El año más feliz de un profesor

GRANDES MISTERIOS DE LA VIDA PRIVADA.19

En medios universitarios, la novedad causó admiración: Ignacio Tarazona recibió del Ministerio un instrumento que costaba nada menos que 20.000 pesetas, una cifra colosal para la época. Para comprenderlo, basta decir que el Ayuntamiento hablaba de emplear 22.000 pesetas en la expropiación de los terrenos destinados a la proyectada Facultad de Ciencias y Medicina, un empeño loable en tanto que tenía que levantarse en la orilla izquierda del proyectado Paseo de Valencia al Mar, después de la colonia de chalets de los periodistas.

Pero en ocasiones se hacían realidad los mejores sueños y el profesor Tarazona tuvo en 1909 su año más feliz: el 1 de octubre le correspondió el honor de pronunciar el discurso de apertura del curso escolar, con un celebrado discurso sobre “La Fotografía Solar”. No desperdició la ocasión para hablar de su proyectado Observatorio Astronómico, que iba a ser el primero de una universidad española, dado que en España funcionaban tres: el oficial de Madrid, el de la Marina en San Fernando, y el Fabra, de Barcelona, que era particular.

El 19 de diciembre de 1909, Tarazona pudo asistir al acto de homenaje de Valencia a su buen amigo Amalio Gimeno, que se celebró en el propio solar de la futura Facultad de Ciencias y Medicina, donde fue colocada la primera piedra de un edificio… que tardaría 37 años en estar culminado. Se inauguró en 1946, después de la Republica y de una guerra que sobrevino estando las obras a medias.

Amalio Gimeno, que había sido muchos años senador electo por la Universidad de Valencia, era desde 1908 senador vitalicio y seguía teniendo gran predicamento entre los liberales de la corte. Tres días después, la Universidad pedía al Ministerio ayuda para poder emplazar el telescopio Grubb en un Observatorio que primero se quiso ubicar en el Jardín Botánico pero luego se instaló en el propio edificio universitario para evitar incómodos desplazamientos de alumnos y profesores. El laboratorio de Ciencias del profesor Eduardo Boscá cedió espacio en sus colmatadas instalaciones –donde había, para empezar, un esqueleto de ballena entero– y Tarazona pudo levantar la cúpula de su Observatorio en la esquina del edificio universitario con la calle de Salvá, muy cerca de donde estuvo el primer telescopio, a finales del siglo XVIII.

La estructura metálica de la cúpula se construyó en los talleres de Hermanos Sala, fabricantes de prestigiosas cocinas económicas. Y sobre ella se instaló una semiesfera de cartón piedra pintada de color plateado. Para que no hubiera interrupciones, Tarazona no dudó en adelantar el dinero de su bolsillo cuando las subvenciones se retrasaban. Y es así como el telescopio Grubb de 152 milímetros pudo comenzar a trabajar, en enero de 1910.

La virtud principal de la montura ecuatorial del telescopio universitario era la calidad de los mecanismos que le permitían movimientos horizontales y verticales bien compensados mediante un contrapeso. El eje vertical del telescopio está en paralelo con el movimiento de la tierra, disposición que permite tener fijo en el objetivo el objeto que se quiere fotografiar aun cuando la exposición de la placa fotográfica a su débil luz sea de muchos minutos.

El 23 de enero de 1913, finalmente, la hora oficial de Valencia se suministró desde el Observatorio Astronómico de la Universidad. Y cada día, durante muchos años, se hizo una fotografía del Sol con el fin de seguir su actividad y la forma y movimiento de sus manchas. Eclipses lunares y de sol fueron objeto de las observaciones del profesor Tarazona, que trabajó incansablemente más allá de su jubilación y hasta su fallecimiento, en el año 1924. En los anales de la Universidad aún se recuerda que en su testamento dejó todos sus bienes científicos a la institución… que hoy, por fortuna, no solo conserva el telescopio después de muchos años de abandono, sino también los muebles de su despacho y sus objetos personales.

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El telescopio ecuatorial de Grubb

LOS GRANDES MISTERIOS DE LA VIDA PRIVADA.18

Aquel día de junio de 1909, el profesor Ignacio Tarazona estaba emocionado como nunca en su vida. Seguro que fue temprano al puerto. Y seguro que estuvo supervisando la descarga de aquel barco para que todo se hiciera con calma, ordenadamente, con el mimo que requerían las cajas de embalaje en las que había viajado, desde Irlanda hasta Valencia, algo tan delicado como un telescopio. Nada menos que un refractor de 6 pulgadas, con montaje ecuatorial, fabricado por la prestigiosa firma Grubb, de Dublín.

Ignacio Tarazona Blanch (1859-1924), nacido en Sedaví, procedía de una familia de nueve hermanos en la que varios habían mostrado especial interés por las matemáticas y la astronomía. Su hermano Antonio trabajaba en el Observatorio de Madrid y llegó a ser una autoridad en la materia; otro, era militar y notable matemático. Él mismo, que se doctoró en Ciencias en 1888 después de unos estudios brillantes, dio clases en la propia Universidad sin dejar las aulas. Unos años después, en  1893, Tarazona recibió el encargo de ocuparse la estación Meteorológica de la Universidad, tarea que desempeñó hasta 1898, en que alcanzó la cátedra de Cosmografía y Física del Globo de la Facultad de Ciencias de Barcelona.

Tarazona trabajó en Barcelona hasta el año 1906 y desplegó allí una actividad científica y práctica que permitió a la institución dotarse de buenas herramientas de observación en un clima en el que era creciente el interés por el progreso de la astronomía. En efecto, dos grandes eclipses, los de 1900 y 1905, movilizaron a los astrónomos del mundo en torno al estudio y análisis del comportamiento del Sol. Mientras tanto, los fabricantes de equipo, como Grubb, aplicaban nuevas tecnologías que hicieron posible el seguimiento de estrellas y planetas con refinados sistemas de relojería y, en consecuencia, las fotografías de muy larga exposición. Pero ese interés de los astrónomos aún se hizo mayor cuando en el mundo comenzó a hablarse con expectación del paso del comete Halley, previsto para el año 1910.

