en una falla por primera vez? Sería bueno echar la vista atrás. Nos sorprendería el dato, si fuera posible encontrarlo. Porque Vicent Ferrer ha aparecido muchas veces en las fallas, seguro. Y en épocas muy duras de censura. Como metáfora de la concordia y de la paz entre bandos opuestos, como alegoría de lo valenciano, como acusador de vicios y pecados. El Pare Vicent que soluciona el Compromiso de Caspe, el que pide paz entre Vilaraguts y Centelles, el que según la leyenda sacudió sus sandalias y renegó de su tierra. Querido siempre y engarzado con lo más glorioso de las fiestas valencias. ¿”La Moma” no va a ser protagonista también este año de una falla? Claro: es la metáfora de la Virtud y a lo mejor el artista quiere hablar de la corrupción. En las fallas infantiles, las alusiones a las representaciones callejeras de “els milacres” del santo se pueden contar por docenas. En las fallas mayores, incluso debe haber sido un recurso facilón ante problemas de la ciudad que requieren como solución un milagro… Sant Vicent nos trae el Corredor Mediterráneo, o consigue que el Valencia gene una Liga, etcétera.

La prensa, sobre todo la digital, convierte en problema lo que no es. La dramatización de cuestiones banales está llevando a los medios informativos a polémicas que no lo son. Y que dificultan la lectura verdadera de algunos asuntos que sí son un problema. Enredados en si Sant Vicent Ferrer puede ser objeto de interpretación fallera, no estamos atendiendo al verdadero significado de la crítica que el artista está intentando transmitir, que no es otra que un concejal, Pere Fuset, hace burla del colectivo fallero y lo ignora. Ese sí es un problema de las Fallas. El problema de su libertad, el de su sometimiento al poder municipal, asunto antiguo que no se ha abordado con franqueza y valentía nunca, ni antes ni después de la dictadura. ¿Queremos una fiesta completamente al margen del Ayuntamiento, si o no?

La corrección de lo que el artista fallero ha creado, en aras precisamente de la “corrección” va a ser, probablemente, un nuevo síntoma de cesión en una delicada historia de relación entre las fallas y la estructura oficial.

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La Candelaria y la marmota

A los cuarenta días de la Navidad, la Candelaria. A los 40 días de un parto, según la tradición hebraica de la época de Jesús, la mujer había purificado su cuerpo y podía ir al templo a presentar al recién nacido. La visita se hacía con el acompañamiento de candelas. El 2 de febrero han pasado cuarenta días de la Navidad y estamos, más o menos, en la mitad del invierno. De modo que es el momento de mirar hacia la segunda mitad y hacer cálculos. ¿Seguirá el invierno igual de riguroso o se hará ya mucho más benigno? Ante tan delicada pregunta, el hombre busca signos y acaba encontrándolos en los animales o en el conjuro de los cielos. “Si la Candelaria riu, si la Candelaria plora…” En algunos países observan si los osos salen de la madriguera y, sobre todo, si regresan para dormir mucho más. En otros es la marmota la que tiene la palabra: o viene ya la primavera o nos quedan seis semanas más de invierno… En Estados Unidos y Canadá se celebrarán hoy muchas fiestas en torno a numerosas marmotas. La más famosa, sin embargo, es la de Punxsutawney, en Pensilvania, que hoy congregará a todos los medios informativos en espera de su predicción. Acierta el 39 % de las veces, han dicho los científicos solventes. El refrán valenciano tiene una modalidad que acierta siempre: “Si la Candelaria riu, ja ve l’estiu; si la Candelaria plora, l’hivern es fora”…

(En la imagen, Bill Murray en “Atrapado en el tiempo”, que popularizó la predicción de la marmota)

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Museo Sorolla de Valencia: 52 años de fracaso

El Museo Sorolla de Valencia, ese anhelo cultural valenciano, vuelve a la actualidad, una y otra vez, con su ya conocida secuela de frustración. Sin embargo, aunque es un hecho casi desconocido, el fracaso de la política y la sociedad valenciana no es ahora mismo; la idea acaba de cumplir nada menos que 52 años !Más de medio siglo!

