La paella de Dimitri Kessel

Hace 50 años, un famoso fotógrafo internacional, Dimitri Kessel (1902-1995), llegó a Valencia y fue entrevistado por Ricardo Dasí, junior, un periodista que presumía, con razón, de no perderse a nadie con alguna historia que contar que pasara por la ciudad. Kessel, que venía avalado por el sello indiscutible de la editorial “Time/Life”, era una estrella del fotoperiodismo mundial; un reportero de lujo que viajaba con ayudante personal, y que encontró en Dasí, además, un colaborador eficaz: un conocedor del terreno que le condujo hasta El Saler, donde se guisó la paella que tenía que ser objeto del reportaje.

La entrevista al fotógrafo fue jugosa. Kessel, nacido en Kiev, Ucrania, había empezado a conocer mundo en la guerra civil rusa de 1919. Estudió luego en Moscú; pero muy pronto pudo cumplir su sueño de emigrar a Estados Unidos, empujado también por su ascendencia judía. En la tierra de promisión, trabajó en docenas de oficios industriales y terminó especializándose, hacia 1935, en la fotografía, primero industrial y más tarde periodística.

Su gran oportunidad llegó en 1939, cuando estalló la Guerra Mundial. La revista “Life” le envió a Europa y fue allí, en los campos de batalla, donde Kessel se curtió haciendo los mejores reportajes de la liberación de Grecia. Hasta que se jubiló, en 1974, Kessel continuó vinculado a la revista ilustrada y a su editorial: durante 30 años fue uno de los veinte fotógrafos fijos, de la plantilla, (había otros quince “free-lance”), un privilegio que en los buenos tiempos del fotoperiodismo solo alcanzaban los mejores del mundo.

Los fotógrafos estaban a las órdenes del redactor jefe de Nueva York. Kessel, que vivía en Paris, donde se hizo buen amigo de Matisse, igual recibía el encargo de fotografiar la boda del Aga Kahn que de ilustrar un libro sobre arquitectura europea o informar de las tensiones entre la Unión Soviética e Irán. En 1948 fotografió a Franco de cacería y en 1953 la expulsión del Sha de Persia. La muerte y elección de los papas, los viajes de la reina de Inglaterra, los grandes acontecimientos europeos solían ser cubiertos por un profesional baqueteado y experto, conocedor de idiomas y de recursos. Un viajero del mundo respetado por la revista, que contaba con él, también, para toda su amplia gama de libros sobre viajes, arquitectura y paisajes.

En la entrevista que le hizo Ricardo Dasí, Kessel desveló el secreto que le trajo a Valencia. Cuando estaba fotografiando por todo el mundo los vestigios de lo que fue el Imperio Británico, le mandaron parar y dedicarse unos meses a la cocina española y portuguesa. La editorial neoyorkina había concebido un proyecto grandioso: sacar al mercado, paulatinamente, 24 libros de cocina y gastronomía, con recetas, que habrían de ser escritos por los mejores especialistas americanos. Cada libro tendría una tirada de 400.000 ejemplares, una cifra que vista con ojos españoles asombraba.

La llegada de Kessel a Valencia, con su ayudante Jeffrey Jones, tenía como objetivo obvio la paella, el plato más popular de España, que terminó siendo, con toda naturalidad, la portada del libro. Ricardo Dasí hizo las gestiones precisas en un restaurante del Saler, pero no dejó escrito su nombre. El maestro fotógrafo se conformaba con llegar en un coche con chofer, hacer el reportaje… y comerse al final el producto. Así las cosas, no ha sido posible identificar quién cocinó la paella que sirvió para la portada y que en el interior, describía el proceso de guiso. En la foto que insertamos, fácil de localizar en la red, vemos una opulenta mezcla de carne y langosta, o quizá bogavante, que a lo mejor hoy en día no es calificada como ortodoxa. Pero que sigue siendo el reclamo de un libro que Amazon tiene a la venta en su catálogo… medio siglo después.

Kessel seguramente disfrutó, haciendo las fotos y tomándose un buen plato de arroz. En la entrevista a Dasí, Kessel dijo que en su casa de París tenían una cocinera vasca, y que hacía paella no menos de dos veces por semana, porque era un plato que encantaba a todos. Aunque la imagen que podemos ver, 50 años después, no sea la preferida de los puristas de la paella. O sí.