Pero Tarazona regresó a Valencia en cuanto vio la oportunidad de una permuta de plaza. Volvió a sus clases en el viejo edificio de la Nau y empezó a hacer gestiones ante un ministerio donde esperaba que tuvieran eco sus proyectos, especialmente si el valenciano Amalio Gimeno se consolidaba en el gabinete en medio de tan frecuentes crisis; rector, decano y claustro le apoyaron constantemente en sus demandas. Mientras tanto, no olvidó la meteorología: a él se debe, precisamente, la reunión en un estudio de los datos climáticos  de Valencia entre 1863 y 1893, así como la edición de un boletín que difundía las observaciones diarias, documentos ahora imprescindibles para poder hablar de la evolución del clima en Valencia. Aunque hubo un profesor encargado entre un personaje y otro, puede decirse que Tarazona, en lo meteorológico, enlazó con lo vocación científica del doctor Monserrat.

Pero un día de junio de 1909, cuando la Exposición Regional Valenciana estaba en su mejor momento, “Las Provincias” publicó esta noticia: “Se habla entre los amantes de la ciencia de que muy en breve podrán realizarse en nuestra universidad algunos trabajos en el campo de la Astronomía, pues la Facultad de Ciencias ha recibido una magnifica Ecuatorial que cuesta, colocada en la torreta, unos cuatro mil duros, y es el primer instrumento de una serie que se espera conseguir para montar aquí un Observatorio. La Facultad de Ciencias trabaja en ese sentido, ayudada por el rector y si continúa alcanzando éxitos como este de la compra de la Ecuatorial, no pasarán muchos años sin que se vean satisfechos los vivos deseos del catedrático de Cosmografía don Ignacio Tarazona, del decano y profesores de la Facultad y del rector. Cuando quede colocada la Ecuatorial, la Universidad dará la hora oficial a los relojes de la ciudad”.

La noticia causó sensación en los medios universitarios valencianos.

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Alabado sea el doctor Monserrat

LOS GRANDES MISTERIOS DE LA VIDA PRIVADA. 17

Sí, alabado sea el doctor Monserrat, porque gracias a su impulso y dedicación podemos saber de qué hablamos cuando nos metemos en el proceloso debate del cambio climático. Alabado sea porque si hay series estadísticas de temperatura, humedad, presión, viento y lluvia es gracias a su vocación científica, puesta al servicio de la Universidad de Valencia. Gracias a él, en un mundo que tiene una edad de millones de años, podemos tener al menos referentes climáticos de siglo y medio, lo que no deja de ser una garantía estimulante.

El famoso Doctor Monserrat del callejero, José Monserrat Riutort, (1814-1881) era médico pero también quiso estudiar y doctorarse en Química, su pasión verdadera y la especialidad de la llegó a ser catedrático de la Universidad de Valencia. Dio clases en la Escuela Industrial y en la Facultad de Medicina y todo ello lo hizo compatible con una tarea fundamental para la Universidad: la recuperación y puesta en limpio, después de años de abandono, del Jardín Botánico, del Museo de Ciencias Naturales y del laboratorio químico de la institución.

Todo lo experimental, todo lo práctico y nuevo le interesaba en el campo de las ciencias. Por eso fue un apasionado de fotografía, que se extendió por el mundo y llegó a Valencia durante su época académica: poner la fotografía al servicio de la enseñanza fue su consigna más clara. Pero también fue el impulsor y creador del Laboratorio Químico Municipal, destinado a controlar la calidad de las aguas potables de la red, y de los alimentos vendidos en los mercados. Aunque no se agotan todas sus aportaciones a la ciencia en nuestra ciudad: Monserrat, que fue rector desde 1871 a 1880, fue también el impulsor de la observación meteorológica, que se estableció en Valencia, de forma ordenada, como un servicio al público, en el año 1858. Si hoy tenemos datos históricos es gracias a un área que impulsó Monserrat, destinada  a tomar y guardar los datos básicos de temperatura, presión, humedad y vientos.

El termómetro fue una aportación de Galileo en 1607; el barómetro lo crea Torricelli en 1643; Hooke inventa el anemómetro en 1667… Y todo se empieza a aplicar en el siglo XVIII, sobre todo al servicio de la Marina y los Ejércitos. En España, en el siglo XIX, había varios observatorios meteorológicos, que no servían de mucho si no ponían sus datos en común. El I Congreso Internacional de Meteorología, celebrado en Viena en 1873, puso el dedo en la llaga. Fue en 1887 cuando España creó su Instituto Meteorológico Central, encargado de coordinar fuentes y datos, Con todo, el desarrollo de la Meteorología en España habría de venir más tarde, de la mano de los globos y de la aviación, para depender del Ministerio del Aire desde 1933 y más adelante, durante la guerra y el franquismo.

Pero volviendo al impulso del doctor Monserrat en Valencia hay que señalar que los periódicos de la ciudad usaban de la experiencia diaria del Observatorio Meteorológico universitario y publicaban sus datos.  Que iban acompañados, como en la época del viejo “Diario de Valencia”, de los datos básicos de la salida y puesta del sol y de presencia de la Luna en el firmamento. También sirvieron esos datos, cuando ya configuraban una serie de valor estadístico, para establecer interesantes comparaciones. En el caluroso verano de 1899, “Las Provincias”, por ejemplo, publicó las temperaturas más altas registradas en los últimos veinte años, sacándolas de “Los boletines que publica” el “Observatorio astronómico y meteorológico de la Universidad”. Y quedó claro que el calor de 1899, que era mucho, se había superado en 1880, 1883, 1884 y 1885. Y al del 23 de julio de 1881, cuando los termómetros universitarios llegaron a marcas 50 grados al sol y 43 a la sombra.

Había, pues, aunque fuera en un plano teórico, un Observatorio Astronómico. Mal dotado, en realidad sin una dotación de instrumental que se había perdido entre bombardeos, tensiones y guerras. Y así, sin medios prácticos, se seguía instruyendo a los alumnos de Ciencias en el área de la Astronomía mientras Europa y América desarrollaban potentes telescopios.