En efecto, el 7 de enero de 1966 el alcalde de Valencia, Adolfo Rincón de Arellano, propuso a la comisión municipal permanente iniciar las gestiones para configurar un Museo Sorolla en Valencia, a partir de la cesión al Museo de Bellas Artes, en calidad de depósito, de las obras del maestro propiedad de la corporación municipal. Por otra parte, la propuesta del alcalde estaba destinada a pedir al Patronato del Museo Sorolla de Madrid la organización de una exposición  permanente en el Museo de Bellas Artes de Valencia con una selección de las muchas obras que no pueden ser expuestas en Madrid. De paso, la resolución señalaba la contradicción entre dos artículos del reglamento de dicho Patronato, dado que si las obras del maestro no se exponían, y además no podían salir del Museo de Madrid, difícilmente se podría enaltecer la obra de Joaquín Sorolla como es objetivo principal de su Museo.

La idea del alcalde Rincón tuvo un eco realmente discreto. La gran exposición que se le había dedicado 1963 con motivo de su Centenario tuvo un gran éxito, pero el calor parecía extinguirse. Pasó el tiempo y todo quedó en nada. Después, una interpretación flexible de las normas de la Casa Museo de Madrid hizo posible el viaje de alguna de sus obras para exposiciones memorables. La idea de un Museo Sorolla regresó en el año 2007, y tuvo el monasterio de la Roqueta como hipotético objetivo… hasta decaer no mucho después.

Con regularidad probada, los periodistas ponen sobre la mesa el proyecto ideal de reunir las obras de Sorolla que hay en las pinacotecas del Ayuntamiento, la Diputación y la Generalitat que, sumadas a las de la Fundación Bancaja y las del Museo de Bellas Artes, configurarían un gran museo específico de nuestro pintor preferido. Pero no prospera: para ver en Valencia a Sorolla hay que ir a diversos museos… dejando aparte la obra que no se exhibe y la que cuelga en despachos que no se pueden visitar.

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Color tabaco, o sea marrón

Apreciado Nadie:

La fallera mayor de Valencia, en la ceremonia de su exaltación, iba vestida de color tabaco. ¿Y? Hay que estar en el ajo para valorar que es un color poco habitual en ese tipo de vestidos y de eventos. Los pacientes fabricantes de espolín de seda no entran en esa gama de colores. Y la prensa del lugar lo destaca: color marrón, tintes de tabaco, aroma de habanos…

Las crónicas del fastuoso ceremonial con el que se abren las fallas se han quedado casi reducidas al ritual de un pase de modelos. Todo está escrito en el manual de la fiesta y lo único que se reserva en secreto es el color del traje que lucirá la fallera mayor. Tu, querido Nadie, no lo vas a entender; pero secreto y sorpresa se dan la mano para explicar esos titulares.

Para la mantenedora de la exaltación, con todo, quedan unas líneas al final de las crónicas. Se insiste mucho –el imperio de la moda, otra vez– en que llevaba un traje negro diseñado por Malne, de Madrid; y en que el vestido tiene la gracia de ser mitad esmoquin, mitad falda. Pero, menos mal, no se olvida en las reseñas su acierto a la hora de exaltar el papel de la mujer en la fiesta, que ha sido motivo banal de una reciente controversia fallero-periodística. Está ya muy lejos aquel tiempo en que los mantenedores pronunciaban discursos que se interpretaban como una crítica al baluarte sin fisuras del poder. Martín Domínguez, el periodista, al año siguiente de la riada, lanzando andanadas, entre dos aguas, al gobierno del General… Un discurso memorable: el Churchill valenciano.

Pero ahora cuenta más el tono de la seda que escasea: color tabaco, color marrón… Quizá va por ahí la moderna andanada. Porque, vaya marrón ¿verdad? el que tiene el partido que gobernó durante tantos años. Vaya marrón que tiene la política valenciana… (Foto: Levante-EMV)

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La nueva casa de la Inquisición

Estimado Nadie:

Te he querido escribir, antes de que enero acabe, para contarte, como procuraré hacer en adelante, una de esas historias chocantes, asombrosas o ridículas que tanto te gustan de esta tierra; una ocurrencia, entre mil, de las que aflora una sociedad alegre y confiada, que tú conoces bien pero que siempre, así al menos lo dices, te sorprende más y más.