(Cuatro imágenes de Kessel para la editorial Life/Time: la de la paella, en la portada del libro y en la del recetario. Las otras, de tono bien distinto, muestran sucesos revolucionarios en Grecia, en los años cuarenta, y una escena de flamenco en España).

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Massiel, novia de la España de 1968

* Joan Manuel Serrat, que recibió el encargo en primer lugar, fue sustituido a toda prisa cuando exigió cantar el tema del Dúo Dinámico en catalán.

* El ministro Manuel Fraga no consintió la pretensión y la joven cantante madrileña triunfó ante el “Congratulations”, de Cliff Richard.

La España que se apresta a escuchar en el Festival de Eurovisión a Rodolfo Chikilicuatre, la España que en buena medida le ha seleccionado para hacer chacota del propio festival, vibró tal día como hoy, hace cuarenta años, cuando las votaciones de los países participantes dieron el triunfo a una jovencita casi desconocida, Massiel, que sin más armas que una bonita voz y una llamativa minifalda conquistó el corazón de Europa. Los jóvenes que hoy se burlan de un Festival anticuado y obsoleto, del intenso aroma a naftalina de estos eventos de la canción melódica, deben saber que sus padres y sus abuelos, en 1968, se enternecieron hasta las lágrimas cuando vieron que la joven Massiel alzaba los brazos en triunfo. La del 6 de abril de 1968 fue para España una noche memorable, una intensa velada de emociones y lágrimas. Millones de espectadores se agolparon ante un televisor en blanco y negro para ver a las 10 menos diez de la noche la carta de ajuste de Eurovisión y el inicio del festival. Pegados a la pantalla siguieron el desfile de cantantes y países y una reñidísima votación final en la que los jurados nacionales iban desgranando sus puntuaciones (“one point”, “two points”…) y sostener hasta última hora una gran disputa entre Gran Bretaña, representada por el famoso “Congratulations” de Cliff Richard y España, que concurrió con la pegadiza “La, la, la”, de Ramón Arcusa y Manuel de la Calva, los miembros del popular Dúo Dinámico.

Massiel, nerviosa como un flan, saltaba y daba gritos de alegría cuando, llegados al punto final, conoció su victoria. Toda España se adueñó de la imagen alegre de una cantante de apenas veinte años, un poco dentona, extrovertida y feliz, que lucía una atrayente minifalda. El gran público, los mayores, no sabían mucho de ella; pero los jóvenes ya la habían catalogado como una cantante interesante que recibió el premio de la crítica en el festival de Palma y que, el año anterior, había entrado en el mundo del disco a la moda, el de la nueva canción llamada “de protesta”, con un tema titulado “Rosas en el mar”, compuesto por un joven llamado Luis Eduardo Aute.

Massiel encandiló. Entusiasmó a los jóvenes y gustó a los mayores. Ganar el Festival de Eurovisión, en la España de 1968, cuando eran tantos los sinsabores que recibíamos del mundo exterior, era un gran triunfo que enorgullecía. Por otra parte, en un mundo musical donde las divisiones entre los gustos de los mayores y los jóvenes se habían separado ya muchas leguas a causa de Elvis Presley, los Rolling Stones y los Beatles, Massiel resultó traer un producto musical que era fresco y al mismo tiempo gustaba a todos los paladares.

Detrás, aunque se había publicado muy poco, había una oscura historia semiescondida en el armario de las informaciones delicadas. Era conocida pero diríamos que no divulgada. Y consistía en saber que el encargo inicial de la canción del Dúo Dinámico se había hecho a un joven catalán, Joan Manuel Serrat, que era una revelación de la “nova canço”. Seleccionado en primera instancia, Serrat había ensayado y preparado su canción y estaba dispuesto a acudir al festival, hasta que en un momento dado pidió cantar la canción en catalán.