Con todo, ese año de 1899 el periódico de Llorente no daba a diario la información meteorológica universitaria; lo hacía esporádicamente, dos o tres veces al mes, según el estado del tiempo. Para los datos de “a diario” usaba los que ofrecía un segundo observatorio, instalado en el puerto. Junto con la relación de buques entrados o en operación, la Junta de Obras del Puerto daba a diario un pequeño parte sobre el estado del cielo y el mar. Su reseña, que invariablemente comenzaba diciendo “Amanece el día con el cielo…”, incluía datos sobre temperatura, presión, humedad y viento, obtenidos de una estación meteorológica que estuvo primero en la comandancia portuaria y que se trasladó 1899 al propio edificio nuevo de la Junta de Obras del Puerto.

IMÁGENES.- El doctor Monserrat, un astrolabio conservado por la Universidad y la crónica de “Las Provincias” sobre la ola de calor de 1899.

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El primer telescopio de la Universidad

LOS GRANDES MISTERIOS DE LA VIDA PRIVADA.16

En el año 1786, poco antes de la muerte del rey Carlos III, el rector Vicente Blasco García introdujo interesantes cambios en los planes de estudio de la Universidad de Valencia. Según los estudiosos que han analizado su figura, el prestigioso teólogo, que había sido nombrado para el cargo dos años antes, propuso una serie de transformaciones que venían a conectar, y a completar, la renovación científica que durante todo el siglo anterior había protagonizado la generación  de los llamados Novatores. Blasco, dado su prestigio, logró algo excepcional: ser nombrado en 1787 rector vitalicio, lo que le permitió estar al frente de la institución de la calle de la Nave hasta su muerte, en 1813.

Durante los casi treinta años de su mandato, la Universidad de Valencia, abierta ahora a los conocimientos astronómicos que iban llegando al mundo científico de la mano de Isaac Newton, concibió el propósito de dotarse de un observatorio astronómico. La idea empezó a desarrollarse en 1788, como secuela del nacimiento de un laboratorio de Química. Y en 1790 se concretó con un proyecto de emplazamiento en lo que se llamaba Casa Rectoral, situada con bastante aproximación donde está ahora, precisamente, la fuente de la plaza del Patriarca y el monumento que rinde homenaje al propio rector Blasco. Pero como el desarrollo se fue complicando, a causa de la falta de presupuestos, parece que el rector se inclinó por situar las dos instalaciones –Laboratorio Químico y Observatorio– en el Colegio de Santo Tomás de Villanueva, situado a pocos metros del edificio de La Nau, en la acera de enfrente de la calle actualmente llamada de Salvá. Las consultas que hizo el rector, disponibles en el archivo universitario, estuvieron dirigidas al responsable de la construcción del Observatorio Real de Madrid, Ximénez Coronado.

Las obras se realizaron en 1791 y el Observatorio, como era natural, fue ubicado en la terraza, con buenos ventanales. Los primeros instrumentos de observación que la Universidad tuvo eran propiedad de Josep Pérez, el encargado de custodiar y mantener los aparatos. Los datos disponibles señalan que era un “telescopio refractor de veinticuatro palmos de longitud” y luego un reflector dotado de un foco de tres pies, materiales que estaban ya en la ciudad cuando las obras se iniciaron.

Pero las obras para la definitiva instalación en la casa rectoral nunca llegaron a ser realidad. Se demoraron los permisos, cambiaron los gobiernos, se complicó la vida política española y el proyecto quedó paralizado. La Revolución Francesa, de 1789, fue origen de guerras e inestabilidad en toda Europa, hasta final de siglo. La ubicación provisional del Observatorio en el Colegio de Santo Tomás fue la única que, poco activa y sin un aparente desarrollo académico, entró en el nuevo siglo, en el que muy pronto se habría de producir la Guerra de la Independencia.

No obstante, en el “Diario de Valencia”, la primera publicación periódica de la ciudad, se puede localizar, entre los años 1805 y 1808, la presencia, en su portada, de una serie de datos diarios sobre astronomía y meteorología que, con toda probabilidad, provenían del Observatorio universitario o de alguien vinculado a él. El Diario no dice de dónde procede la información, que tampoco va firmada ni lleva atribución; pero es fácil conjeturar que se preparaba en un medio bien informado que sin duda es el universitario.

Los datos son sencillos y, en lo astronómico, se limitan a la hora de salida y puesta del Sol y de la Luna y a situar al satélite en sus fases y posición del Zodíaco. En lo meteorológico, los datos se publican con referencia a “anteayer”, y se refieren a las observaciones que a las 7 de la mañana, la una de la tarde y las seis de la tarde se hacen sobre temperatura, presión atmosférica, humedad, viento y estado de la atmosfera. Cuando se produce, se da noticia también de la formación de nubes o tempestades, con indicación de la lluvia caída, en “líneas de agua”, y si ha caído granizo.

Esta información, que reclama de la presencia de profesionales dotados de un instrumental de cierta solvencia, estuvo presente en las páginas del periódico desde 1805 y cesó cuando, en mayo de 1808, se produjeron en Madrid los primeros sucesos bélicos, con su rápido contagio en Valencia: el “Crit del Pallater” se produjo el 23 de mayo de 1808. Volcado el periódico en los asuntos de la guerra, sus páginas se llenaron de avisos y proclamas patrióticas que reclamaron todo el espacio disponible. Pero también nos indica que la anormalidad ha llegado a quienes se ocupaban de meteorología y astronomía: la ciudad sufrió el asedio francés en junio de 1808 y en marzo de 1810, en ambos casos con una denodada resistencia, una dura batalla y rechazo final de las tropas francesas.

Dislocada la vida de la ciudad, y con ella la vida académica, la idea del Observatorio quedó sin duda olvidada en 1808. El Colegio de Santo Tomás de Villanueva fue destinado a otros usos, incluido el de almacén de armas y municiones, en una ciudad que se ocupó de fortificarse y luchar, en un momento en que tuvo que derribar el Palacio Real. La propia Universidad sufrió los efectos devastadores de la guerra durante el bombardeo de la ciudad de enero de 1812, a cargo de las tropas del mariscal Suchet, que finalmente ocupó Valencia. La normalidad tardaría años en regresar a la ciudad y a su vieja Universidad. Durante todo el resto del siglo XIX, la institución no volvió a tener Observatorio Astronómico ni telescopios en uso. El “Diario de Valencia”, que había nacido en 1795 y dejó de publicarse en 1833, ya no volvió a publicar datos astronómicos o meteorológicos.

