El Cristo de Atotonilco, sin procesión

MIÉRCOLES, 8 DE MARZO. VIGÉSIMO QUINTO DÍA

La Hermandad del Señor de la Columna del Santuario de Atotonilco, en el estado mexicano de Guanajuato, tomó la dolorosa decisión el pasado 19 de marzo, día de San José: a causa de las medidas preventivas contra el coronavirus, este año no se celebraría la procesión nocturna de la imagen de Cristo hasta la ciudad de San Miguel de Allende. Estaba prevista para el 29 de marzo, con asistencia de miles de peregrinos de toda la región y de los estados colindantes; pero José Luis Malagón y Josué Pablan, los responsables de la Hermandad, de acuerdo del señor obispo, tomaron la decisión por razones de elemental prudencia.

Curiosamente, fue la peste la que dio origen a uno de los ritos de Semana Santa más piadosos y coloristas de México. La epidemia del año 1823, cuando la vida independiente de España no había hecho más que comenzar, hizo que la dolorosa imagen del Cristo atado a la Columna se trasladara hasta la ciudad en demanda de curaciones. Desde entonces se sigue celebrando con enorme devoción dos semanas antes de la Pascua; aunque este año ha sido preciso cancelarla, con gran dolor de los fieles y no poca preocupación para todo el sector de la hostelería de Guanajuato, que vio en ello una funesta señal de crisis.

Dos semanas después se ha hecho patente. El Cristo no tuvo procesión nocturna de peregrinos y la Semana Santa entera ha sido cancelada por prudencia. Muchos bares y restaurantes de San Miguel de Allende están cerrados y otros se presentan con la mayor parte de las mesas sin clientes. La hostelería está a menos del 40% de ocupación en una preciosa ciudad colonial que suele recibir anualmente más de un millón de visitantes, sobre todo norteamericanos, atraídos por la belleza de calles, patios y plazas, en un clima social de seguridad y buena receptividad hacia el turismo.

El Santuario de Atotonilco fue declarado Patrimonio de la Humanidad junto con toda la ciudad de San  Miguel, que llevaba el apellido de Grande hasta que en 1826 le pusieron el de Allende, en memoria del líder de la independencia nacido allí. Ignacio Allende (1769-1811) es, junto con Aldama, el gran padre de los momentos iniciales de insurrección de la Corona española que finalmente aglutinó el cura Hidalgo. Allende pagó con su vida el levantamiento: lo fusilaron los realistas y colgaron su cabeza de una de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, uno de los edificios coloniales que subsiste en la ciudad. Pero en 1826, tras la peste, consolidada ya la naciente nación mexicana, Allende recibió todos los honores de padre de la patria, el primero el cambio de nombre de la ciudad.

Una ciudad que había sido fundada por frailes franciscanos, concretamente por fray Juan de San Miguel, en el año 1555. La zona tenía abundantes manantiales que bajaban de la sierra hacia el río Laja. Y estaba en el camino real, la vía que comunicaba ciudad de México con Zacatecas. A solo 76 kilómetros, la ciudad de Guanajuato era, y siguió siéndolo durante muchos años, una zona minera de enorme importancia, capaz de producir más plata que la que se extraía en el Perú y en el Potosí boliviano. Entre Zacatecas, Guanajuato, San Miguel y México capital, la Ruta de la Plata conectaba con el puerto de Veracruz; era una vía estratégica, fundamental para el mantenimiento del imperio español durante los siglos XVII y XVIII.

La principal mina de Guanajuato, la que aún funciona y ofrece vetas generosas de plata, es la del conde de la Valenciana, un caballero que llegó a tener 3.000 personas trabajando en las entrañas de la tierra hasta dejar la ciudad como la vemos ahora, horadada por túneles por donde transitan cientos de vehículos al día, camiones y autobuses incluidos.

El santuario de Atotonilco, de donde tenía que haber salido la procesión del Cristo flagelado, presume con razón de ser “La Capilla Sixtina” de América. Desde que cruzas la puerta, todo, hasta el más mínimo rincón, está decorado con pinturas barrocas que rellenan bóvedas y cúpulas de figuras y de una espesa vegetación. En una de las alegorías, Europa, figurada por un rey que parece Carlos III, mira con respeto a América. Pero las visitas, este año, son escasas y raras: aunque no hay órdenes taxativas, como en Europa, la gente de América se está mirando en el espejo del otro lado del mar y se queda en casa por prudencia.