El Ministerio de Información y Turismo, que dirigía Manuel Fraga con mano aperturista, consideró que esa era una apertura excesiva para los tiempos que corrían. La negativa fue tajante: se cantaría en castellano o Serrat no sería el cantante. Y no lo fue: la negativa trajo de la mano la sustitución por Massiel. Se dijo después que Serrat había estado influido por los círculos catalanistas y universitarios; en un tiempo en que el grupo de cantantes de “Els Setze Jutges” (Raimon, Pi de la Serra, María del Mar Bonet, Guillermina Motta, Enric Barbat, Lluis Llach…) tenían ya una potencia e influencia indudable en la música catalana, se consideró que se trataba de un golpe de efecto de los mentores de la “Nova canço” (Espinàs, Porter, etc.) para hacer política con la cultura.

También se asegura que el ministro Fraga puso en marcha todos sus resortes diplomáticos y sus extensas relaciones para conseguir que los jurados decantaran la noche del Festival a favor de la canción española. El caso es que la canción triunfó en una reñida final y que Massiel pudo abrazar a los autores, al maestro Ibarbia y al famoso locutor José Luis Uribarri que retransmitió la gran final por Televisión Española. La unidad idiomática, intocable todavía en 1968, quedó a salvo de ese modo.

Massiel, María Félix de los Ángeles Santamaría Espinosa, nacida en Madrid en agosto de 1947, es hija de un profesional del mundo de la producción y la representación musical y quiso ser cantante desde muy pequeña. La canción “La, la, la…” fue ensayada y grabada en 24 horas, en unos estudios de San Martín de Valdeiglesias, en las afueras de Madrid. Massiel había regresado con urgencia de México, donde se encontraba en una gira. El famoso vestido de la gala del Royal Albert Hall de Londres, de “Courreges” se lo pagó de su bolsillo. Desde su éxito ha grabado más de 50 discos, con canciones de gran éxito como “Tiempos difíciles”, “María de los guardias”, “Aleluya nº 1”, “Lady veneno” o “Eres”. También ha hecho cine y televisión con desigual éxito. Ha estado casa tres veces: la primera, en el mismo año 1968, con el doctor cirujano plástico Luis Recatero. Después con el político socialista Carlos Zayas y con el periodista Pablo Lizcano.

(Publicado en LAS PROVINCIAS. 6 abril de 2008)

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Tengo un sueño

 

El reverendo Martin Luther King Jr. , ministro bautista y dirigente del Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos, fue asesinado hoy hace 50 años, en Memphis, Tennessee, cuando se encontraba asomado a la galería del Motel Lorraine de la ciudad, a donde se había trasladado para apoyar una huelga local de los empleados de la recogida de basura. Luther King, premio Nobel de la Paz en 1966, tenía casi 40 años cuando cayó fulminado a causa del único disparo que hizo sobre él, con un rifle de mira telescópica, James Earl Ray, un hombre blanco.

Predicador infatigable, abogado de todas las causas, negociador incansable con el poder, el reverendo King recibió en 1964 el Premio Nobel de la Paz.  King nació en Atlanta, Georgia y desde muy joven fue un luchador decidido por la defensa de los derechos de la población negra. Fue presidente del Consejo Directivo de la Asociación de Cristianos del Sur donde, en la línea de Gandhi, estableció su renuncia a toda clase de violencia para conseguir estos objetivos, abogando por una resistencia pasiva. Un año después lograba que en los estados sureños se abolieran algunas leyes discriminatorias con la población negra. El asesino del doctor King fue arrestado en Londres cuatro días después del asesinato. Extraditado a Estados Unidos un mes después, fue juzgado y condenado a 99 años de prisión.

El 28 de agosto de 1963 más de 200.000 personas que habían marchado sobre Washington para apoyar la igualdad de derechos civiles asistieron a uno de sus más famosos sermones-discurso, “Tengo un sueño”, que ha pasado a la historia de la lucha por la igualdad y de la cultura universal. El discurso fue pronunciado ante la gran estatua de Abraham Lincoln, el padre de las libertades norteamericanas. Esta es su parte final y sustantiva, en la que repite varias veces el lema “Tengo un sueño”.

“Yo tengo un sueño que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo, creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales.

Yo tengo un sueño que un día en las coloradas colinas de Georgia los hijos de los ex esclavos y los hijos de los ex propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad.

Yo tengo un sueño que un día incluso el estado de Mississippi, un estado desierto, sofocado por el calor de la injusticia y la opresión, será transformado en un oasis de libertad y justicia.