IMAGENES.- El edificio de La Nau y el Colegio de Santo Tomás, en el plano de Tosca; Isaac Newton y su telescopio, el rector Blasco y el “Diario de Valencia” con los datos meteorológicos y astronómicos.

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Los Rayos X de Roentgen

LOS GRANDES MISTERIOS DE LA VIDA PRIVADA.15

En la noche del 6 de diciembre de 1897, lo más encumbrado de la Medicina valenciana se dio cita en la plaza de las Barcas: en un local situado junto a su farmacia, el doctor Quesada y el doctor Pastor iban a protagonizar una sesión científica práctica en torno a los Rayos X, el gran invento del doctor Roentgen, del que tanto se hablaba.

Allí estaba el patriarca de los Peset, junto con Navarro Gil, Sleker, Candela, Carlos Pastor, Ferrando, Orts, Planellas, Arau, Laftaya Masía, Andreu y Fabía y bastantes más; eran la flor y nata del hospital y de las clínicas privadas valencianas, expertos en traumatismos, cirugía, enfermedades del pecho y también ginecología. Y todos quedaron entusiasmados, junto con los representantes de la prensa, por los frutos de una sesión en la que Quesada, y el doctor Rafael Pastor presentaron en Valencia el conjunto de aparatos más potentes que existía: “una bobina Runkorf, que da 45 centímetros de chispa, (unida) a un tubo bianódico Muret y a un interruptor especial, del que se ha obtenido patente recientemente, y que es la última combinación del distinguido profesor físico francés, por lo cual, los rayos catódicos atraviesas la cavidad del pecho”.

Era el mismo equipo que usaba en París el doctor Bouchardat, la primera eminencia francesa en materia de Rayos X. Y estaba complementada por aparatos de medica condensación y resistencia “dispuestos admirablemente en una ancha cámara oscura, indispensable para la mejor apreciación de los experimentos”.

Los expertos  locales, a cada cual más interesado dejaron gabanes, sombreros y bastones y se arremangaron. Pastor explicó todo cuanto sabía de los misteriosos Rayos X y destacó “la importancia que tienen en la investigación clínica, afirmando con argumentos irrefutables, que dan una seguridad grandísima en el diagnóstico de muchas enfermedades y accidentes traumáticos, que no se pueden obtener por ninguno de los otros medios conocidos”.

Todos los congregados lo sabían: Roentgen, en su laboratorio de Würzburg, había dado con unos rayos que eran capaces de atravesar la carne y los tejidos blandos. La noticia empezó a inundar el mundo médico, y las columnas de los periódicos, a finales de 1895. Y fue uno de los inventos del Siglo de los Inventos que más deprisa se expandió: En febrero de 1896, el doctor Pablo Colvée, alumno del doctor Monserrat, hizo la primera demostración del principio de Roentgen en el Instituto de Segunda Enseñanza de Valencia. Poco después, el padre Civera, profesor de Física de las Escuelas Pías, hizo otras demostraciones interesantes de las que se ocupó la prensa valenciana. Pero en muy pocos meses, Valencia pasó de las conferencias teóricas que impartió Colvée en la primavera de 1896 a disponer de equipos aplicables en la práctica sobre enfermos reales.

La primera radiografía que conoció la Medicina moderna fue la de la mano de la esposa de Roentgen. Se veían todos los huesos de sus dedos e incluso el grueso anillo que llevaba en el anular. Pero había tenido que aguantar más de quince minutos de exposición a los rayos para dejar una huella fotográfica visible. La máquina traída a Valencia desde París, según explicó Pastor, reducía a solo un tercio de minuto la exposición y servía para explorar todo el tórax y separar con claridad la visión de los huesos de la de las vísceras. Según la prensa escribió, el doctor “enseñaba fotografías obtenidas por él, de manos y pecho, en las que había verdadero lujo de detalles, puesto que se apreciaban con claridad las articulaciones y sinuosidades de los huesos, y hasta el espesor de los músculos que los revestían”.

Pasaron por pantalla, en aquella noche memorable, “los huesos y músculos de las manos del doctor Pastor, y luego un brazo, una pierna y la cabeza de uno de los dependientes de la farmacia”. Cuando ya todos estaban admirados y convencidos de aquella maravilla, Pastor invitó a otro empleado, al no le dejó desvestirse. Tal y como estaba, con su chaqueta y chaleco, lo metió en la cámara oscura. Y todos observaron, tras la corbata y los botones de la camisa, su pecho “cuyas costillas se veían mover, como se veía mover también el pericardio, y como se veía asimismo claramente subir y bajar el diafragma”.

Las felicitaciones desbordaron cualquier previsión. Quesada y Pastor tenían en su laboratorio un gran esperanza para la medicina del futuro. El periódico deseó que “este adelanto de la ciencia de a sus patrocinadores el mismo satisfactorio resultado que a la humanidad doliente”. Y así fue: los médicos no tardaron en enviar enfermos al laboratorio de Quesada y Pastor, que muy poco después introdujeron en Murcia el invento de Roentgen. Ver lo que ocurría tras la piel facilitaba la cirugía y el éxito ; en los tumores, en las heridas por asta de toro, en las inflamaciones de los órganos internos, en las piedras del riñón y en esa tuberculosis contra la que luchaban todos, ahora había una facilidad de diagnóstico muy precisa.

Menos de un mes después, en enero de 1898, los médicos forenses de Madrid tuvieron un aparato de Rayos X al servicio de la investigación policial. Antes de extraerla, esa bala fotografiada tenía mucho que decir… Apenas habían pasado dos años y un mes del hallazgo de Roentgen.

