NORTE. CENTENARIO DE LA ESTACIÓN DE VALENCIA

Durante los próximos días, este blog insertará, en veinte capítulos, un trabajo realizado especialmente para celebrar  el Centenario de la Estación del Norte. En él daremos un repaso a la historia del ferrocarril en tierras valencianas, desde la llegada de la primera línea, en 1852, por iniciativa del marqués de Campo, hasta la entrada en servicio de la nueva Estación, que se realizó sin celebración alguna a causa de los sucesos revolucionarios que sacudieron la ciudad durante todo el año 1917.

En el relato, que ha sido preparado siguiendo las noticias y comentarios publicados en los principales periódicos valencianos –“Las Provincias”, “El Mercantil Valenciano”, “El Pueblo”, “Diario de Valencia” y “La Correspondencia de Valencia”– será posible ver la polémica política y periodística que  se desató en torno al emplazamiento de la nueva estación, los debates sobre el urbanismo y la apertura de una amplia avenida que comunicara con la nueva Estación y otros muchos detalles de la vida diaria de la ciudad a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

El trabajo en su conjunto ocupa algo más de 80 folios, unas 43.000 palabras, y como se ha indicado estará dividido en veinte entregas.

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“Gometes”, el teatro más popular

El tiempo casi ha borrado por completo el recuerdo de un actor valenciano que en su día fue extraordinariamente popular, Eduardo Gómez “Gometes”. Cuando la muerte le sorprendió, el 19 de junio de 1967, ya se había oscurecido su memoria; mayor y retirado de la escena, “Las Provincias”, en una nota necrológica de no más de 25 líneas, le describía como un veterano actor que frecuentaba las tertulias que los que alguna vez fueron gloria en los escenarios.

Eso ocurrió en los años veinte y treinta, un tiempo dorado en que Gometes se hizo tan popular que pasó al habla popular de una generación, la de la Guerra Civil, que le citaba como ejemplo de comicidad y diversión. La revista más desenfadada fue siempre su género predilecto, el vodevil, la parodia. Sus noches de revista en Apolo con la supervedette Conchita Leonardo fueron recordadas largo tiempo. Aunque después, en la temporada de 1934, en el “Nostre Teatre”, todavía alcanzó éxitos más resonantes de la mano del empresario Vicent Miquel Carceller, el editor de “La Traca”: “L’home de les tres cares” llenó la sala del paseo de Ruzafa una y otra vez, con gran éxito de taquilla. Si en 1929 triunfó en la revista “!Que se mueran las feas”, Eduardo Gómez pasó los años de la guerra en Valencia, trabajando en las compañías y espectáculos que intentaban animar la vida de las salas en la ciudad de retaguardia. Miguel Gila, que vivía esos años en Valencia, le citó en sus memorias como uno de los actores que más favor del público recibían, junto a Miguel de Molina. Luego de la guerra, Gometes regresó a los escenarios y conquistó de nuevo noches de éxito: “Una rubia peligrosa”, del año 1942, y “Tabú”, de 1943 son revistas en las que triunfó, como lo hizo con “Róbame esta noche”, del año 1947. Su vida profesional concluyó con los años cincuenta. La edad, los relevos generacionales, los cambios de estilo en los espectáculos… el Cinemascope en fin. Todo se alió para que Gometes, como tantos hombres y mujeres del teatro valencianos en los años dorados cayeran en el olvido.

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50 años de San Juan del Hospital

 

Hoy, día de San Juan, hace cincuenta años que fue consagrada de nuevo la iglesia de San Juan del Hospital, situada en la calle de Trinquete de Caballeros. Encomendada a la prelatura del Opus Dei, el templo, que había sufrido largos años de abandono, regresó a su actividad pastoral en una ceremonia que fue presidida por monseñor González Moralejo.

Cientos de valencianos recordarán que, en los primeros años sesenta, funcionó en el templo, o en lo que de él quedaba, un cine club, tutelado por la Iglesia, al que acudían cientos de jóvenes, interesados por ver películas nuevas, diferentes a las que habitualmente se programaban en los cines de estreno, para después comentarlas en foro abierto. Fue uno de los destinos del templo, cerrado desde que acabó la guerra civil, que desmanteló todas sus capillas y causó notables daños. El celo del investigador Elías Tormo, sin embargo, logró que en 1943 fuera declarada monumento nacional, en reconocimiento de sus antiguos valores.