Yo tengo un sueño que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter.

¡Yo tengo un sueño hoy!

Yo tengo un sueño que un día, allá en Alabama, con sus racistas despiadados, con un gobernador cuyos labios gotean con las palabras de la interposición y la anulación; un día allí mismo en Alabama pequeños niños negros y pequeñas niñas negras serán capaces de unir sus manos con pequeños niños blancos y niñas blancas como hermanos y hermanas.

¡Yo tengo un sueño hoy!

Yo tengo un sueño que un día cada valle será exaltado, cada colina y montaña será bajada, los sitios escarpados serán aplanados y los sitios sinuosos serán enderezados, y que la gloria del Señor será revelada, y toda la carne la verá al unísono.

Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la que regresaré al sur. Con esta fe seremos capaces de esculpir de la montaña de la desesperación una piedra de esperanza.

Con esta fe seremos capaces de transformar las discordancias de nuestra nación en una hermosa sinfonía de hermandad. Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a prisión juntos, de luchar por nuestra libertad juntos, con la certeza de que un día seremos libres.

Este será el día, este será el día en que todos los niños de Dios serán capaces de cantar con un nuevo significado: “Mi país, dulce tierra de libertad, sobre ti canto. Tierra donde mis padres murieron, tierra del orgullo del peregrino, desde cada ladera, dejen resonar la libertad”. Y si Estados Unidos va a convertirse en una gran nación, esto debe convertirse en realidad.

Entonces dejen resonar la libertad desde las prodigiosas cumbres de Nueva Hampshire. Dejen resonar la libertad desde las grandes montañas de Nueva York. Dejen resonar la libertad desde los Alleghenies de Pennsylvania! Dejen resonar la libertad desde los picos nevados de Colorado. Dejen resonar la libertad desde los curvados picos de California. Dejen resonar la libertad desde las montañas de piedra de Georgia. Dejen resonar la libertad de la montaña Lookout de Tennessee. Dejen resonar la libertad desde cada colina y cada topera de Mississippi, desde cada ladera, dejen resonar la libertad!

Y cuando esto ocurra, cuando dejemos resonar la libertad, cuando la dejemos resonar desde cada pueblo y cada caserío, desde cada estado y cada ciudad, seremos capaces de apresurar la llegada de ese día cuando todos los hijos de Dios, hombres negros y hombres blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos, serán capaces de unir sus manos y cantar las palabras de un viejo spiritual negro: “¡Por fin somos libres! ¡Por fin somos libres! Gracias a Dios todopoderoso, ¡por fin somos libres!”

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Homenaje a los héroes anónimos

Y cuando mejor nos lo pasamos, cuando más animadas están las calles, más llenas las cafeterías y hoteles, y más metida en jarana la fiesta… ellos trabajan un poco más. Cien, doscientas, quinientas toneladas… Batiendo records. Son los héroes anónimos de las Fallas, los trabajadores con los que nadie parece querer pararse un rato y hablar. Son los que todas las mañanas le sacan las castañas del fuego a la ciudad y los que cargan con la suciedad que dejamos abandonada en cualquier parte. Los que se llevan las botellas y los vómitos del botellón; los que cargan con las cenizas y restos de la paella; los que recogen lo que dejan los perros y los que se hacen cargo de los recuerdos de los borrachos. Esas cortezas de pipas que nadie se quiere llevar a casa y esa lata de cerveza abandonada, el buñuelo que alguien pisó y las colillas que se tiran en cualquier parte. Los veréis con una chaqueta de color naranja, anónimos y silenciosos, tras las siglas de la empresa SAV. Están en la Ofrenda, pero no visten como los demás. Están en la Mascletà, pero no dicen nada. Están en la Crema, pero aparecen al final. Hombres, y sobre todo mujeres, de la limpieza de Valencia. Os debemos un homenaje. Porque os toca, como siempre, la parte menos bonita de la fiesta. Gracias.