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“El oli sobre les cols” de un valenciano olvidado

GRANDES MISTERIOS DE LA VIDA PRIVADA. 14

En aquellos tiempos, o te detenían por espía o te montaban un proceso por andar jugando con cráneos y tibias observadas a través de un cristal. Aunque hay muy pocos detalles, los sinsabores de Crisóstomo  Martínez debieron ser notables: tuvo que dejar sus investigaciones en París y huir Flandes. No podía encontrar, en la Francia de Luis XVI, el amparo académico de una España decadente en la que el rey Carlos se veía a todas luces que no estaba facultado para procrear hijos ni casi para entender lo que le explicaban ministros, validos y oscuros frailes confesores. España era un imperio con signos de agotamiento sobre el que empezaban a revolotear los buitres europeos.

De Crisóstomo y sus trabajos sabemos que quedaron interrumpidos, dislocados por la imposibilidad de seguir en Francia. Superó las acusaciones pero no regresó a Valencia; se refugió en Flandes, que le era más propicia… y allí se sabe que murió. No se sabe exactamente cuándo, aunque se da la fecha probable de 1694. Y desde luego, no se sabe dónde está anónimamente enterrado.

Pero nos quedan sus experiencias. El aviso a los navegantes de los cristales de aumento de los engaños que puede producir un acercamiento que no sea gradual y una iluminación que no sea correcta. Porque no se trataba de ver, sino de dibujar con perfección para que otros puedan estudiar en las aulas de Medicina.

Las lentes aumento eran un conocimiento ya antiguo, aunque no hay pistas seguras y hay quien aventura que fue un descubrimiento casual. Se les llama lentes por la forma de los cristales de aumento, abombadas en el centro, que les hacen parecer a las lentejas comestibles. Los muy pudientes usaban gafas con lentes ya en el siglo XIV, hay quien asegura que antes. Sabemos cómo era el microscopio de Martínez. Él mismo quiso decírnoslo y lo dibujó en un rincón de su lámina XI, teóricamente hecha en Valencia. Consistía en un pie elegantemente torneado que sujetaba una lente cóncava; mediante dos soportes móviles y regulables, uno horizontal y otro vertical, se podía subir y bajar, acercar y alejar a la lente el objeto, trozo o partícula que se quería estudiar. Desde luego con paciencia y buen pulso, con mucha calma, porque las articulaciones de madera eran por demás rudimentarias, según la reconstrucción que se ha hecho posteriormente a partir de su dibujo.

“Se ofrecen muchos engaños y así es menester mucho examen, mucha cautela y tiempo para no engañarse”, escribió el olvidado maestro valenciano. Pero él fue el primero en dibujar los movimientos del omóplato y de presentar una serie de esqueletos en todas las posiciones imaginables. Las vértebras y la pelvis, el fémur y los músculos de la pierna, las delicadas articulaciones de la rodilla… los cambios del cráneo desde la niñez a la edad adulta, dejaron de ser secretos para la Medicina del porvenir.

Pero sobre todo, él fue el primero en describir y descubrir las hasta entonces misteriosas comunicaciones entre la médula de los huesos y el funcionamiento del cuerpo humano. La presencia de lo que se llamó entonces “los vasos adiposos” cambió el concepto de la Medicina y causó perplejidad entre los anticuados galenistas. Porque había mucho más de lo que se suponía, laberintos por estudiar, circuitos por analizar… y a fin de cuentas, química, algo bastante incómodo para el conformismo. Él mismo, como sin darle importancia, relató todo lo que habían avanzado sus colegas europeos en las últimas décadas;  y con una inédita frase de la huerta valenciana se puso a la cola de todos ellos con su modesta aportación. “Y yo –dice– em folgaría de ser el oli sobre les cols avent trobat los conduits de la graça”.

Una col bien cosechada y hervida, que se riega con un sencillo chorro de aceite, puede llegar a ser el mejor manjar. Crisóstomo Martínez lo sabía.  Y desde esa sencillez pasó la vida tras un microscopio. No sabemos dónde está enterrado ni tiene un monumento levantado en Valencia. Pero una calle de Benimàmet lleva su nombre; se propuso en el año 1899 y se aprobó… en 1940.

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El microscopio de Crisóstomo Martínez

GRANDES MISTERIOS DE LA VIDA PRIVADA. 13

“Aunque es verdad que el microscopio descubre agradablemente las cosas, con todo eso, si se consulta sin más ni más, tal vez desfigura las cosas…” En una de las cartas que conserva el Ayuntamiento de Valencia, Crisóstomo Martínez informa de sus métodos de trabajo, hora tras hora, poniendo huesos humanos, tejidos y médulas, bajo una potente lente de aumento.  Crisóstomo Martínez no era médico, sino pintor. Pero se transformó con el tiempo en un magnífico grabador y en el mejor anatomista de su tiempo. Es el primer valenciano que habló del microscopio y lo manejó en su tarea investigadora. Pero no está claro si lo tuvo durante sus trabajos en Valencia, o más tarde, cuando se fue a París a estudiar anatomía, con los mejores especialistas del momento y con las herramientas más potentes que se conocían para aumentar a la visión los objetos más pequeños.

La vida de Martínez da para una novela y una serie de televisión hecha con medios. Pocas veces encontraremos un personaje como él, capaz de desafiar retos y peligros con tal de trabajar en lo que le apasionaba. El profesor López Piñero, el gran estudioso de la Medicina española y valenciana, dice que “ocupa un lugar de excepción en la medicina del último tercio del siglo XVII. Su obra anatómica fue la única contribución importante al saber morfológico realizada en España durante dicha centuria”. Un tiempo, hay que añadir, en el que España andaba sobrada de autos de fe de la Inquisición y de estrictos médicos galenistas que rechazaban cualquier innovación porque todo, pensaban, estaba ya estudiado, escrito y consagrado.

Cuando la peste de 1647 los médicos galenistas y los innovadores chocaron abiertamente, para empezar sobre la naturaleza de la enfermedad. Pero con el paso de los años, y pese al oscurantismo del reinado de Carlos II, el rey Hechizado, la Medicina valenciana, junto con las Matemáticas, dieron saltos de gran importancia, contra toda corriente. Por eso se habla del movimiento de los “Novatores”, de los innovadores, que permitieron que el mundo académico valenciano, su universidad, entrara en el siglo XVIII con los ojos más abiertos que el resto de España, algo más preparados para las luces de la Ilustración.