El templo fue el primero que se construyó en Valencia después de la Catedral. De ahí las trazas románicas que pueden observarse. Jaime I, tras la conquista, beneficia a los caballeros de la orden de San Juan del Hospital, que tanto habían colaborado en la toma de Valencia. La orden fundó un primitivo hospital para sus miembros, soldados, que eran enterrados en el cementerio que todavía se conserva y ha sido recientemente restaurado. La emperatriz Constanza de Nicea, esposa de Juan III, huida de Sicilia, se refugió en Valencia gracias a su parentesco con la familia de Jaime I; y allí fue finalmente enterrada.

El templo, recubierto de arquitectura ornamental barroca en el siglo XVII, fue iglesia castrense hasta 1878, en que pasó esa función a Santo Domingo, sede de Capitanía. Desaparecida la tutela de la orden de Malta, el templo incluso dejó de ser parroquia en el año 1905, lo que propició un abandono que la Guerra Civil incrementó. Por fortuna, en los últimos 50 años, el esfuerzo de numerosas donaciones y el interés del Opus Dei han recobrado el templo, sus pinturas, capillas y cementerio. Y todavía queda por restaurar una serie de interesantes arcos que en su día estuvieron ocupados por talleres de imprenta del periódico “Las Provincias”, que funcionó muchos años en el palacio de Valeriola, de la calle del Mar. (Plano: blog Diez Arnal)

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Xàbia, medio siglo de historia

La ciudad de Xàbia acaba de celebrar el cincuentenario de la inauguración de la iglesia de Nuestra Señora de Loreto, en Aduanas de Mar, una notable construcción, una audaz obra de arquitectura que sigue llamando la atención de los visitantes. Al mismo tiempo, la ciudad celebra también el medio siglo de vida de una idea que ha sido clave para el lanzamiento exterior de la ciudad y su riqueza: la urbanización El Tosalet.

El  sábado, 3 de junio de 1967, el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, visitó por primera vez Dènia y Xàbia. Su viaje hay que calificarlo como histórico en tanto que lanzó la comarca de la Marina, y singularmente estas dos ciudades, al estrellato de las vacaciones de lujo, tanto para la burguesía madrileña como para la vasca. Mariano Navarro Rubio, ex ministro de Hacienda y desde 1965 gobernador del Banco de España, que había levantado su lujosa casa en una parcela situada en el mejor punto del Arenal, aceptó la vecindad de un parador de turismo que Manuel Fraga habría de poner en servicio ese mismo año.

Fraga, en su viaje de junio de 1967, visitó en el puerto de Dènia el rodaje de la película “Krakatoa. Al Este de Java” para ir luego a Las Rotas, parar en el camino hacia Xàbia para contemplar el paisaje y sus posibilidades y, más tarde, llegar a la urbanización “El Tosalet”, donde le esperaba su propietaria y promotora, la empresaria Julia Jiménez Muro, conocida como “Doña Julia”. Una fiesta de 400 invitados, en la que estaban todas las primeras autoridades alicantinas y valencianas, siguió a la bendición del Club Social y la urbanización de chalés. Doña Julia fue la que convirtió una gran finca de almendros y algarrobos en una urbanización de 700 chalés que respetó, en su arquitectura, las arcadas propias de los riu-raus y el uso de la piedra tosca alternando con los acabados de cal. Ella, fallecida en el año 2006, es a fin de cuentas la que, a lo largo de su vida, puso en marcha tres fases de una urbanización de lujo que ha tirado de la economía y la historia de Xàbia durante medio siglo.

Ese mismo día, en el casco antiguo del pueblo marinero, se inauguró una parroquia, la de Nuestra Señora de Loreto, construida por jóvenes arquitectos valencianos –Dexeus Beatty y García Ordóñez, más el ingeniero Gómez Perretta– con líneas completamente novedosas. El templo, construido con cemento desnudo, figura un buque invertido y recibe la luz por su zona alta y tiene, gracias a su planta elíptica, un especial aire de recogimiento.

