Llévame a la Luna (y 16)

El oficio de escribir

Los comentarios que se escribieron entonces, las retransmisiones de radio y televisión, parecen ahora desbocados y dislocados. Pero no lo eran: hubo una sincera corriente emocional, un convencimiento de que se había dado un gran paso en el vagar de los humanos por el planeta y su historia. Quizá fue un buenismo inocente. Pero contenía, más allá de las emociones, el sentimiento sincero de un ánimo de progresar, que es siempre mejorar.

La prensa americana se tiñó, claro está de patriotismo. Pero la europea creyó que el salto en la Luna era positivo para el porvenir de una sociedad en crisis. El que esto firma cincuenta años después publicó en LAS PROVINCIAS un artículo, titulado “La gran noticia”, del que entresaco estos párrafos:

“A partir de ese sencillo e histórico momento, el hombre ha iniciado una nueva etapa en nuestra pequeña  historia sobre el Universo. Desde la madrugada de ayer estamos inmersos en una manera distinta de vivir, más amplia, abierta, con otra mentalidad y concepción.

La carrera convocada en mayo de 1961 por el presidente Kennedy ha cubierto con piedra blanca su primera etapa. Y este momento, entre una maraña de sentimientos que se confunden, con una capacidad de asombro que se nos ha consumido un poco, feliz e irremediablemente, aquellos que nos hemos quedado en el viejo planeta no podemos –y son palabras de Armstrong, “Brazo Fuerte”, el pionero– más que “meditar sobre los acontecimientos de las últimas horas y dar las gracias, cada uno a su manera”.

(…)

Demos gracias, cada uno a su manera, por la suerte de poder vivir este momento trascendental. Momento tan importante como cuando un hombre tuvo un rayo de luz en el cerebro, tan serio como cuando el primer humano supo engarzar una palabra con otra y hablar; tan digno como cuando un hombre aplicó el fuego, inventó la rueda, creyó en Dios, escribió una palabra y descubrió otro continente. Dar gracias por el hecho ingenuo y sencillo de poder mandar a un hombre a la Luna y poderlo ver llegar, sentados en casa, solo un segundo y tres décimas después…

(…)

Desde estas líneas, pasada la agobiante, la calurosa noche del estreno, queremos saludar la nueva época que se abre entre nosotros cargada de promesas. Como periodistas, queremos dejar constancia del hecho, mareante y pleno de responsabilidad, de tener en nuestras manos la primera noticia de la historia que se ha fechado en el Mar de la Tranquilidad del satélite Luna; del momento, crucial y anhelado, de dar a nuestros lectores la más importante noticia producida desde que se comenzó a imprimir sobre papel: el hombre ha llegado a la Luna.

(…)

“Vinimos en paz en nombre de toda la humanidad”, reza una placa dejada en la Luna. Solo falta que esa declaración de principios se cumpla: allá y aquí. El mejor modo de practicar la paz es sentirse hermanos: el momento en que más fácilmente se busca al hermano es el instante del temor. Cuando el pasmo infinito de la obra de Dios vista en su magnitud real se apodera del pobrecito humano, del viajero…”

Después, he tenido la suerte de ver a los astronautas de la Luna en dos ocasiones, en septiembre de 1969. Primero en Londres, cuando iban a entrar en Buckingham Palace para saludar a la reina Isabel dentro de su viaje mundial de cortesía. Luego volvimos a verlos en París, cuando llegaban a una recepción en el Grand Palais. Más tarde, en los años noventa, pude saludar al astronauta Buzz Aldrin, invitado, junto con otras estrellas de Hollywood, a la fiesta de inauguración de la tienda Lladró, en Rodeo Drive.

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Llévame a la Luna (15)

¿Cómo se camina sobre la Luna?

Mientras la explosión de júbilo se extendía por el planeta Tierra, los astronautas tenían mucha tarea pendiente. Lo primero, después de comprobar que uno andaba y no se hundía hasta la cintura en el suelo lunar, fue aprender a caminar, paso a paso, y a desplazarse, dando saltos como de canguro aunque sin pasarse para no caer.

–Acaso resulte aún más fácil que en las simulaciones que hicimos en la Tierra, Verdaderamente no es problema caminar por la Luna  –dijo Armstrong después de sus primeros movimientos.

Cuando se comprobó ese aspecto, cuando se vio que la fuerza de los motores de descenso no había excavado un gran cráter bajo el módulo lunar, cuando se tuvo la confianza de que había buenas condiciones para el despegue en  una planicie razonable, comenzaron la tarea de instalar cámaras de televisión y trabajar. Porque todo se hacía de caraca al público, el de Houston, evidentemente, y el del mundo entero. A las 22,06 (hora de Houston), Aldrin bajó también al suelo.

— Desde aquí me parece muy bella, Neil.

— Tiene su belleza salvaje, muy particular. Me recuerda el agreste desierto de Estados Unidos. Es diferente, pero no está mal. –le respondió Armstrong.

Aldrin era más expresivo. Sus gritos de “!Qué hermoso, qué hermoso!” enternecían a los severos controladores de Houston. Lo que tenían previsto en el manual era colocar en las inmediaciones, no cerca, del módulo lunar, una serie de instrumentos y recuerdos. El saludo en son de paz iba en una placa, atornillada a una de las patas del módulo lunar. Pero además de la bandera,  –que era de aluminio y llevaba asta y una percha superior, para que apareciera extendida, no ondeante, en las imágenes– recogieron numerosas muestras del suelo, colocaron una antena de comunicación, un contador de partículas solares, una cámara de gran angular que había de filmar la salida de los astronautas y un espejo láser destinado a medir con precisión la distancia de la Tierra a la Luna.