De Martínez hay pocas pistas personales, aunque el Ayuntamiento conserve el grueso de sus láminas y de sus escritos. Se sabe que nació en 1638, en una familia de sederos, y que se dedicó a la pintura, aunque no ha quedado ningún óleo o dibujo que se le pueda atribuir. Fuera del campo médico, solo se conserva de él un grabado precioso del proyecto del puerto que entonces se quería tener: un dique con escollera, terminado con un fuerte de vigilancia.

Pero en 1680 comenzó a trabajar en la realización de un Atlas Anatómico por encargo de la Universidad: huesos, músculos, órganos, articulaciones, empezaron a cobrar evidencia científica de la mano de un grabador excepcional. Un gran artista se convirtió en un anatomista de excepción, capaz de trasladar a los médicos toda la capacidad de observación que le proporcionaba un portentoso trabajo con los buriles… y con el escalpelo.  Los humanos aparecían liberados de la piel para mostrar en las láminas de Martínez los músculos y su configuración articular, la portentosa armonía que hacía posible el movimiento de las extremidades y del tronco. Las manos y los pies se presentaban como una máquina, de conjugación perfecta, hecha por la naturaleza para correr o agarrar objetos. Pero faltaba más… Martínez necesitaba conocer lo que se estaba haciendo por el mundo en su campo de trabajo y para ello no había otro referente mejor que París.

En 1685, la Universidad y el Ayuntamiento pidieron permiso al rey para que el estudioso pudiera irse a París a trabajar con los mejores expertos. En la demanda, decían que le pagaban estancia y estudios; pero como Francia y España estaban en guerra, argumentaban que la calidad de las tintas, el papel y las técnicas del grabado eran insuperables en Francia, cosa por otra parte bastante cierta. La Corte se ablandó, y a pesar de la guerra, la respuesta fue positiva en poco más de un año: en 1687, Crisóstomo Martínez se instaló en el colegio parisino de Montaigne, para estudiosos de alto nivel, donde por ejemplo había estado el valenciano Luis Vives.

De los 18 grabados que se conservan, doce se prepararon en Valencia y los otros seis en París. Allí trabajó el grabador anatomista valenciano con los mejores de Francia y de Europa. Allí aprendió lo último en la técnica del grabado y la estampación, pero sobre todo lo más nuevo a la hora de preparar huesos, tejidos, cartílagos, músculos y tendones, en piezas de todo tamaño y presentación, para que resultasen bien visibles e iluminadas tras la lente del microscopio. “Esto requiere mucha maña y diversidad de huesos” –escribió Martínez, según relata López Piñero–. “Unos crudos, otros cocidos y otros secos o medio secos, y variedad de vidrios; esto es, unos que descubren una gran parte, con aumento y claridad fiel, para hacer capaz de lo total; después se examina una parte de esta parte con otro vidrio que aumenta más y así por grados hasta llegar a examinar con un microscopio muy fino una partecilla tenuísima…”

Crisóstomo Martínez trabajo de un modo extenuante. No es preciso imaginar que su trabajo de cocer, trocear y observar a la lupa restos humanos debió ser duro y poco agradable. Hasta que un día llamaron a la puerta de su habitación:

— En nombre del Rey de Francia, queda usted detenido por espía…

Imágenes. Una lámina de Martínez, con el dibujo de su microscopio, reproducido en tiempos modernos; finalmente, el grabado del puerto que Valencia necesitaba

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El vapor que llegó por una epidemia

LOS GRANDES MISTERIOS DE LA VIDA PRIVADA. 12

Dos años antes de la instalación de la máquina de vapor en La Batifora, un asombroso barco había llegado al puerto de Valencia causando gran admiración. Fue el 10 de agosto de 1835, y se trataba de “El Balear”, un buque de velas, como los demás, que sin embargo había incorporado a sus costados dos grandes ruedas de paletas impulsadas por el pistón de una caldera de vapor. El buque, que avanzaba rápido batiendo las olas, echaba un espeso humo negro por su chimenea. Y llegó a Valencia a causa de una epidemia, la que tenía cerrado por cuarentena el puerto de Marsella. Su armador, una compañía catalana muy innovadora, lo estaba empleando para llevar pasaje a ese puerto francés desde Barcelona; pero cuando se decretó el cierra sanitario, cambió de planes e hizo que el buque fuera desde la ciudad condal a Valencia, haciendo escala en Tarragona.

En su primer viaje, el buque zarpó a las seis de la mañana y llegó a mediodía a la vieja Tarraco. Dos horas después, zarpaba con rumbo sur para llegar a Valencia al amanecer del día siguiente. Era muy rápido poder ir de Barcelona a Valencia en veinticuatro horas, y mucho más cómodo que hacer el trayecto en diligencia. Pero también era muy caro: viajar en la lujosa cámara de popa hasta los pies del Montjuich costaba 16 duros, una fortuna, y por hacerlo en la proa, con más ajetreo de mar, cobraban doce duros y medio. Pero así se inició el servicio de vapores, con ese “Balear” histórico que pronto tuvo hermanos gemelos que crearon una red de transporte de personas y mercancías entre toda la costa mediterránea española, el sur de Francia y las Islas Baleares. En solo quince años, el transporte marítimo apostó decididamente por el vapor. Justo a tiempo para la aplicación del mismo principio de tracción al ferrocarril.

La fuerza del vapor de agua generada por una caldera a la que se aplica fuego era conocida por todo el que usaba marmitas desde épocas antiguas. Romanos y griegos comprendieron las posibilidades de esa potencia, pero no la aplicaron de forma práctica. Hay que esperar al siglo XVIII para ver al inglés Thomas Newcomen creando una máquina de vapor funcional que movía un pistón con una finalidad práctica: aunque con muchas complicaciones, el artilugio se usó para extraer el agua de las galerías mineras.