El templo, alentado por promotores próximos al Opus Dei que encabezaba el propio Navarro Rubio, fue, como el Club Náutico de Xàbia, inaugurado en 1965, un polo de atracción nacional. La urbanización El Tosalet, gracias a los contactos de su propietaria, se convirtió en refugio de banqueros y políticos, especialmente procedentes de Madrid y el País Vasco, que encontraron segura acogida durante los “años de plomo” de la organización ETA. Es así como nació un lujoso club social, propiedad de la promotora y de los titulares de los chalés, que ha tenido una vida muy intensa hasta el año 2000, en que cerró sus puertas. El año pasado, a instancias del Ayuntamiento, el juez autorizó una intervención destinada a paliar los riesgos del abandono de la parcela del Club Social, de más de 32.000 metros cuadrados, convertida en un peligroso foco de insalubridad y maleza.

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Moshe Dayan

Hace 50 años, millones de personas comenzaron a familiarizarse con un rostro de rasgos duros y agresivos en el que destacaba un inquietante parche de cuero de color negro. No era un rostro agradable. No irradiaba serenidad, ni parecía transmitir emociones, más allá de una fiera determinación: la de ganar la guerra que tenía entre las manos. Hace ahora 50 años, el 9 de junio de 1967, los lectores de “Las Provincias”, y los de otros mil periódicos del mundo, publicaron la fotografía de Associated Press que mostraba al ministro israelí de Defensa, Moshe Dayan, paseando, en la Jerusalén ocupada, ante el Muro de las Lamentaciones, acompañado de su jefe de Estado Mayor, Ishak Rabin. Los periódicos dieron la noticia del comienzo real de la guerra el martes. Menos de una semana después, la llamada Guerra de los Seis Días (los comprendidos entre el 5 y el 10 de junio) había concluido, con un balance abrumador a favor de Israel, que venció a cuatro países árabes aliados: RAU (Egipto), Jordania, Irak y Siria.El 16 de junio, Dayan fue el personaje de portada de la revista “Time” y de todas las publicaciones ilustradas impactadas por una guerra rápida y contundente.

El personaje que saltó a todas las  pantallas, Moshe Dayan, tenía entonces 52 años y había combatido en la II Guerra Mundial y en la Guerra de Liberación israelí, así como en las operaciones del Canal de Suez, en el año 1956. Retirado del ejército en 1958 se dedicó a la política y fue ministro de Agricultura hasta 1964. En 1967, sin embargo, tomó la determinación, como ministro de Defensa, de atacar a sus países vecinos, en una guerra relámpago que le supuso amplias ventajas territoriales. Todavía dirigió, más tarde, otra guerra victoriosa para su país: la del Yom Kipur, del año 1973.

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Autori ¿qué?

 

Comunidad Valenciana Valencia. 01/05/2017. ocupacion del Colegio Mayor Luis Vives Fotografia de Manuel Molines.

A la vista de la okupación del Colegio Luis Vives se busca sin  consuelo el principio de autoridad

Como en dos semanas largas nadie ha tenido a bien hacerlo, tendrá que ser este escribidor el que levante el dedito y pregunte al rector Magnífico qué estamos haciendo con el principio de autoridad en el caso de los okupas del Colegio Mayor Luis Vives. Estuve esperando. En los primeros días estaba seguro que saldrían opiniones sobre ese flagrante caso de usurpación de una propiedad pública. A falta de declaraciones del rector, le imaginé activamente reunido con el delegado del Gobierno, o con el alcalde; quizá también — me dije– está haciendo gestiones con el conseller de Educación o el presidente de la Audiencia, en busca de soluciones. Pero al final he pensado que están todos ocupadísimos, trabajando en asuntos de más calado…

Cada día que pasaba iba siguiendo, en los periódicos, el ascenso de potencia de la okupación y la decadencia evidente del principio de autoridad. Instancias de gran prestigio ciudadano, instituciones llamadas a ser ejemplo de toda la sociedad, los que tienen que guiar nuestros pasos en caso de tribulación y conflicto… se habían echado la manta al cuello, estaban liándose un cigarrito, miraban al cielo por si aparecían nubes y silbaban al atardecer una dulce melodía. ¿Qué será de nosotros en caso de terremoto?, pensé. ¿Qué harán por mí si algún día llega una invasión otomana por la playa de Almardá?