Cuando las tareas estaban finalizando, el control  les llamó y les pidió que se pusieran juntos delante de la cámara. El presidente Nixon les iba a hablar.

–Esta es sin duda la más histórica de todas las llamadas, el día más glorioso en la vida de los americanos. Y de los hombres de todo el mundo. Estoy seguro de que comprenderán, con nosotros, los americanos, la grandeza de este acontecimiento.

Fue Armstrong el encargado de responder:

— Gracias, señor presidente. Es un gran honor y un gran privilegio para nosotros estar aquí en  representación no solo de los hombres de los Estados Unidos, sino de los hombres de buena voluntad de todas las naciones.

Recogieron más muestras del suelo lunar e instalaron un sismógrafo. A las 23’36 la central de Houston les informó que llevaban ya dos horas y doce minutos en la superficie de la Luna. Diez minutos después, llegó el segundo aviso: les quedaban tres minutos para iniciar las operaciones de regreso. Misión cumplida. Solo quedaba tirar por la escotilla lo que no necesitaban, incluida alguna cámara de alta precisión, cerrar la puerta y largarse. A las 00’21 del lunes 21 de julio, hora americana, soslayaron los problemas de comunicaciones con una antena direccional y Houston informó a  Collins, el navegante solitario, que sus compañeros ya estaban en el módulo lunar, con presión adecuada, y listos para regresar. Collins, el más discreto y sigiloso de los tres, emitió una palabra solo. “Aleluya!”.

Debían haber dormido algo antes de partir pero no podían. No es fácil hacerlo si uno no tiene donde echarse. Así es que a las 00’54 llegó la hora de la despedida lunar. Cuando le dieron a los botones, el motor del módulo de regreso pegó un empujón, se desancló de la estructura de cuatro patas y despegó levantando una polvareda. En completo silencio porque en el espacio no hay ruidos. Ni mucho después los dos astronautas lunares se encontraron con el que les había esperado en órbita. Las máquinas se acoplaron y la tripulación, instalada en el módulo de comando, fue otra vez de tres. Más una generosa colección de piedras, polvo y la señal de las particulares solares en el instrumental adecuado. El impulso de los motores sacó de la órbita lunar, más tarde, al módulo donde los tres astronautas regresaron a la Tierra.

Lo hicieron tres días después, a base de maniobras que fueron perfectas. En concreto en el Océano Pacífico. Aunque a causa del mal tiempo se acordó desviar el encuentro con el portaaviones “Hornet” unos 400 kilómetros. La cápsula cayó el mar poco antes de mediodía y los astronautas pisaron la cubierta del portaaviones a las 13,06 del 24 de julio de 1969. Pero, vestidos con trajes de protección biológica, fueron conducidos de inmediato a una especie de rulot de aluminio donde estaba previsto que pasaran — como los navegantes antiguos– una cuarentena.

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Llévame a la Luna (14)

El gran momento

A las tres de la tarde y seis minutos (siempre hora de Houston, en España seis horas más, las 9’06 de la noche) se encendió el motor del módulo lunar y el vehículo adoptó una órbita descendente, ante la emoción de millones de telespectadores.

En modo alguno hay que pensar en una bajada “de ascensor”. Desde los 12 kilómetros de altura había que bajar al suelo en un descenso continuado pero con la nave viajando sobre el territorio lunar a muy alta velocidad. Para aterrizar en el lugar previamente señalado. Mal comparado, la trayectoria parabólica a seguir era como la de un avión que empezase a descender sobre Mallorca para enfilar, sin errores ni segundo intentos, la pista de Manises, diminuta a la hora de la verdad.

Pero lo hicieron bien, a pesar de algunos problemas de comunicaciones. Sobre todo porque los astronautas, a fin de cuentas pilotos de pruebas, tenían, en aquel módulo lunar, más autonomía de decisión, más capacidad de corrección y maniobra que la que 50 años después conceden algunos modelos de aviones, que están causando problemas porque confían casi toda la decisión crítica a las computadoras de a bordo, relegando el papel del comandante.

Nueve minutos después del encendido, el módulo lunar, con sus cuatro patas bien abiertas, está a unos doscientos metros sobre el suelo; la siguiente señal lo presenta, sin embargo, a 30 metros de altura. Pero en la siguiente se había elevado a 150. Los pilotos, atinadamente, desconectaron el sistema automático de bajada y maniobraron para subir, lo que les evitó descender dentro de un peligroso cráter sembrado de pedruscos.

Las comunicaciones son muy técnicas, llenas de datos y parámetros. Pero los astronautas deslizan comentarios interesantes para la historia:

— !Hemos visto nuestra sombra ahí fuera!

— !Levantamos polvo…!

Luego, con la austeridad solemne prevista en el manual, se produjo la frase más esperada de la historia de la astronáutica:

— Aquí Base de la Tranquilidad. !Águila ha alunizado!

Y ya está. Telón rápido. Fin del primer acto. En Houston es media tarde y en Europa ya es de noche.