El cuento que hoy me mueve a escribirte es la polémica que han urdido los políticos de unos y otros partidos, más la prensa de una y otra tendencia, a propósito del alquiler, de 120.000 euros al año, de un edificio, situado en la calle de Navellos, que quieren destinar a la nueva Agencia contra el Fraude y la Corrupción. ¿Es caro o es barato ese alquiler?, se cuestionan las tertulias políticas estos días, a cuenta de las duras descalificaciones que se están lanzando los diarios y los diputados. Y es que, como suele pasar, se ha creado una institución nueva, esta, según dicen, para velar por la pureza y rectitud en todos los ámbitos de la vida privad y la pública, pero solo saber que va a estar dotada de 34 funcionarios ha disparado las alarmas y la rechifla por el cuantioso coste que la institución supondrá… unido a ese alquiler, desorbitado para casi todos, que podría haber sido bastante menor de no haber elegido la Generalidad un emplazamiento tan céntrico, tan lujoso y tan grande.

Con todo, bienamado Nadie, he de confesarte que sigo la polémica, entre risotadas internas, regocijado por un hecho, en el que nadie ha caído, que a mi me parece de una extremada gracia y curiosidad. ¿Qué ocurre?, te preguntarás. Pues que donde está ese elegante edificio, que en su día fue propiedad de los Trenor, se levantó mucho antes, en el siglo XV, nada menos que la Casa de la Inquisición en Valencia. Y coincidirás conmigo en que tiene su morbo que ubiquen la sede de la Agencia Valenciana contra el Fraude y la Corrupción en el sitio donde los tres inquisidores, y el promotor fiscal, tenían su casa y asiento, sus mazmorras y una bien pertrechada sala de tortura; a cuatro pasos de San Lorenzo, del viejo Ayuntamiento y la Catedral, al lado mismo de la señorial mansión de los Borja, hoy sede de las Cortes Valencianas.

No queda, de aquella casona, más recuerdo que las menciones de las viejas crónicas. A principios del siglo XX, sobre el solar, construyeron los Trenor una mansión donde yo creo que vivió el fundador de la Exposición Regional y donde nació ese genio valenciano, Rafael Trenor, creador de la Esfera Armilar. Allí al menos me invitó  subir un día para enseñarme en su estudio dibujos, planos y maquetas mientras su señor padre, el décimo marqués de Sardañola, José María Trenor Arróspide, pasaba la tarde en uno de los salones asistido por criados casi tan ancianos como él mismo.

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La riada que cambió Valencia

Conferencia pronunciada por Francisco Pérez Puche el día 27 de noviembre de 1997

 Tenemos que poner en marcha nuestra particular máquina del tiempo y hacer el esfuerzo de retroceder 40 años hacia en el túnel de los recuerdos. “El último cuplé” en las carteleras, también “Sissi emperatriz”. Tranvías y sogeas; calles con menos coches, con muchos menos semáforos, con muchas menos palmeras. Una ciudad todavía pequeña y manejable, una ciudad en la que los vecinos se conocían más y parece que tenían menos prisa. Una ciudad donde se secaban al sol las cortezas de naranja tan útiles para encender el brasero de carbón, donde los teléfonos tenían cinco cifras y los periódicos costaban seis reales.

Circulaban los primeros Seat 600. Se estaba construyendo el tunel de las grandes vías con muchas dificultades. Como he escrito en el libro que me ha traido hasta ustedes, Valencia era “una ciudad mediana con algunas aspiraciones. Y con grandes preguntas que curiosamente son las mismas que solía plantearse cada veinte años. ¿Por dónde deberíamos dirigir nuestro futuro? ¿Cómo crecer y modernizarnos de forma armoniosa? ¿Cuál debe ser nuestra actuación para pesar en la política de Madrid y ser oídos con eficacia por el Gobierno?”

Quizá alguno de mis oyentes piense que no estamos hablando de preguntas de ayer, sino de cuestiones actuales. Pero este es un juego hecho, en el libro y en esta charla, con intención: porque el autor piensa que son algunas de las preguntas eternas de Valencia. Las preguntas que periódicamente hay que hacer y responder, las que suscitan y van seguir suscitando dudas en el alma colectiva de los valencianos y las que sin duda estaban formuladas en la Valencia que, en 1957, intentaba salir de las secuelas de una triste guerra y soñaba con un porvenir mucho más desarrollado, dichoso y libre que el que las circunstancias le permitían.

Parecía una ciudad discreta, pequeña y provinciana. Estaba, sin duda, tan subdesarrollada como toda España. Y al final de aquél lluvioso puente que se había iniciado el sábado 12 de octubre, Valencia parecía estar pendiente de los muchos vecinos que estaban pasando la gripe del resultado del Real Sociedad-Valencia, que se jugó en la tarde del 13 de octubre y de los cines, que en aquella tarde-noche de domingo estaban abarrotados.