James Watt, escocés, trabajó años después en la universidad de Glasgow donde, en 1764, cuando reparaba una máquina de Newcomen, aplicó el principio de usar depósitos diferenciados para agua caliente y fría, un sistema que se impuso para los usos prácticos de la máquina. Aplicada para bombear agua de las minas, la máquina de vapor empezó a imponerse en el ámbito industrial. En 1789, el ingeniero español Agustín Bethencourt, considerado el padre de la ingeniería española moderna, fue enviado a Inglaterra donde estudió las máquinas en uso a petición del Gabinete de Máquinas de la corte. Las minas de Almadén fueron las primeras en utilizar un avance que, sin embargo, no encontró continuadores en otros ámbitos hasta medio siglo después, en la sedería.

En cuanto a la aplicación de la caldera de vapor a los barcos, se cita como introductor al francés Jauffroy  d’Albany, que construyó uno de cuarenta metros y lo hizo navegar en 1784. El inglés Fulton hizo navegar su prototipo por el Sena en 1803 y llevó la idea, en 1807, a los Estados Unidos, donde se impusieron pronto, en los grandes ríos, los buques anchos, de poco calado y grandes ruedas de paletas. En España, el primer buque de vapor que hizo el servicio entre Barcelona y Palma, “El Mallorquín”, empezó a navegar en enero de 1934. El sistema de tracción por paletas funcionó con comodidad en los ríos y en la navegación marítima de cabotaje; la travesía del Atlántico no se hizo hasta la botadura del “Great Western” en 1838, en coincidencia con la aplicación del principio de impulsión por caldera de vapor y hélices, que fue el sistema que se extendió en el curso de pocos años como más práctico y seguro.

Con todo, “El Balear” siguió frecuentando el puerto de Valencia en navegación de pasaje y carga. En 1840 fue el encargado de traer a puerto a la regente doña Cristina, acompañado de su hijas, una de ellas la que sería reina Isabel II.

Imágenes.- El buque de vapor, su mecanismo interno y dos grandes buques de paletas enb un río americano.

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La Batifora, de Dupuy de Lome, en Patraix

GRANDES MISTERIOS DE LA VIDA PRIVADA. 11

En 1829, el diario “El Correo” de Madrid informó de que “los señores Ampion, Bordalonga, Calvet, Tabuenca y Miquel han establecido en Valencia cinco nuevas fábricas de hilado de seda, y han puesto en uso en ellas el ventajoso y económico método de calentar el agua de las calderas o perolas por medio del vapor, lo que al paso que evita a los operarios la incomodidad del calor del fuego, precave del humo y polvo que despedían las hornillas, lo cual causaba un daño irreparable a la seda”. El periódico, que cada día dedicaba una sección al progreso de la industria y el comercio, escribió que “desearíamos que el método de calentar el agua por medio del vapor se generalizase”.

Pero seguía siendo agua calentada y poco más… Hasta que llegó la gran innovación: una industria textil llamada la Batifora. En el polideportivo de Patraix tenemos la casa donde se hizo el milagro industrial; y si no los han quitado, hay unos paneles que lo recuerdan. En ese edificio, el joven empresario Santiago Dupuy de Lome, que poco antes había ganado un pleito sobre la propiedad de una fábrica textil de nombre la Batifora, aplicó la primera de vapor conocida en Valencia que, además de calentar agua, aplicó fuerza a todos los ejes, poleas y mecanismos que movieron un moderno taller de hilatura. En una carta dirigida a los Amigos del País informaba e invitaba a comprobar los avances: “Una gran mejora –decía—he introducido en la fábrica llamada de Batifora. Ya estamos hilando desde junio en 80 perolas calentadas por el vapor de una máquina (bomba de fuego), que al mismo tiempo da movimiento a las correspondientes ruedas o tornos de torcer, y que tienen fuerza para llenar el servicio de 400 perolas”.

Era octubre de 1837. Los sesudos comisionados por la Económica fueron de visita y, en efecto, certificaron los avances conseguidos a través de un extenso informe, que se conserva. “La comisión que hemos tenido el honor de ser nombrada para visitar la fábrica llamada de Batifora, a invitación del dueño de la misma don Santiago Dupuy de Lome, ha verificado su encargo y pasa a manifestar a V.I. el resultado de sus observaciones, y de los datos que ha tomado al pie de aquellos”, dice el documento, dedicado a “la máquina de vapor establecida últimamente para dar movimiento a todos los trabajos de la fábrica”.  “Esta máquina –dice el memorándum—lo es de alta presión, construida en París el pasado año 1836 por Farcot y según sistema de Maudslay con algunas ligeras variaciones”.

Era lo último que se estaba construyendo en Paris y Londres. Y de lo primera que se instaló en España. A la hora de valorar los méritos de la instalación la comisión escribió al presidente de la Económica: “El señor Dupuy dice en su escrito que su máquina es la primera de alta presión establecida en nuestro país; y la comisión, en efecto, no tiene noticia de ninguna otra, exceptuando las de algunos de los barcos de vapor que de poco tiempo a esta parte surcan los mares de nuestra Península”. Era una caldera que “no tiene más que un cilindro. Este cilindro es vertical. No tiene balancín arreglándose el curso del émbolo en la dirección dicha por dos poleas que se mueven en bastidores colocados simétricamente respecto del cilindro. Tiene un moderador que arregla la entrada del vapor en el cilindro. El diámetro de este es de 14 pulgadas: la longitud del curso del émbolo de 37 y el número de golpes por minuto 70. Estos datos han permitido a la comisión calcular la presión del vapor en la caldera aproximadamente en 22 libras castellanas por pulgada cuadrada: la velocidad del émbolo en 370 pies por minuto”.

En resumen, una maravilla: “De todo esto resulta, respecto del dueño, que los gastos que la máquina le economiza, y la ganancia que le proporciona, le compensa bien pronto las cantidades invertidas en su plantificación y conservación; y respecto de la fabricación, que una seda trabajada con tanta igualdad de calor y movimiento conserva toda la limpieza y brillo que en vano se procuraría obtener por otro procedimiento, y que unida esta circunstancia al natural nervio de la seda de nuestro país la harán, continuando el sistema de mojado que ha establecido el Sr. Dupuy, la primera seda de Europa. Las madejas que este Sr. ha puesto a disposición de la comisión para presentar a V.E. y los baúles que en su fábrica conserva atestados con cerca de dos mil libras de seda de la misma calidad, digno premio de sus desvelos, son las mejores garantías de los asertos de esta comisión”.