Pero había prisas

El plan de vuelo de los manuales incluía que, una vez el vehículo alunizara, los dos astronautas, Armstrong y Aldrin, se relajaran, comieran un poco y durmieran cuatro horas. Pero la expectación universal era máxima, empezó a rondar el temor de que las cosas se complicaran y la prisa se instaló en todas partes. Mejor adelantar los acontecimientos. Mejor que, si hay que bajar, sea cuanto antes: mira, en coincidencia con los telediarios del anochecer del domingo, cuando millones de espectadores están cenando y viendo el telediario, entre las seis y las nueve. A la hora prevista en un principio, la medianoche del domingo al lunes, la gente ya no aguanta porque tiene que madrugar al día siguiente para ir a trabajar.

Los patrocinadores de los noticieros no presionaron, pero se alegraron del afortunado adelanto. Incluso el presidente, que tenía previsto hablar con los muchachos cuando todo estuviera hecho, prefería antes que después. Y el caso es que, decidido el adelanto… hubo retraso. Porque se demoraron a la hora de ponerse los otros trajes, los de supervivencia lunar, los engorrosos PLSS que llevan de todo, blindan al astronauta de todos los peligros, les dan una movilidad reducida a pesar de que la gravedad en la Luna solo es la sexta parte que la terrestre y, a fin de cuentas,… pesan casi treinta kilos.

El caso es que era de madrugada en España cuando Jesús Hermida, corresponsal de TVE en Estados Unidos, comenzó una charla descriptiva emocionante, vibrante, retórica pero inolvidable para la historia del periodismo español. Las imágenes no eran buenas; predominaban los blancos, las rayas y veladuras, las ondulaciones de la imagen. Pero era una retransmisión –!desde la Luna nada menos!– que conmovía a los que realmente creíamos que se estaba realizando una proeza del afán humano por progresar.

La señal televisiva iba desde la antena del módulo lunar hasta una antena, grande como una plaza de toros, que aún funciona en Fresnedilla-Robledo de Chavela, en la provincia de Madrid, que era la estación mundial mejor orientada en ese momento. De allí iba a un satélite repetidor, desde luego americano, que la enviaba al centro Goddard de comunicaciones, en Maryland, donde la rebotaban hasta Houston, Texas.

Se entrevió lo que pasaba: Armstrong, con su pesado equipo, salió por la escotilla y se puso de espaldas en una plataforma, dispuesto a descender por una escalera hasta el suelo. Mira alrededor mientras Aldrin maneja la cámara de televisión. Y empieza a bajar los travesaños despacito, con mucho cuidado de no resbalar.

— Muévete hacia la izquierda. Okey, ahora está mejor.– le dijo Aldrin a Amstrong.

Desde el módulo, Aldrin orientó a Armstrong en su bajada. Le dio las fundas destinadas a recoger muestras lunares y aflojó un poco el tirante de seguridad. Y se oyó en todo el mundo lo que sigue:

— Okey, Buzz (Aldrin). Hde controlado el primer peldaño de la escala y me parece que todo funciona. Los pies del LEM (módulo de mando) apenas se han hundido una o dos pulgadas. La corteza lunar parece estar formada por una gravilla muy fina, casi polvo. Sí, ahora que me estoy acercando más, veo que verdaderamente es muy fina… Bien, estoy a punto de poner el pie en la Luna. Es un paso pequeño para el hombre, pero es un salto de gigante para Humanidad, puesto que… Sí, la superficie es fina y pulverulenta. Puedo recogerla con la punta del pie, porque se adhiere con capas finas como el polvo del carbón a la suela y los costados de las botas. Sólo me hundo una pequeña fracción de pulgada, pero puedo ver mis huellas en esta arena finísima.

— Neil, aquí Houston. Hemos tomado nota de todo lo que has dicho.

El descenso al suelo lunar se produjo a las 21’40 del domingo norteamericano, las 3’47 de la madrugada del lunes en España. Y un servidor de ustedes estaba en la redacción de LAS PROVINCIAS, de guardia durante esa noche mágica, para preparar una edición especial.

Los teletipos dieron la noticia con campanillas de acontecimiento extraordinario. Todavía conservo el que corté, al principio de la gran marea de noticias, opiniones, declaraciones y emociones que vendría a continuación durante toda la noche: “Flash. El hombre pisa por primera vez el suelo lunar. Mar de la Tranquilidad (la Luna), jul, 21, (efe). A las 3,40 de la madrugada (hora de Madrid) Neil Armstrong inició su descenso sobre la superficie de nuestro satélite. A las 3’56 (h. de Madrid) Armstrong fue el primer ser humano que posó sus pies sobre la superficie lunar (Mar de la Tranquilidad). C. 03’57

Animado por el bullicio del momento, el portero del periódico entró en la sala de redacción y echó un vistazo al televisor que se había preparado. Jesús Hermida gritaba alborozado y unas sombras blancas daban testimonio de que el primer paseo lunar se estaba produciendo.

El portero miró a los periodistas con incrédulo:

— A la Lluna? No m’ho crec…

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Llévame a la Luna (13)

El Festival de la Luna

La Fiesta Grande de la Luna, el Festín y Festival político y mediático, la extraordinaria aventura  de pisar el suelo de la Luna por primera vez, empezó a las seis de la mañana, hora de Houston, del día 20 de julio de 1969. A esa hora sonó el “despertador”, recibieron la llamada del control de la misión, aunque los tres, para adelantar acontecimientos, ya habían dedicado buenos minutos a enfundarse los trajes espaciales. También habían desayunado y hecho sus abluciones temprano, como buenos soldados. De modo que repasaron las tablas de control, presurizaron la nave y empezaron a trabajar en lo más delicado, que era situarse: mirar los instrumentos, observar por las escotillas, e identificar este cráter, aquella ondulación, determinada cresta, para saber en qué lugar del Universo se encontraban, dónde estaba el trocito del enorme satélite en el que tenían que descender.