Una de las primeras señales de alerta se dio en los cines. A la salida de la sesión o incluso interrumpiéndola, los espectadores fueron avisados de la llegada de una inundación. Los serenos, los agentes de la policía local, los policías y guardias civiles, avisaron a cientos de valencianos. Gracias a los pueblos situados aguas arriba, singularmente Ribarroja y Villamarchante, Valencia fue alertada por las autoridades y el número de víctimas no fue mayor..  La riada, según he escrito, vino con ruido y furia y dejó mudos a los valencianos. La riada primera llegó en la noche. Después, con mucha más furia, nos llegó la segunda, acompañada de un diluvio impresionante, a mediodía de aquél 14 de octubre terrible. El Turia inundó la ciudad de Valencia y, junto con el rio Magro, con los barrancos de Chiva y Carraixet, llevó el luto a no menos de treinta pueblos más. Arrebató muchas vidas, arruinó casas, comercios, industrias y esperanzas. Y obligó a que Valencia se planteara un nuevo porvenir y aceptara el reto inevitable de dejar de ser igual que antes de aquella tremenda inundación.

Ahora, pasados 40 años, queda la nostalgia y el recuerdo. Amargo algunas veces, pero comprensivo y tierno casi siempre. Recordaremos que llovió de una forma nunca vista. En Casinos, en Olocau, en Lliria, Domeño y Chera, en Pedralba, Andilla, Marines, Villar del Arzobispo, en Chulilla, Gestalgar, Villamarchante y Bugarra los pluviómetros llegaron a su límite de 200 litros por metro cuadrado y se desbordaron. En el libro “Hasta aquí llegó la riada” Víctor Alcover, el jefe de predicción meteorológica de Valencia, habla de una gran gota fría, un fenómeno natural, típico de estas tierras, que ha sacudido desde hace siglos nuestra vida y sigue haciéndolo de tanto en tanto. Basta ver la tromba de agua que este año mismo ha causado la inundación de Alicante para comprobarlo.

La gota fría de 1957 afectó al curso medio del Turia, aguas abajo del pantano del Generalísimo, donde el río no tenía freno alguno. El río de Chera y las ramblas que le llegan por la izquierda desde la Calderona convirtieron el Turia, generalmente un río casi seco, en un enorme turbión. Entre las dos y las cuatro de la tarde del 14 de octubre, los 3.700 metros cúbicos de la riada del Turia se unieron a las aguas del barranco de Carraixet para formar un caudal de 5.000 metros cúbicos por segundo. Más agua que la que lleva el río Nilo habitualmente.

Las primeras autoridades decidieron reunirse en la Comandancia de Marina para estar cerca de Nazaret, donde se temían graves daños. Pero quedaron aisladas desde la noche del domingo hasta casi el mediodía del lunes, 14 de octubre. Lo peor de la inundación, en las horas iniciales, fue la incomunicación: Valencia, durante horas, apenas tuvo un par de líneas de teléfono disponibles. Por otro lado, la mayor parte de la ciudad quedó sin agua potable, luz, gas, teléfono, combustible y transporte durante más de diez días.

ESPECIAL 140 AÑOS DE LAS PROVINCIAS
12-1-2006

La mayor parte de la ciudad quedó inundada y de la zona histórica apenas quedo despejada la colina sobre la que sabiamente se asentaron los romanos. Una vez más se pudo ver que el río tiene antiguos brazos ocultos: en la plaza de Tetuán (Rambla de Predicadors), la Glorieta y Navarro Reverter; por la calle Baja, el Tossal, la Bolsería, el Mercado, Maria Cristina, Barcas, Pintor Sorolla y el Parterre discurre otro.

Miles y miles de valencianos, en cientos de calles, vivieron casos dramáticos y singulares. Temor, angustia, desesperación, falta de noticias. Muchos nadaron en las calles de la ciudad para llegar a sus casas. Y muchos murieron en la cama, mientras dormían, sin llegar a saber que el agua les iba aprisionar en la planta baja donde vivían.

Fue una de las más tristes noches que se recuerdan. En muchos casos la llamada salvadora no llegó o se dio a personas que se confiaron demasiado. Mientras se producían heroicos salvamentos, docenas de valencianos fueron atrapados. Tendetes, Campanar, Marchalenes, el barrio del Carmen, Llano de Zaidía, calle de Alboraya, Santa Mónica y la calle de Sagunto, parte del centro antiguo y del Ensanche, la Alameda y Viveros, el Camino del Grao y todos los barrios marineros, Malvarrosa, Cabañal, Cañamelar, Cantarranas, Nazaret y La Punta padecieron la catástrofe y fueron sometidos al manto de barro. Para salvarse de morir hubo quien pasó la noche en un árbol, en un tejado o sobre el mostrador de un bar, subido al asiento de un tranvía, agarrado a una farola.