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Elogio de las fallas modestas

“Fallas que no aspiran al premio, sino a la alegría: fallas de plazoleta, allá en el barrio del Carmen, en el del Pilar, en el de Ruzafa, entre un retozo de banderas y percalinas, con falleros más cortos en tracas que en tragos. En las publicaciones falleras no las firma ningún artista de campanillas, sino sencillamente “la comisión”: el zapatero de portal, el carpintero que se pasa la semana dale que le das a la garlopa, el del cafetín que al llegar la fiesta iza las simbólicas ramas de laurel junto a la caldera crepitante de aceite y buñuelos, el empleado que hace de secretario y el “botiguer” que hace de presidente. Fallas pobres con el déficit del año anterior a las espaldas, y música reducida que basta y sobra para el bailoteo y el pasodoble. ¡Y qué, si todo lo que hace falta es fuelle para no parar día y noche!”

(José Ombuena. “Calendario alegre: elogio, para empezar, de las fallas modestas”. En “Valencia, ciudad abierta”. 1971. Editorial Prometeo)

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La doble inauguración del Mercado Central

Los compradores que visitaron ayer el Mercado Central se encontraron con un regalo sorpresa: bajo la cúpula central se obsequiaba a los visitantes a un chocolate con churros. El motivo es que el popular mercado valenciano cumplía 90 años… un aniversario que a no pocos les movió a confusión, en tanto que hasta el año pasado se estuvo celebrando el Centenario de la institución.

–Com quedem? No n’eren cent anys? –decía ayer una vendedora, biznieta de una estirpe de profesionales que estuvo presente ya en la fundación.

Así las cosas, habrá que ir a rescatar la historia completa. El Ayuntamiento, que venía hablando desde 1883 de la urgencia de terminar con el mercado al aire libre que todos los días extendía sus paradas en pésimas condiciones para la higiene y la comodidad, empezó a gestionar la construcción de un nuevo mercado en el año 1908. Y la tarea completa le llevó veinte años.

La primera ceremonia en torno al Mercado la protagonizaron Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia, que el 24 de octubre de 1910 dieron unos simbólicos golpes, con una piqueta de plata, en la casa número 24 de la plaza del Mercado. Se insinuaba, de ese modo, que los derribos para el futuro mercado estaban en marcha; pero lo que había que derribar para obtener un solar de 8.000 metros cuadrados como mínimo eran tres manzanas y un total de 42 casas… lo que se demoró bastanteas años en manos de un Ayuntamiento siempre en números rojos.

Los derribos fueron muy lentos y el concurso del proyecto bastante más. Lo ganaron los arquitectos Alejandro Soler March y Francisco Guardia Vial; pero la primera piedra no se colocó hasta el 30 de diciembre de 1915. Ese es el centenario que el Ayuntamiento celebró a lo largo de todo el año 1916, el de la primera piedra y el inicio de unas obras que fueron tan lentas que el mercado de Colón se adelantó y pudo estar disponible en la Navidad de 1917.

Fue preciso el empujón de un empréstito de 5 millones de pesetas, que solo salió adelante cuando hubo pasado la grave crisis económica de la Guerra Mundial y los depresivos años 1920-1922. El empréstito, puesto en marcha por los ayuntamientos de la Dictadura de Primo de Rivera, hizo posible la terminación de la colosal obra… que para confundirnos más todavía tuvo dos fechas inaugurales.

La primera se produjo el 23 de enero de 1928, cuando todas las autoridades desfilaron por la avenida central del Mercado, todavía no terminado en sus detalles, entre 1.400 pobres que aplaudían y esperaban la comida extraordinaria con que ese día se  les obsequió. La imagen de las señoritas de la buena sociedad sirviendo paella, pescado, pastel y vino a los pobres no es muy adecuada para una evocación actual, razón por la que el Ayuntamiento no la ha subrayado. Ha preferido la fecha de hoy, 15 de marzo, que es cuando el Mercado Central cumple 90 años de su apertura al público. Sin fiesta alguna, abrió puertas y empezó a trabajar.

Con todo, si miramos los periódicos del momento veremos que el día anterior, 14 de marzo, aún había comenzado el derribo de las casetas de obras que rodeaban el nuevo recinto. Y que la pavimentación, alcantarillado y trazado de aceras estaban en mantillas porque el ayuntamiento tomó el acuerdo el 12 de enero. Las subastas de los puestos empezaron el día 11 de enero, con un éxito enorme. Consuela –o no– comprobar que el estilo propio “de la casa”, la improvisación, es una constante valenciana.