La expectación en la Tierra era colosal. Mucha gente dejó de ir a las funciones religiosas para seguir la retransmisión y en las iglesias de todas las creencias, aún con los feligreses menguados, se elevaron oraciones para que a “los chicos” les saliera bien la trascendental faena.

Antes de tiempo, cuando todavía estaban en la cara oculta de la Luna, Aldrin desplegó las cuatro patas del feo artefacto, “La Araña”, que tenía que depositar a dos de los viajeros en el suelo lunar. Dentro de poco, iba a ser el habitáculo de una tripulación separada: Armstrong y Aldrin pasaron al módulo de descenso lunar y Collins se quedó al mando del módulo central, el de aspecto cónico, que es el que estaba reservado para devolverles a casa. Aun estando en la cara oculta del satélite los tripulantes eligieron, autónomamente, el delicado instante de la separación. Se realizó a la perfección, y sin  palabras ni frases altisonantes, como el que desengancha el remolque de un camión: palancas, botones, desanclaje, y fuera…

Una vez realizada la operación, cuando cada cual flotaba por separado, el módulo lunar usó sus pequeños cohetes y cambió a una órbita más circular, o menos elíptica, de 106 kilómetros máximo y 16 de mínimo, que era la previa a la óptima para descenso. Porque los objetos, en el espacio, no se mueven como vemos en los tebeos y las películas, como si fueran golondrinas cazando mosquitos, de aquí para allá. Si incluso los aviones de combate tienen limitaciones en la atmósfera, los vehículos espaciales se han de mover como la gravedad manda… so pena de acabar, dentro de seis o siete años, tragados por la hoguera del Sol.

En Houston, políticos, invitados de tronío, técnicos, periodistas y mirones llenaban las salas preparadas por la organización pero también las inmediaciones del centro de control que Kennedy había concedido en su día a hombres de confianza del vicepresidente Johnson, colaboradores políticos, dueños en realidad de la NASA y del estado de Texas, que lo administraban todo, incluso los contratos, dentro de un programa cifrado en 25.000 millones de dólares.

Cuando las dos naves entraron en la zona visible de la Luna, cuando se reanudaron las comunicaciones, todo estaba en orden, sin sobresaltos, como tenía que estar. Y el coordinador de la misión les recordó que quedaban pocos minutos para la hora de la verdad: el encendido de los motores del módulo lunar para que cambiara su trayectoria por otra de descenso. A ser posible donde se había determinado, en el Mar de la Tranquilidad.

— Me gusta ese nombre– dijo uno de los astronautas–. Suena mejor que el Mar de la Crisis, que no sé quién lo pondría.

Otro compañero más leído le recordó el nombre del astrónomo antiguo, autor del bautismo. Pero el tercero recordó que no había tiempo para la erudición: estamos en lo que estamos.

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Llévame a la Luna (12)

Oriana Fallaci, en busca del heroísmo

En último desayuno terrestre, en Cabo Kennedy, los astronautas tomaron un bistec, huevos, café y zumo de naranja. Pero a bordo del complejo Apolo, en el viaje espacial a la Luna, hubo que recurrir, claro está, a otras formas de alimentación, sin duda igualmente nutritivas, pero mucho menos atractivas por su forma y presentación.

Una de las periodistas que se ocupó de ese tipo de cosas, de los aspectos más cotidianos y humanos de la misión lunar, fue Oriana Fallaci (1929-2006). Oriana, que tenía en ese momento cuarenta espléndidos años, estaba en lo mejor de su carrera después de haber pasado por varias guerras y revoluciones, incluido Vietnam, el México de la plaza de Tlatelolco (1968) y haber entrevistado a famosos personajes del mundo. Las revistas ilustradas europeas — en España “Gaceta Ilustrada”– compraban sus trabajos con la seguridad del éxito. Y con esa seguridad, Oriana fue proyectada, entre 3.200 informadores de todo el mundo, como la gran reportera de Europa en el viaje del Apolo XI, como testimonia el libro “Quel giorno su la Luna”, que reúne sus reportajes.

A Oriana le interesaron muy especialmente los asuntos de la fama y el heroísmo. Y le decepcionó que los tres astronautas dieran, en su última rueda de prensa respuestas “de una frialdad extraordinaria” y de “una banalidad desconcertante”. “Los pobrecitos –añadió– no han hecho nada, durante lo que podríamos llamar rueda de prensa, para hacerse algo más simpáticos… Intentaban combatir su timidez”.

Oriana hablaba, sin embargo, del heroísmo y de cómo la vida de los tres viajeros iba a cambiar, quisieran o no, después del viaje. La periodista buscaba la vena humana del que ha sido puesto en una misión de relieve universal, y sin embargo no es más que un técnico, un piloto de pruebas, un ejemplar humano que sí siente y padece, pero está adiestrado para que eso en modo alguno altere el trabajo que tiene que hacer.

Y en esas disquisiciones de la prensa y el público pasaron los tres días del viaje –17, 18 y 19 de julio, jueves, viernes y sábado– sin grandes novedades a bordo. Si exceptuamos algunos fallos menores de indicadores, alguna dificultad para operaciones rutinarias programadas y una extremada puntualidad que hizo que el Apolo se adelantara 4 minutos sobre el horario de trabajo previsto y cronometrado por los diseñadores de la misión.