En los pueblos de la provincia, las gentes, aterrorizadas veían convertidas sus ramblas en furiosos ríos. Marines y Pedralba se llevaron la parte peor, con siete y trece muertos. Además del Turia y  del Carraixet se desbordaron el Palancia y el Mijares, el Magro y el barranco de Catarroja o de Torrente. El temporal dificultó el desagüe de los ríos, de modo que la inundación terminó por abarcar, de manera práctica, desde la desembocadura del Júcar en Cullera hasta Sagunto. En Valencia ciudad, el área inundada se calculó en más de veinte kilómetros cuadrados, de los que la mitad estaban edificados y la otra mitad eran de huerta. Sobre la zona habitada se depositó algo más de un millón de toneladas de barro.

La mañana del 14 de octubre fue de gran estupor. A los valencianos parecía que les costaba aceptar lo que los ojos les estaban mostrando. La aparición de muertos en primer lugar: en la calle Padre Huérfanos, en la de las Rocas, en Garcilaso, Padre Ferrís, Doctor Olóriz, Volta del Rosinyol, Alboraya. Las fuentes oficiales, en los primeros días de noviembre, dieron un balance: 52 muertos en la capital (34 identificados, 15 sin identificar, tres desaparecidos) y 29 en la provincia (17 identificados y 12 desaparecidos).

  Esa suma de 81 quedó como definitiva, aunque luego aparecieron bastantes muertos más. Como en otras ocasiones he escrito nunca sabremos, de forma certera, el número de víctimas que hubo. Aún hay valencianos que no han sabido nada de familiares perdidos hace 40 años en aquella inundación. El poco interés en hacer un recuento y una información exhaustivas, la segura presencia de chabolistas, mendigos e indocumentados entre las víctimas ha dejado en Valencia la impresión de que fueron más los muertos. Pero en todo caso los datos documentales hacen elevar el número hasta algo más de un centenar y nunca refuerzan las hipótesis de fueran doble o triple.

   La segunda riada fue, como todos recordamos, peor. “Menos violenta pero más caudalosa, menos homicida pero más dañina”, escribí  no hace mucho.  La segunda riada destruyó puentes dañados y elevó el nivel de las aguas hasta casi cinco metros en Doctor Olóriz, el punto donde mayor nivel se comprobó. El balance es conocido: dos metros y un palmo de agua anegaron Capitanía; en la estatua del rey Don Jaime y en la Casa de las Rocas, más de tres metros; en torno a los dos metros fue el nivel predominante en una ancha franja de la ciudad: en el Banco de España, Gobierno Civil, el periódico LAS PROVINCIAS, el teatro Principal, la Audiencia y la Universidad.

Cuando las aguas bajaron se comprobó que toda la Valencia inundada estaba cubierta por una capa de lodo que oscilaba entre los 25 y los 40 centímetros: museos, iglesias, hornos, conventos, farmacias, hospitales y cabarets, talleres, barberías y zapaterías. Todo estaba pasado por el barro. Casi doce mil comercios, industrias y establecimientos quedaron afectados según el balance que más tarde hizo la Cámara de Comercio. Pero igual que pasó con los muertos nunca se pudo hacer un compendio razonable de los daños. Como escribí en un reciente resumen “las cifra barajada fue desde los 2.000 hasta los 12.000 millones de pesetas aunque los cálculos más razonables podrían establecerlo entre 3.000 y 5.000 millones”.

Unas 20.000 personas se calcula que vieron dañada su casa en medida mayor o menor. La desgracia, que se había cebado especialmente con los desvalidos y los débiles, daba paso a la ayuda solidaria de todos. La hermandad se dio de inmediato: primero entre los vecinos, después entre los valencianos todos. Los pueblos de la provincia, tanto los que habían como los que no habían sufrido la riada, se volcaron en ayuda a Valencia.

Llegaron, muchos de los oyentes lo recordarán, los  helicópteros. Primero los españoles, luego los del portaviones “Lake Champlain” que auxiliaron a los vecinos de Marines, Pedralba, Nazaret y Pinedo.  Las autoridades, la Cruz Roja, el Ejército, la Iglesia también, se volcó en la ayuda a los valencianos. Trajeron pan, agua, alimentos de toda clase, mantas, medicinas, carbón, penicilina, desinfectantes, gasolina, linternas, palas, botas y pilas.