Llama la atención comprobar que al abrirse a los clientes, el Mercado Central estaba servido por cuatro líneas de tranvías, un detalle notable porque ahora se ha apartado a los autobuses de su puerta. Cuando empezó a funcionar el Mercado, los sótanos se dedicaron a bisutería, tejidos y géneros de punto. Junto a ellos, allí funcionó también la venta directa de verduras de la huerta, la popular “tira de contar”, que dejó el Mercado de Abastos… pésimamente situado en los solares de San Agustín. Con todo, en la plaza Redonda el Ayuntamiento tuvo otro conflicto cuando los vecinos comprobaron que la venta al detall de pescado se iba al Mercado nuevo pero la mayorista no lo hacía: el salto se hizo más tarde. Siempre con retrasos.

En las imágenes, las dos inauguraciones, la de 23 de enero y la de 15 de marzo.

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Las Fallas y el comercio

Hubo un tiempo en que las Fallas solo se explicaban a través del comercio y de los vecinos de su alrededor. En los barrios había cientos de abonados a la comisión, que pagaban religiosamente una cuota semanal y tomaban con gusto todas las participaciones de Lotería que la comisión podía ofrecer. Pero, por encima de ese menudeo, el apoyo del comercio, la generosidad de las tiendas, los bares, bodegas, restaurantes, confiterías, carbonerías, ferreterías y farmacias, era el verdadero sustento de las comisiones falleras. Por esa razón era normal que, en las fallas de barrio, apareciera el carnicero de la vecindad, con su cara reproducida como “ninot”, o que se aludiera a la pastelería o la sastrería que animaba la vida del barrio.

El tiempo, los cambios de costumbres, el desarraigo de los vecinos –el tendero ya no vive en el barrio y los miembros de la comisión, tampoco– ha roto con aquel esquema. De manera que las comisiones falleras han olvidado las raíces de su barrio y se han dedicado a “importar” negocios de consumo a sus demarcaciones, con el beneplácito de un Ayuntamiento que otorga licencias a mansalva para compensarles financieramente y “comprar” su complicidad. Una falla, ahora, tiene adscritas una o varias churrerías. Pero se adorna también con bares, furgonetas de fritura de embutido y mercadillos donde se va a vender de todo; desde sombreros a muñecas, desde cerámica a bisutería. Para cerrar el panorama, la ciudad, convertida en bazar, recibe a cientos de vendedores del “top-manta” que terminan por saturar rincones y callejuelas.

El enfado de los comerciantes del centro histórico con esta invasión ilegítima es de aúpa; es tan serio como el de los taxistas con los coches Uber, y va cargado con las mismas razones. Pero el deber de un Ayuntamiento es salvaguardar a quienes están radicados y pagan sus impuestos, en vez de proteger a los furtivos. En caso contrario, las comisiones falleras van a ser las víctimas del enfado creciente del comercio.

¿Habría que propiciar el reencuentro de las fallas con el comercio de sus barrios? Es urgente hacerlo. Si el Ayuntamiento dice que protege el comercio tradicional, es preciso que impida que un puesto de venta de churros grasientos tape la entrada y los escaparates de una tienda que paga su IBI religiosamente. Al bar “de toda la vida” no se le puede poner un “food-truck” de temporada que compite ilegalmente. Ese bar, que antes era socio, anunciante, amigo y protector de “su falla”, tiene que volver a reencontrarse con los falleros. Porque la esencia de la fiesta es el barrio y la falla no puede ser un intruso mal visto que trae competencia desleal.