De modo que hicieron una corrección de maniobras y dejaron de hacer otras dos que ya no fueron necesarias, cumplieron con  sus tareas y ejercicios, comieron y durmieron sin especiales alteraciones, colaboraron en las emisiones de televisión que habían pedido de antemano las grandes cadenas americanas, explicaron los aparatos que tenían más a mano, mostraron cómo se hacen las cosas sin gravedad… y no entraron en el tema por el que una periodista europea, Oriana Fallaci, estaba interesada, como tantos otros informadores del mundo: que le pasa a una persona cuando tiene que hacer una misión de gran trascendencia histórica, hay millones de humanos que le están mirando, y además maneja máquinas con las que se juega la vida a cada instante.

Estos días, viendo reportajes viejos, he visto que un periodista le preguntó a Armstrong si no se sentía como Cristóbal Colón. Y después de sonreír dijo que no. “Colón no sabía bien adónde iba– respondió quitando todo heroísmo a su trabajo–; nosotros tenemos claro dónde vamos y lo que hemos de hacer”.

… Y a mediodía del 19 de julio el Apolo XI y sus tres viajeros se “escondieron” tras la cara oculta de la Luna y se interrumpieron las comunicaciones.

Fotos.- La periodista Oriana Fallaci, el módulo de comando fotografiado desde el lunar, y la zona del alunizaje de Armstrong y Aldrin. 

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Llévame a la Luna (11)

El esfuerzo de Walter Cronkite

Walter Cronkite, el más famoso presentador de la televisión norteamericana, gritó “!Vamos, cariño!” cuando el cohete Saturno empezó a despegar lentamente. A sus 53 años, el veterano periodista tuvo pendientes del despegue a millones de telespectadores de la CBS durante la mañana del 16 de julio. Su credibilidad, su respetabilidad, se combinaron para lograr que la mera información, contar en directo lo que estaba pasando, alcanzara el tono de epopeya que en realidad contenía. Cronkite (1916-2009) se mostraba muy ilusionado con la aventura espacial como elemento de regeneración del ánimo de los americanos. El año anterior había contado el asesinato de Robert Kennedy y de Martín Luther King; y había viajado a Vietnam para hacer evidente en sus crónicas que la guerra que Estados Unidos sostenía tan lejos había perdido su sentido y estaba en punto muerto. Dicen que el presidente Johnson mostró con realismo su decepción y tomó la decisión de no volver a presentarse a las elecciones: “Si he perdido a Cronkite, he perdido a Estados Unidos”.

Cronkite, presentador de las noticias de la tarde de la CBS entre 1962 y 1981, trabajó casi tanto como los astronautas en julio de 1969. De las 30 horas cruciales que la tripulación pasó en las inmediaciones de la Luna o en el suelo mismo del satélite, él estuvo 27 horas emitiendo en directo.

Cuando los astronautas llevaban 2 horas y 44 minutos de vuelo hubo otro momento clave: después de dar dos órbitas a la Tierra llegaba el momento de salir de la influencia del planeta y ponerse en camino a la Luna. Todo salió bien. Y comenzó un viaje de 380.000 kilómetros en el que había que invertir tres días cargados de actividad. La primera fue separar los módulos de mando y de servicio; Collins quedó en el vehículo de mando, que se separó unos 30 metros, se dio la vuelta y se acopló al módulo lunar. Una vez certificado el acoplamiento, el módulo de mando empleó sus propulsores y sacó de la tercera fase del cohete al módulo lunar ensartado.

Esa configuración es la que tenía que hacer el viaje hasta la Luna y las operaciones previstas en sus inmediaciones. La tercera fase del grandioso cohete, en ese momento, dejó de ser una herramienta útil; de modo que, agotado ya su combustible, fue derivada al espacio en una órbita que le habría de llevar, quién sabe cuándo, hasta la inmediaciones del Sol. A los astronautas, sin embargo, les quedaba tomar una importante determinación para su seguridad y su confort: hacer que todo el complejo en el que viajaban a 7.800 kilómetros por hora, tuviera un suave giro sobre su eje, con el fin de no exponer una parte a la luz solar todo el tiempo y la otra en la sombra: en pocas horas eso hubiera sido fatal para la máquina y sus habitantes.

A las 13 horas y pico del lanzamiento, el Apolo XI estaba a 123.000 kilómetros de la Tierra. De modo que llegó para los astronautas de ocuparse de sí mismos, comer y dormir. Armstrong, dicen los datos de la historia, durmió siete horas sin necesidad de pastillas; Collins y Aldrin descansaron algo menos, solo cinco horas cada uno. Pero todos siguieron con fidelidad la pauta horaria de los Estados Unidos y, cómo no, el ritmo secuencial de los grandes telediarios emitidos por las cadenas de costa a costa. Los informativos de Walter Cronkite, por cierto, como ahora se puede ver en numerosos reportajes, estaba patrocinado por los cereales Kellog’s.

Fotos.- El periodista Walter Cronkite; el control de la misión, en Houston, y una figuración que muestra los módulos lunar y de mando en el momento de dejar atrás la tercera fase.

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Llévame a la Luna (10)

Que nos vamos…

Al final, seguramente, los que menos nerviosos estaban eran los tres astronautas. Porque ellos, a través de su entrenamiento y su formación, tenían asumido que eso –viajar a la Luna– les podía ocurrir, les tenía que pasar, si todo iba bien, antes o después. Y desde hacía meses sabían que les había tocado en suerte, a ellos tres, el vuelo definitivo, el “de verdad”, el numerado como Apolo XI.