Dos o tres agentes de seguridad estaban velando por el respeto a la propiedad en el Colegio Mayor Luis Vives, cuando una nueva oleada de okupantes se unió en tropel a la colonia inicial. Esto ya es demasiado, pensé: está llegando la hora de que los periódicos empiecen a insertar cartas o artículos profundos de los propios miembros de la Universidad. La columna vertebral del intelecto y la moral de nuestra sociedad no puede permanecer ciega, sorda y muda; el sustento anímico, el “alma mater”, va a destilar reflexiones y condenas de profesores de Ética y de Estética, de Derecho constitucional y penal, de Economía, Medicina a incluso de Farmacia. Además, en recuerdo de Goerlich, va a protestar hasta la Escuela de Arquitectura de la Politécnica, como poco.

Pero qué va: día tras día, un silencio inquietante se ha ido extendiendo hasta convertirse en un vergonzoso veredicto final: señor rector, apáñese como pueda con ese marrón. Cómase el asunto porque, decida lo que decida, nadie va a echarle una mano. Y desde luego, ni apele a ese anticuado principio de autoridad, ni lleve al juzgado una denuncia que podría producir efectos dentro de algunos meses, ni se le ocurra pedir al delegado del Gobierno la presencia de la Policía Nacional.

Por eso, en las últimas horas, se ha recurrido a la presencia de un mediador, como en el cine. Es, desde mi punto de vista, una humillación que sitúa en el mismo plano a okupantes delincuentes y a la Universidad. Pero el señor rector sabrá. Pronto, ya lo verán, tendremos novedades.

— Que prefieren que los yogures sean de los que llevan trocitos de fresa…

(Publicado en “Las Provincias”. 18 mayo de 2017)

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La Hispanic Society se renueva

En el verano de 2015, las instalaciones museísticas de la Hispanic Society de Nueva York que pude ver eran impresentables a ojos de un consumidor cultural español. Acostumbrados como estamos en Europa a disfrutar de los mejores medios, por regla general sin valorarlo, las instalaciones de la vieja institución privada de Harlem eran penosas: los grandes paneles que a costa de Bancaja se restauraron y fueron instalados en una sala remozada, se “refrescaban” en pleno mes de agosto gracias a unos vergonzosos ventiladores de los años cincuenta; pero cuando el visitante salía a la calle se encontraba con que el suelo de las terrazas  museísticas estaba hundido y varios de los edificios habían cancelado su visita con aspecto cercano al abandono.

La Hispanic Society de Nueva York ha llegado a acuerdos con el Museo del Prado y se ha traído a España parte de sus mejores obras para que sean restauradas con presupuesto español y pasen algún tiempo bajo techo seguro y digno. Porque durante dos años, la Hispanic Society va a estar cerrada para abordar unas reformas que en principio parece que quieren traer unas instalaciones museísticas con muy dudosos sistemas de seguridad y conservación a las condiciones habituales en el siglo XXI. Cómo lo conseguirán solo con fondos privados es un misterio; pero si los nuevos patronos de la Hispanic se han puesto manos a la obra es porque confiarán en poder hacerlo: sacarle recursos a España como en su día hicieron con Bancaja… queda claro que saben hacerlo.

Dicho eso, ahora hay que rendirse ante la exposición que el Museo del Prado presenta con fondos–pintura y escultura, pero también códices, muebles y cerámicas– que no son sino una mínima selección de entre las miles de piezas que Archer Huntington atesoró en vida, procedentes de España y América Latina. Si la niña retratada por Velázquez es la estrella de catálogo, si hay posibilidad de ver obras de Zurbarán, Murillo y Goya que nunca habían venido a España, cualquier visitante valenciano disfrutará con la galería de retratos de personajes que en Nueva York no se mostraban al público por estar colgados –por decir algo– en la biblioteca. El viaje que el pasado 25 de mayo hizo a los principales Museos de Madrid un grupo de socios de los Amigos del Museo de Bellas Artes de Valencia permitió este recorrido, de la mano del profesor Felipe Garín, que tanto y tan bien conocer el Museo del Prado y la gloriosa Hispanic Society, ahora en camino de recuperarse de sus achaques.