(Anuncios procedentes del “llibret” de la falla de la Calle de San Vicente de 1934)

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Fallas de 1918: humor negro

Los valencianos se maravillaron, en marzo de 1918, de su propia fuerza, resistencia y capacidad para vivir la vida con humor, pese a las adversidades. Después de tres largos años de guerra mundial, el año se inició, en medio de un frío glacial, con una ciudad que, por falta de suministro de carbón, estuvo casi todo el mes de enero sin suministro de gas y electricidad. Se guisaba con leña, de mala manera, y las fábricas cerraban por falta de fluido eléctrico; el número de parados creció, los alimentos escasearon y el pan multiplicó su precio. La falta de transporte marítimo, amenazado por la guerra, repercutía en la falta de materias primas. Pese a ello, al acercarse San José, el registro municipal recibió 29 peticiones para plantar fallas en calles y placetas: las ganas de vivir y celebrar la fiesta estaban vivas todavía. Casi la mitad de las fallas plantadas, catorce en total, se referían a la escasez, la subida de precios, el aumento de las tasas municipales y la falta de entrañas de los acaparadores. Una de las fallas, en un ejercicio de  humor negro, no se iba con rodeos: la figura de un estraperlista aparecía colgada en una horca, la pena que el pueblo quisiera reservar para los que abusaban de los precios y vivían a costa del hambre de los demás; una valenciana acababa de cumplir la última pena.

El primer premio, de 300 pesetas, fue concedido a la falla de la plaza de Rodrigo Botet, donde una valenciana espantaba a los buitres que invadían una caja de caudales… vacía. “Tot está 8” decía el lema, que jugaba con las palabras “buit” y “huit”. Era la caja municipal, las arcas de una ciudad arruinada que acudía a imponer tasas sobre contribuyentes que sufrían penalidades nunca vistas. El alcalde de turno esperaba cobrarle al obrero; y la “tasa” que este podía entregar apenas era la más humilde “tassa”… de café. La falla de la plaza de Pellicers, que ganó el segundo premio, iba por el mismo camino de la carestía: su parte central la componían cajas y sacos repletos de subsistencias. Y así, en las cuatro esquinas de la ciudad, hasta una docena más de fallas, a cuál más amarga y reivindicativa.

(Fotos procedentes de la magnífica colección Josep J. Coll. Blog JotajotaFaller. Cendra Digital)

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Los misterios del cartel de Mariano Benlliure

El cartel de la feria taurina de Fallas de 2018 es de Mariano Benlliure. Es hermoso, evocador, muy taurino y… lleva su firma en una esquina. Pero no lleva fecha. ¿Cuándo y para qué ocasión lo pintó el singular artista valenciano? Desde luego no para 1968 como se podría pensar y algunos están creyendo… porque el artista, para entonces, llevaba más de veinte años muerto.

Los escudos de la ciudad y de la Diputación, el maestro sentado en el burladero, la cabeza de toro de afilados cuernos, muchas flores, una escena de lidia… Todo –los temas, el estilo, las épocas y dedicaciones del que fue gran escultor– está evocando a una obra de la década de los años diez del siglo XX. Pero no hay una fecha que lo aclare. La empresa que administra la plaza de toros ha querido este año volver al clasicismo y ha recuperado el cartel que se usó hace medio siglo, en 1968, cuando la plaza de toros fue restaurada y remodelada, no tras el incendio que sufrió, que fue en 1946, sino porque era necesario acondicionarla a los nuevos tiempos.

El cartel de 1968 fue muy celebrado. Era de Benlliure, nada menos. Pero don Mariano murió 1947 y el cartel no lleva fecha. Quizá, lo más probable, el trabajo estaba en los archivos de la Diputación y nunca había sido usado. Quizá se pintó alguna vez para una corrida suspendida. Lo que sí se sabe consultando el estupendo libro “Carteles taurinos de la plaza de Valencia. 1831-1992”, editado por la Diputación, es que, después de 1968, los gestores de la plaza volvieron a usar el estupendo trabajo de Benlliure en 1988 (Feria de Julio) y en 1991 (Feria de Octubre).

Hay un detalle en el cartel que quizá pueda ayudar a situarlo en el tiempo. Esta abajo: junto el estoque del matador aparece algo insólito: unos billetes de banco y unas monedas de oro. ¿Qué quiere decir eso? ¿Por qué don Mariano incluyó el vil dinero junto a otros elementos evocadores? Probablemente está respondiendo, sí, a una crítica muy de los años diez y veinte: los maestros taurinos cobraban mucho y no siempre respondían con su esfuerzo al dineral que se llevaban. Tanto es así, que durante unos años, en la prensa valenciana, fue casi norma publicar lo que los matadores habían percibido por su trabajo en el ruedo. El público tenía derecho a saber lo que las grandes estrellas se habían embolsado por dejar lo mejor de su arte… o por defraudar con cuatro pases aburridos.