Había miles de periodistas y millones de espectadores. En Houston estaban todos, cientos de técnicos, delante de sus monitores, atentos y obedientes a Deke Slayton, el jefe de equipo de la misión, el interlocutor válido con los astronautas. Muy lejos, en Cabo Kennedy, Florida, estaba todo a punto para el lanzamiento, con la cuenta atrás en marcha y sin alteraciones. El perímetro de seguridad era de cinco kilómetros, como de costumbre. Y se calcula que en la zona, alrededor de la base, podía haber un millón de personas apostadas esperando ver surgir una llamarada sobre el horizonte llano y pantanoso.

El 16 de julio de 1969, temprano, sobre las seis y media de la mañana, se los llevaron a bordo de un vehículo especial hasta la rampa de lanzamiento. Llevaban ya el traje de vuelo puesto y saludaban amistosamente. Los tres, Aldrin, Collins y Armstrong, parecían animados y felices, dispuestos y seguros. Un alto cargo de la NASA tenía que decir algo a la prensa y se mostró particularmente creativo: “Bueno, están como cualquiera de nosotros cuando salimos de casa por la mañana a trabajar…”

El monstruoso cohete Saturno, con todo su equipamiento lunar, estaba siendo atendido por docenas de técnicos que se fueron retirando según el protocolo previsto. El artefacto, de más de 100 metros de altura, tiene en su extremo una cápsula cónica donde los tres viajeros son introducidos, en el curso de una operación lenta, minuciosamente ensayada, programada en todos sus detalles de tubos, conexiones, microfonía, anclajes, asientos y paneles de mando. Las escotillas se cierran y los auxiliares se retiran; la expectación sube y los periodistas ya no saben con qué palabras arengar a espectadores que se van sumando a la audiencia de las grandes cadenas conforme se acercan las nueve de la mañana.

Los técnicos se cruzan mensajes y revisan luces, sondas, monitores y parámetros. La carga de combustible, la temperatura, el mapa del tiempo, el viento, la humedad, la presión dentro y fuera de la cabina. Las comunicaciones se verifican y los circuitos se van poniendo con adornos de luz verde. Todo va bien, todo está listo, todo se enciende y la cuenta atrás llega al dramático… diez, nueve, ocho…

Las 3.000 toneladas del cohete se mueven y empiezan a elevarse a las 9’32 de la mañana, hora de Florida. El viaje se inicia y en los primeros diez segundos el cohete quema 140 toneladas de combustible. Conforme a las previsiones, la máquina va consumiendo su propio peso al tiempo que aumenta de velocidad y pierde resistencia en la atmósfera. Cuando se enciende la tercera sección, durante solo dos minutos y medio, el vehículo y sus tripulantes están a una altura de 185 kilómetros, han pasado los momentos más tensos de aceleración y están en una órbita estacionaria de la Tierra volando a unos 28.000 kilómetros por hora.

Millones de personas han seguido el lanzamiento en sus hogares, con creciente interés. Pero cuando las pantallas muestran solo una rayita luminosa, el locutor ha agotado sus adjetivos y la cadena pone unos anuncios, que llevan sobrecargo especial. La aventura de la Luna está en marcha… Y ahora parece que va en serio, con toda su sobrecarga de riesgo, emoción, incertidumbre y gloria.

En Houston, que se encarga del vuelo desde el instante del lanzamiento, todos los indicadores son positivos y la voz de los tripulantes suena serena y firme. Hacen su trabajo ordenadamente y, sin florituras, dicen que todo va bien a bordo. Nos vamos… rumbo a la Historia.

Fotos.-Los tres astronautas, camino del cohete; los tripulantes Armstrong, Aldrin y Collins. La portada del “Chicago Tribune” del día 17 de julio de 1969.

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Llévame a la Luna (9)

Apolo XI: Elegidos para la gloria

Los tres habían nacido en 1930. Los tres fueron designados, tras un proceso de entrenamiento durísimo, para formar parte de la tripulación que habría de pisar la Luna por primera vez. El 16 de julio de 1969, ahora cincuenta años, los tres fueron confinados con una semana de anticipación en las instalaciones especiales de Cabo Kennedy. Los equipos médicos no querían que fueran atacados por ningún virus o bacteria como había ocurrido con el colega Schweikhart en el vuelo del Apolo IX. De modo que la cena que el presidente Nixon quería haber tenido con los tres héroes, poco antes del “Día D”, tuvo que ser cancelada.

El mundo había enloquecido, en el mes de julio de 1969, al compás de las noticias sobre el Apolo XI y la inminencia de una posible llegada a la Luna. Millones de niños sabían que el módulo de  mando se llamaba Columbia, como el cañón con el que Julio Verne envió a la Luna a los astronautas de su famosa novela, y que el módulo lunar se llamaba Águila, por ser el animal emblemático de los Estados Unidos pero en la práctica parecía una araña desgarbada.

Todo el mundo estaba emocionado en el verano de 1960… menos los tres astronautas, que haciendo gala de su responsabilidad profesional eran serios y transmitían pocas emociones. Ellos estaban a lo suyo, ensayando una y otra vez complicados manuales de operaciones, memorizando datos y procedimientos para un viaje que todos podían magnificar menos ellos, que lo protagonizaban.