 Y durante seis largas semanas se desarrolló la Batalla del Barro. Primero, con los medios locales y muy poca organización. Después, con ayudas militares de la guarnición. La tercera fase, de carácter contundente, se desarrolló a partir de la llegada de Franco a Valencia (24 de octubre) y las determinaciones que tomó: se pide y consigue el concurso de las máquinas pesadas que trabajan en la construcción de los aeropuertos de las bases norteamericanas, se envían a Valencia 3.000 soldados de otras guarniciones y se militariza toda la organización que lucha contra el barro. Gracias ello lo que iba a durar seis meses se desarrolló en solo mes y medio. De las calles de Valencia se retiraron 1.131.000 toneladas de barro.

La solidaridad se extendió como reguero de pólvora y todos recuerdan, con ternura y emoción, las emocionantes subasta de Radio Juventud de Murcia en las que el locutor Adolfo Fernández ponía un nudo en la garganta a miles de españoles. La gratitud de tantos valencianos sigue viva pese a que han transcurrido 40 años desde la riada.

El cambio lo aportó el Gobierno, evidentemente. Pero por el constante empuje de unos valencianos que, pese a las escasas facilidades de intervención en la política, no se rindieron.

Es el momento de recordar, aquì y ahora, loa artículos de muchos periodistas, en “Levante” y en “Jornada”, pero singularmente en “Las Provincias”. Su director, el admirado Martín Domínguez, escribió el serial de artículos titulado “En caliente”, en el que planteó desde muy temprana hora la necesidad de tomar grandes iniciativas que evitaran las inundaciones del Turia en el futuro. El proceso fue muy largo, evidentemente, pero determinó la construcción de un nuevo cauce para el río, que es inaugurado en 1969.

Fueron muchas cosas más. Valencia, con su impulso interno, aprovechó la oportunidad que la riada le había brindado y cambió su rumbo en los sesenta y en los setenta. El nuevo cauce estaba acompañado de nuevos accesos por carretera y ferricaril, nueva red de alcantarillado, urbanismo revisado y en expansión y perspectivas diferentes. La desviación del río permitió, más tarde, pedir que el cauce viejo fuera destinado a parque, algo que ahora es sustancial para la ciudad. De aquellos borradores nació el Metro. De aquellas ideas surgieron los proyectos, aún incompletos del parque central.

Cuarenta años después revisamos la ciudad y sus grandes novedades. Valencia, que ha visto llegar en los últimos 40 años tantas cosas nuevas, ya es diferemte. Desde el Metro hasta el IVAM, desde los cines múltiples a las grandes superficies comerciales, todo es nuevo.   El paisaje humano, la cultura, el desarrollo, el ambiente, es otro. La vid aparece ser  muy distinta ahora. En Valencia tenemos hoy el Palau de la Música, estacionamientos subterráneos, el IVAM, nuevos campus universitarios, cines múltiples y gigantescos centros comerciales. La circulación reclama grandes centros comerciales y la cultura nos la favorecen grandes centros museísticos.

   Valencia ya es otra. Y aunque para muchos ha perdido parte de su encanto antiguo, aunque quizá tiene una escala menos humana, no podemos ocultar que es más libre y desarrollada, proporciona oportunidades más abiertamente y goza de una proyección y un prestigio superior, de la que nos sentimos orgullosos. Todo es mejorable y quedan muchas cosas por hacer, de eso no cabe duda. Como periodista curioso, amante de la ciudad, que ha escrito un libro sobre la riada de 1957, me limito ahora a anotar que en aquella oportunidad Valencia se sobrepuso y venció.

He dicho en otra oportunidad que Valencia, tras la riada, supo ser fuerte. Y con la ayuda de toda España hizo, de las lágrimas, coraje. Aprendió la lección. Pero además supo hacer las cosas razonablemente bien. Porque la ciudad, que estaba necesitada de cambios, comprendió de inmediato que no podía continuar como hasta el momento habían estado. Valencia decidió cambiar para  el futuro. Ese fue, sin duda, su mejor acierto a lo largo de todo el siglo XX. Quizá a esta ciudad le esperan otros retos no más pequeños. Ojalá en el futuro sepa cumplirlos. Y nosotros que lo veamos.

 

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