¿Iba don Mariano Benlliure, tan aficionado y exigente en los toros, por esos derroteros? Seguramente sí. Y seguramente fue el primero, en toda la historia de la cartelería, en atreverse a meter ese incómodo elemento en un cartel de reclamo de público. Incluso es posible que esa fuera la razón por la que la plaza de toros recibió su cartel, pero no llegó a editarlo, para no irritar a los maestros taurinos. Años después, pudo pasar que alguien lo encontrara, comprobara que estaba inédito y, sin reparar en el fajo de billetes y las monedas, enviara a la imprenta la obra del ilustre artista valenciano… fallecido veinte años atrás.

Puede ser… Aunque habría que estudiar el misterioso asunto.

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Los Puche, en el Museo Fallero

 

Julián, Pepe y Marina Puche llenan casi ochenta años de fiesta fallera, artesanía, pintura y escultura. Toda una saga, tres generaciones de artistas –abuelo, padre y nieta– a las que el Museu Faller dedica desde el lunes una exposición, llena de entrañables recuerdos familiares y gremiales, que al mismo tiempo es casi una historia completa de las Fallas; una historia, desde luego, de la fiesta que conocemos desde la posguerra.

La exposición está montada con sencillez, en espacios no muy extensos pero que se adaptan como un guante a las tres generaciones artísticas. Así, cada uno de los tres artistas tiene su ámbito, su sala personal, aunque hay una línea del tiempo que los va a unir a todos, aspecto muy necesario en tanto que Pepe Puche, hijo del maestro pero padre de Marina, es el “eslabón” que engancha la tradición al futuro. Así, aunque estamos hablando de una sola familia, de abuelo a nieta, resulta que estamos viendo la evolución de la fiesta fallera: desde las cabezas modeladas en cera de los cuarenta y los cincuenta a la graciosa estilización contemporánea de las fallas infantiles, pasando por esos incomparables grupos fundidos, imposibles de individualizar: “un cabàs ple de xiquets”, los viajeros de un autobús, etc. que fueron especialidad de Pepe.

Los guiños cambian, los chistes falleros se transforman, el colorido de las fallas se hace más exigente. Pasamos del “valencianot” a “Mary Poppins”… Y comprendemos toda la fiesta a través de tres grandes artistas que se propusieron y se proponen ser intérpretes de la fiesta en el momento del mundo que les ha tocado vivir. Y todo eso, además, como señalaron Gil-Manuel Hernández y Pere Fuset, con los “secretos a voces” de una vocación: los dibujos de estudio y las acuarelas de Julián, las esculturas de Pepe Puche y los óleos y acuarelas de Marina, obras en algunos casos nunca expuestas, que nos señalan –lo dijo el concejal de Cultura Festiva– que estamos hablando de artistas, todos estudiantes de Bellas Artes, que además han tenido hacia la fiesta el respetuoso afecto de querer hacer fallas.

Interesante exposición para una interesante familia. Habló Pepe y habló Marina. Evocaron a los abuelos y a la esposa-madre, se emocionaron y contagiaron de nostalgia a la concurrencia. Exposición merecida que señala que las Fallas tienen mucho que trabajar en su propia exploración. Para empezar, con la intención de decir que lo principal, en ellas, es lo más olvidado: el monumento fallero que se planta (y a veces se abandona) en la calle. No, la esencia de las fallas son lo que imagina, dibuja, construye, modela y pinta con esfuerzo un artista; el resto, son adornos. Necesarios, pero adornos.

Las fallas son el monumento. Que tiene un autor, desde luego. Monumentos hechos por personas que tienen historias, familias, vivencias, sufrimientos, alegrías y también recompensas. Para la familia Puche, esta exposición es un premio que les hace justicia artística. La presencia de gente que no cabía en las salas, de familiares y amigos, las palabras de los comisarios, el director, el concejal, y sobre todo las falleras mayores de Valencia, fue como el pastel en las bodas: la culminación de una hermosa fiesta.

La exposición se podrá ver hasta septiembre; pero su mejor mes, claro, es el de marzo.

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