Neil Armstrong, el comandante de la tripulación, y el primer hombre que puso el pie en el satélite de la Tierra, es un piloto civil. Edwin Aldrin, el piloto del módulo lunar, que bajó a la Luna junto con Armstrong, es piloto militar. Michael Collins, el piloto del módulo de mando, que aguardó el viaje de ida y vuelta de sus dos compañeros, es también piloto de la Fuerza Aérea.

Los tres habían formado parte de misiones y tripulaciones anteriores. Los tres, procedentes de lugares distintos de los Estados Unidos, llevaban a las espaldas años de entrenamiento y duras pruebas físicas, psicológicas y médicas.

Neil Armstrong, nació en un pueblo de Ohio, Wapakoneta, que ahora vive básicamente de su recuerdo y del Museo Espacial que centra el interés de miles de turistas. Casado y con dos hijos, Armstrong subió al espacio en marzo de 1966, junto con David Scott, a bordo de la cápsula Gémini 8. Pensando en lo que habría de venir, el trabajo de esa misión fue la de atracar y desconectar dos vehículos espaciales, una operación que requiere la precisión de un relojero y nervios de acero. A los 19 años, Armstrong ya era aviador de la Marina, con la que hizo operaciones en la guerra de Corea. Sus estudios fueron de ingeniería aeronáutica, lo que le llevó a ser piloto de pruebas. Armstrong estuvo a los mandos del X-15, con el que hizo vuelos extremos a 60 kilómetros de altura y a velocidades superiores a los 6000 kilómetros por hora. Fue admitido como astronauta en 1962, con 32 años.

Edwin Aldrin también viajó al espacio en el año 1966; lo hizo en el último de los vuelos Gémini, el número 12, en el que tuvo como compañero a James Lowell, uno de los tres tripulantes del Apolo VIII. En aquella primera ocasión, Aldrin ya hizo una proeza, dado que estuvo cinco horas y media fuera de la cápsula, moviéndose con un traje espacial que luego le habría de resultar familiar. Sus fotos de un eclipse solar fueron las primeras que se tomaron desde el espacio, en un viaje que sirvió, sobre todo, para probar las formas de amarre de los astronautas que salían al espacio. Nacido en Montclair, Nueva Jersey, Aldrín, piloto militar, voló en la guerra de Corea y luego estuvo al frente de un escuadrón de bombarderos destacados en Alemania. Fue admitido como astronauta en 1963 cuando contaba con más de 3.000 horas de vuelo. Estaba casado y tenía tres hijos.

El tercer tripulante del Apolo XI fue Michael Collins, que entró también en 1963 en la selección de los astronautas. Nació en Rima, la capital italiana y fue piloto militar de pruebas, con más de 3.000 horas de vuelo. Junto con John Young, participó en la misión Gémini 10, en julio de 1966, que en aquel momento batió el record de altitud de una tripulación y trabajó en maniobras de acoplamiento de naves espaciales. En su viaje inicial, Collins salió al espacio en dos ocasiones. Estaba casado y tenía tres hijos.

Fotos.- Portada de “Blanco y Negro” de julio de 1969; el emblema de la misión lunar; los astronautas en su última rueda de prensa antes del viaje, y el cohete Saturno preparado.

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Llévame a la Luna (8)

Apolo X: Ensayo general con vestuario

Con el Apolo X, la expectación del mundo sobre la próxima llegada del hombre a la Luna se hizo tangible. Entre otras razones porque la misión, que se desarrolló, entre el 18 y el 26 de mayo de 1969, fue idéntica a la definitiva, salvo en el detalle de “bajar” físicamente a la Luna. En efecto, los astronautas Stafford, Young y Cernan fueron elegidos para ver el pastel sin tocarlo. Dieron dos órbitas a la Tierra, partieron hacia la Luna e hicieron el trayecto con el módulo lunar a cuestas y luego le dieron 31 órbitas al satélite. Young se quedó en el módulo de mando, a 100 kilómetros de altura sobre los cráteres, y Cernan y Stafford, a bordo del módulo lunar, la llamada “araña” de cuatro patas, orbitaron a más baja altura, a unos quince kilómetros de un suelo que les estaba vedado pisar.

Los vuelos Apolo 9 y 10, como es evidente, fueron grandes ensayos del undécimo y decisivo. Equipos, materiales, comunicaciones, protocolos, maniobras, programas de ordenador… todo fue probado una vez y otra, ensayado minuciosamente hasta formar largas listas de detalles, defectos y preguntas a resolver en favor siempre de la seguridad y la eficacia.  Una de las tareas de las misiones 9 y 10 era la de probar la perfección de los trajes presurizados con los que los astronautas deberían moverse en la Luna en algún momento. Se trataba de trajes de siete capas protectoras especiales, presurizados y protectores tanto del calor y del frío como de radiaciones y de posibles micrometeoritos: respirar bien, no agitarse al caminar, comunicarse con corrección, ver y ser visto… eran algunas de las exigencias de un traje que costaba una fortuna y estaba hecho a la medida de cada astronautas, desde los guantes a los zapatones. El peso total de la impedimenta lunar es de 27 kilos.

En el viaje del Apolo X hubo también un momento emocionante de fallo general. La tarea de los dos astronautas era sacar fotos, cuantas más mejor, del punto –el Mar de la Tranquilidad– elegido como prioridad principal para el aterrizaje final en la Luna. Pero de repente el módulo lunar, que volaba a 15 kilómetros de altura media pero pasaba a solo 7.000 metros de algunas grandes cordilleras, empezó a girar sin control. Los astronautas pasaron los sistemas a control manual y recondujeron el problema, que hubiera sido muy grave en pocos minutos; la causa, probablemente, estuvo en que alguien se equivocó en el pupitre de control de Houston al ponerle datos erróneos al programa de ordenador.