Hicieron socio de mérito a Dupuy, como se hacía con todo el que anualmente traía avances a las artes, la industria y el comercio de Valencia. Y le dieron la medalla de oro de primera clase. Desde junio de 1837, una máquina comprada en París el año anterior cambió la industria textil valenciana a mejor. Como recuerdo nos quedan unas naves que albergan gimnasios y piscina. Desde entonces, las chimeneas humeantes se convertirían en el símbolo de una Valencia industrial en progreso.

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Vinalesa y las hilaturas de Lapayese

GRANDES MISTERIOS DE LA VIDA PRIVADA.10

En la localidad de Vinalesa, en la Huerta del norte de la ciudad de Valencia, hay una enorme instalación, antes industrial, dedicada ahora a sede municipal y museo de la industria de la seda. Por uno de sus costados discurre la poderosa acequia de Moncada; y en la pared de puede encontrar fácilmente el lugar donde antiguamente instaba instalado el eje de una enorme rueda de paletas que daba movimiento a todo el ingenio industrial interno. En 1794, el botánico Cavanilles pasó por allí y se informó de todos los detalles de una instalación fabril modelo.

Cavanilles, que escribe “Bilanesa” como entonces se llamaba, dice que el pueblo “solamente tenía 35 casas a finales del siglo XVI, las que hoy llegan a 129, y sus frutos con corta diferencia son los mismos que en Bonrepós y Mirambell; pero la útil fábrica, introducida de unos 25 años a esta parte, ha dado nueva vida al pueblo, y ocupación a mucha gente”. Trabajaban, en efecto, cientos de mujeres de todas las edades. Y se ocupaban de atender a las máquinas de hilar y devanar más modernas que había en Europa en aquellos momentos. “Sirve aquella fábrica  –escribe– para hilar, devanar y torcer de diferentes modos la seda, y prepararla para los usos correspondientes. Recibe el impulso general de las aguas que corren por la acequia, las cuales mueven una rueda de 104 palmos de diámetro, y ésta a varias máquinas distribuidas en salas espaciosas. Para el torcido se han dispuesto 22 máquinas, y en ellas 48 ruedas, moviendo cada rueda cuatro husos”.

La industria de la población huertana llevaba 25 años funcionando con privilegio real concedido en 1769. Aunque habitualmente no se sabe, Guillermo Reboul implantó en aquella industria el torno inventado por el francés Jacques de Vaucanson, una revolución tecnológica que hacía rico a quien podía aplicarla. Asociado a Joseph Lapayese, otro industrial francés que trabajaba en el círculo de innovadores de la Real Sociedad de Amigos del País de Valencia, hicieron que la prosperidad fluyera por los pueblos de la huerta en un trabajo que siendo penoso, era mil veces más confortable que el de las minas inglesas de carbón, donde se empleaban miles de mujeres y niños en aquellos tiempos industriales.

“Catorce de dichas máquinas sirven para torcer la seda a un cabo o hilo solamente, siete para torcerla a dos, y la última para tramas. En otra pieza hay también 22 máquinas, las 19 para devanar, y cada una pone en movimiento 36 madejas, que cuida con comodidad una sola muchacha; las tres restantes sirven para doblar, y ocupan seis mujeres, cuidando de treinta rodetes cada una, cuando en las máquinas ordinarias, llamadas vulgarmente rodines, una mujer no puede cuidar más que de un solo rodete”. Cavanilles quedó admirado: los promotores tenían una Escuela de aprendizaje del oficio de la hilatura, especial para niñas desde los once años.

En Vinalesa, millones de capullos de seda cultivados en las alquerías y barracas de la huerta eran cocidos en perolas calentadas por hornillos de carbón y leña. El hilo de seda se convertía en rodetes y madejas, torcida a un cabo primero y luego a dos mediante calentado al vapor. Las madejas eran la materia prima que alimentaba a los telares. La habilidad de Lapayese, unida a los ingeniosos inventos de Vaucanson dio como resultado calidad: los capullos eran perfectos y el hilo no salía tostado por el exceso de calor; tampoco solía tener las imperfecciones de hollín que muchas ves contagiaba a las perolas desde el hornillo que ardía debajo. Cuarenta mil libras de seda torcida al año fue una producción que admiró a todos los especialistas. “Cada torno de hilar se componía de 248 husos, de los cuales 168 estaban destinados a la torsión de la seda a un cabo y los 72 restantes para torcerla a dos cabos”, dice un estudio sobre la empresa que hizo Martínez Aloy.

Con todo, a esa industria modelo que se servía de la fuerza generada por la acequia de Moncada, le faltaba añadir la fuerza motriz del vapor. Y eso ocurrió muy pronto, según Pascual Madoz, gracias a los nuevos propietarios de la industria. “Mejoraron sus condiciones, en 1821, los señores Combe y Compañía, estableciendo en medio del hilador una caldera de vapor, para comunicar a las 80 que contenía el calórico necesario para esta operación, con lo que se perfeccionaron sus sedas extraordinariamente”. Las ochenta perolas de cocer y devanar capullos de seda ya no tenían sucios hornillos debajo. El agua caliente llegaba a ellas desde una caldera general, de modo que el hilo de seda no recibía impurezas y las docenas de operarias respiraban, de paso, algo mejor.

Alta y esbelta como un obelisco, la chimenea de ladrillo todavía sobresale en el perfil del pueblo de Vinalesa. Pero hacía falta un siguiente paso industrial: conseguir que el calor no solo calentara agua para las perolas sino que fuerza capaz de mover toda los tornos y husos de la hilatura.

Imágenes. La acequia y el lugar donde estuvo la noria. El tratado de Lapayese y la máquina “Spinninng Jeny”. Un tejedor valenciano en una cerámica del XVIII.

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