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Urrutia y Ferrandis Luna

A la hora de subir y bajar del callejero hay personajes con estrella y otros que caen estrellados

Convendría que en la Universidad lo miraran. Porque a lo mejor, Valencia sigue teniendo algunos relevantes monumentos gracias a personajes que van a caerse del callejero entre la indiferencia general. A lo mejor, es posible, ese Salvador Ferrandis Luna que fue delegado del Patrimonio Nacional en Valencia durante el primer franquismo, resulta que hizo algo para salvar la Catedral y la Basílica de la Virgen, saqueadas durante la guerra. O que impidió que el Palacio de Dos Aguas terminara de mala manera. A lo mejor, si lo miran, resulta que junto con el general Urrutia salvó y puso en pie la sede de Capitanía, ese antiguo convento de los dominicos de bellísimo claustro y aula capitular.

Ferrandis Luna parece que hizo algunas cosas que no se le han perdonado; por ejemplo, casarse con una Álvarez de Toledo, ser director del Banco de Crédito Local de España, traer a Valencia el Banco Exterior en 1931, fundar la Casa de Valencia en Madrid y escribir un “inoportuno” libro, titulado “Valencia Roja”, editado en Burgos en 1938. Era franquista, le acusan. Era abogado del Estado y amigo personal de José Calvo Sotelo. Y en 1918 también había sido uno de los firmantes de la “Declaració Valencianista” junto con Maximiliano Thous o Ignacio Villalonga. Porque la gente es como es, hace cosas, cambia, acierta, se contradice, se equivoca…

Valencia es un gran lío cimentado por gente de toda clase. Pero a la hora del callejero, hay personajes con estrella y otros estrellados. La Universidad, antes de seguir durmiendo su siesta de siglos, afirma que el general Urrutia era franquista. Hombre, maoísta no era, eso es seguro. Pero la pregunta que se debe hacer la Universidad no es esa, sino por qué, entre quinientos generales que Valencia ha visto pasar, Gustavo Urrutia tiene una calle. La respuesta es que entre 1950 y 1953 puso en marcha el proyecto de salvar y restaurar el convento Santo Domingo, obra en la que le han seguido sin excepción todos los capitanes generales que han pasado por Valencia. De ahí que en el claustro de Capitanía tenga un homenaje, dedicado en su día por la Real Academia Bellas Artes de San Carlos. Una institución que, en 1963, cuando el busto se le dedicó, estaba presidida por alguien que va a entrar ahora en el callejero, con toda justicia pero con más fortuna: Javier Goerlich.

Altas y bajas. Suben y bajan. La vida y los cambios de la moda. Teodoro Llorente, a finales del XIX, advirtió varias veces de los malos resultados de dejar que esa volubilidad de la política actuaran sobre el callejero, un patrimonio que a fin de cuentas es de la gente. En 1901, Mariano de Cavia, en “El Imparcial”, ya propuso deportar a Río Muni a alcaldes y concejales que cambiasen los nombres de las calles. Allí, dijo “podrán a su gusto y capricho poner nombre a las calles de árboles que planten, o a las sendas que practiquen en el bosque”.

(Publicado en “Las Provincias” el 28 de mayo de 2017)

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Reparaciones en la cúpula azul del Museo

Una gigantesca grúa de Bonet estuvo desplegada, durante toda la mañana, delante del Museo de Bellas Artes de Valencia. En una góndola, a casi 40 metros de altura sobre la calle, dos especialistas trabajaron en la reparación de algunas placas de alabastro de la linterna de la cúpula y en la reposición y fijación de algunas de las tejas azules de la singular construcción, símbolo del centro cultural.

Los trabajadores, del equipo que restaura el edificio del Museo, indicaron que no había daños graves, pero que se trataba de aprovechar unas horas para reponer o afianzar las juntas de algunas placas de la linterna y de fijar tejas que, a causa de los temporales de viento, se han movido. La fuerte pendiente de la cúpula da un mayor riesgo a esas piezas, algunas de las cuales iban a ser cambiadas.