El 26 de mayo, los tres astronautas cayeron en un punto predeterminado del Océano Pacífico donde las estaba esperando un portaviones con equipos de rescate especializados y entrenados. Este tipo de operaciones de localización y “pesca” de la cápsula y sus tripulantes requieren un adiestramiento muy especializado: en las primeras misiones Gémini hubo fallos, sobre todo porque las cápsulas caían muy lejos del punto calculado, y una de ellas se perdió en el mar; los astronautas fueron rescatados en una balsa. Normalmente, en los vuelos Apolo todo salió bien y los tripulantes cumplieron el protocolo de esperar dentro de la cápsula que va provista de flotadores y debe ser izada a bordo para los estudios posteriores.

Ni que decir tiene que todos los vuelos Apolo se hicieron posibles gracias a una red mundial de comunicaciones que permitía estar conectados con los astronautas en cualquier posición horaria, excepto cuando el módulo lunar estaba sobrevolando la cara oculta del satélite. Uno de esos puntos de comunicación ha estado y está en España, en Robledo de Chavela, Madrid, A esta estación le correspondió el turno de trabajo en el momento crucial en que el Apolo XI llegó a la Luna y un astronauta puso el pie en ella.

Fotos.- La “salida” de la Tierra en el horizonte lunar; el módulo lunar y el mando, fotografiados por separado, y los tres astronautas en el portaaviones de rescate.

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Llévame a la Luna (7)

Apolo IX: Los Soyuz dan la réplica

La América que en la Navidad de 1968 se emocionó con la lectura bíblica de los astronautas del Apolo VIII, había pasado el año bajo el impacto de los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy. Sin contar con que las cosas, en Vietnam, iban de mal en peor. Pero en esa Navidad, un Richard Nixon que había ganado las elecciones estaba a la espera de tomar posesión del cargo, en enero de 1969.

Nixon, siendo vicepresidente de Eisenhower, había creado la NASA en 1959. De modo que favoreció a la NASA en sus necesidades: la carrera del Apolo, la expectativa de la Luna, venían muy bien a su mandato. Y eran inmejorables tanto para cubrir las decepciones y problemas de Vietnam como para el desarrollo de la tecnología y la economía.

Los soviéticos, tras el parón del accidente de Komarov, reanudaron sus vuelos pocos días después del regreso del Apolo VIII. En una misión de 94 horas, el cosmonauta Beregovoy, que con 47 años era el hombre más “viejo” de los que habían subido al espacio, intentó una operación complicada que no estuvo acompañada por el éxito: acoplar la nave Soyuz 1 con la 2, un paso interesante para lo que los rusos parecían perseguir, que era ensamblar piezas, como en un mecano, hasta formar estaciones espaciales orbitales grandes y autosuficientes.

Los soviéticos lograron su empeño en junio de 1969, cuando la Soyuz 4 se amarró a la Soyuz 5 para formar un armatoste espacial mucho más grande que una locomotora. Mientras Shatalov se quedaba “de guardia”, Yeliseyev y Khrunov, tripulantes de la Soyuz 4 pasaron a las dependencias de la 5 y fueron recibidos por su camarada Volynov, ceremonia retransmitida al mundo comunista con el beneplácito del presidente Leónidas Brezhnev y su gobierno del Kremlin.

Los cuatro volvieron a tierra con algún sobresalto. Como pasaba con las cápsulas de los norteamericanos, los fallos mecánicos eran frecuentes y las Soyuz, algo más rudas en su diseño, los tenían con frecuencia. En este caso, según se ha sabido años después, muchos pernos de ajuste fallaron cuando no debían. Con todo, la anécdota mejor fue la de Volynov, que perdió varios dientes porque la “reentrada” siberiana de su cápsula fue algo más violenta de lo previsto; como en medio de la estepa se retrasaron los servicios de rescate, el duro cosmonauta salió de la cápsula por su propio pie y pidió asilo en una choza de campesinos que recibieron asombrados a un cosmonauta mellado. En “la calle” hacía 38 bajo cero.

Del 3 al 13 de marzo de 1969, Nixon tuvo su “momento Apolo”. Fue la misión IX de la serie, dedicada a trabajar ya, seriamente, con el módulo lunar, dado que la inminencia del viaje a la Luna se traslucía en el sentimiento de todos. McDivitt, Young y Schweickart dieron 151 vueltas a la tierra a lo largo de 241 horas de misión sin especiales problemas ni incidencias reseñables. El módulo lunar, para hacer su cometido en la Luna, tenía que ser desacoplado y manejado con sus propios cohetes inyectores.

Todo funcionó bien, excepción hecha de unos mareos pasajeros que sufrió Schweickart… pórtico de lo que al final resultó ser un vulgar resfriado, trascendental si uno está de viaje cerca de la Luna. Una de las pruebas clave de la misión, la de abrir la escotilla y probar el traje espacial fuera del módulo de mando, la había realizado el día anterior con toda corrección. Sin estornudar.

Fotos.- El espectacular lanzamiento de una misión Apolo. Las naves Soyuz 4 y 5 y el cosmonauta Beregovoy, de accidentado regreso a tierra. Finalmente, el astronauta Schweickart “asomándose” al exterior durante la misión Apolo IX.

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