De entre las numerosas cúpulas de teja azul de Valencia quizá la más simbólica es la del Museo de Bellas Artes San Pío V. Como es bien sabido, el conjunto conventual, convertido en Museo de Bellas Artes en 1946, tuvo antes muchos otros destinos, sobre todo el de Hospital Militar, antes de albergar la gran colección valenciana de pinturas. La cúpula, insegura por el paso del tiempo, fue derribada en el año 1925 junto con la iglesia conventual, y repuesta después, en el curso de las tareas de mejora y ampliación del conjunto, entre 1990 y 1994.

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Viaje a los museos de Madrid (2) Pintura española en Budapest

En los museos, además de usar letra de cuerpo mayor en las cartelas, debería extenderse la costumbre de ilustrar al visitante sobre las circunstancias que los cuadros –al menos algunos especiales– han seguido hasta llegar a la sala. Tener algún detalle sobre el momento y la circunstancia en la que Murillo pintó este o aquel cuadro es conveniente y aleccionador; pero la vida de un pintor puede ser incomparablemente más aburrida que la peripecia seguida por su cuadro, que quizá en cuatro siglos ha viajado por Europa entera, de una a otra familia, de la ruina a la almoneda, de una a otra herencia, por encima de guerras,miserias, fiestas y dramas. Hasta estar aquí, delante de mí, generosamente expuesto.

El Museo Thysssen de Madrid cerró ayer domingo una magnífica exposición que ha tenido abierta desde febrero. Se titulaba “Obras maestras de Budapest. Del Renacimiento a las Vanguardias” y fue la segunda que el 25 de mayo visitamos un grupo de miembros de la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes de Valencia. En ella, esa curiosidad natural por conocer la historia de una obra, su circunstancia y viajes, se acentúa: porque entre las 90 piezas expuestas, no pocas procedían de talleres españoles. ¿Qué llevó a este Zurbarán hasta orillas del Danubio? ¿Cómo está en Budapest esta o aquella obra que nació en España?

El título que en vida usó el barón Thyssen-Bornemisza, cabe recordarlo, es de origen húngaro. De ese modo, al celebrarse el 25 aniversario de la presencia en Madrid de su Museo, se ha pensado en un intercambio de obras que en 1985 ya se ensayó con fortuna. Es así como notables obras del Museo de Bellas Artes y de la Galería Nacional de Hungría, de Budapest han viajado hasta Madrid para configurar una serie de salas que, cronológicamente han mostrado, desde el Renacimiento al impresionismo, piezas maestras de la pintura internacional.

En la exposición pudimos ver tres marchamos distintos: el internacional –desde Durero a Rafael, Annibale Carracci, Leonardo da Vinci,  Rubens– a maestros españoles de renombre universal, como Greco, Goya, Zurbarán, Velázquez y Murillo; finalmente, una muy interesante selección de artistas húngaros de la colección de la Galería Nacional de Hungría como Károly Ferenczy y Sándor Bortnyik.

Aunque  en el fondo, es la curiosidad sobre el viaje de algunas obras el que cuenta: Edmund Bourke, un diplomático de origen irlandés, llegó a España, en 1802, procedente de Dinamarca, traía una valiosa colección personal que iba desde obras de El Greco a grabados, esculturas y vinos de calidad. Pero fiel, a sus hábitos, siguió comprando en Madrid obras que hacía enviar a Francia. Unos años después, en 1818, Europa había visto pasar a Napoleón, terribles invasiones y guerras, y todo estaba patas arriba. Muchas fortunas se habían volatilizado y la colección de Bourke, repartida entre Londres y París, fue comprada por el príncipe Miklós II Esterházy, de Hungría. Es la misma familia que, en el siglo XVIII, alentó y apadrinó la creatividad de grandes músicos como Haydn en la ciudad cortesana de Eisenstadt.

En años sucesivos, a lo largo del siglo XIX, la colección creció. Hasta que nuevas convulsiones europeas, económicas y políticas, determinaron lo que a fin de cuentas termina por ser natural: que a cambio de deudas de la familia Esterházy sea el Estado quien termine propietario de notables colecciones de pintura aristocráticas o financieras. Eso, más la tendencia de los conservadores de los grandes museos de Budapest de atesorar obra española, explica la generosa presencia de lienzos de grandes maestros de nuestra tierra en las colecciones húngaras. Que hoy emprenderán viaje de regreso después de haber alegrado el día a cientos de visitantes del Museo Thyssen. (Continuará)

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