 

 

 

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El regreso del Antonov

MARTES, 7 DE ABRIL. VIGÉSIMO CUARTO DIA

No pude verlo. Metidos como estamos todos, cada uno en su agujero, casi nadie vio llegar, lento y pesado, a este singular avión de carga, el Antonov-124-100, uno de los cargueros aéreos más grandes y poderosos del mundo. Que en la batalla contra la epidemia, traía a Valencia, por cuenta de la Generalitat Valenciana y desde China, 65 toneladas de equipamiento: 506.800 mascarillas, 994.500 guantes, 216.860 equipos de protección individual (EPI) y 60.000 gafas de protección ocular.

Los aficionados a fotografiar las llegadas y despegues de aviones raros o espectaculares no han podido estar al pairo, como es su costumbre, en la senda de planeo de Manises. Se han perdido el espectáculo. Pero tampoco es grave porque este avión no es la primera vez que viene a Valencia: en este mismo blog hay una entrada del año 2012 que cuenta su misterioso viaje, en el mes de marzo, quizá para traer motores de coche que Ford necesitaba, en un momento de bache, para no dificultar su producción.

Estos cargueros de diseño y construcción rusa son unas máquinas singulares. Tienen un compartimento de carga enorme, de hasta 1.050 metros cúbicos, que se puede presurizar igual que el espacio de pasajeros de cualquier avión. Pero lo excepcional es que, para cargas tan enormes, el avión   –de 24 ruedas en total– despega con gran facilidad en pistas muy reducidas, lo que le hace ideal para estas situaciones de emergencia. El que ayer llegó a Valencia pertenece a la compañía Volga Dnepr, especializada en transportes de mercancías con aviones muy capaces; de modo que estos días están haciendo parte de los vuelos internacionales con material sanitario que necesita el mundo agobiado por la epidemia.

En Manises, como las fotos muestran, la descarga se hizo por la cola, usando las rampas de las que el avión está dotado. Pero si hubiera hecho falta, esta ballena del aire hubiera abierto la boca para descargarse: en su interior tiene grúas puente de 30 toneladas de fuerza. La máquina, que llegó desde China haciendo escala en Moscú, fue descargada a lo largo de la tarde de ayer, momento en que se inició una labor de distribución del material que necesitan los hospitales y colectivos que trabajan contra la epidemia en las tres provincias valencianas.

Las 65 toneladas de material de este vuelo se suman al casi millón de mascarillas, los 10.031 equipos de protección individual (EPI) y las 10.000 gafas de protección ocular, que llegaron a Zaragoza y Barcelona el martes 31 de marzo, y a las 3.800.000 mascarillas, 5.000 monos de protección y 200.000 guantes que también llegaron al aeropuerto de la capital aragonesa el pasado 25 de abril. A este material hay que añadir el procedente de numerosas donaciones de empresas y particulares que ha sido puesto a disposición de las autoridades sanitarias.

Al material sanitario que ha llegado este lunes en el avión procedente de China hay que añadir el enviado por el Gobierno de España, compuesto por 620.000 guantes, 336.470 mascarillas quirúrgicas, 90.050 mascarillas FFP2, 13.380 mascarillas FFP3, 26.800 buzos y 4.400 soluciones hidroalcohólicas.

 

 

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Cecilia Bartoli, otra vez será…

LUNES, 6 DE ABRIL. VIGÉSIMO TERCER DIA

Ahora que me acuerdo, ayer, domingo, teníamos entradas para un concierto de Cecilia Bartoli, en el Palau de las Arts. Nos las regaló mi hija por Reyes, un detalle de afecto y buen gusto que se ha quedado en el varadero, como tantos otros planes, ilusiones y proyectos en medio de este drama conmovedor.

¿Qué más da? Solo era un concierto. Devolverán el dinero… Parece el discurso más sensato: resignarse y aceptar la realidad. Pero no es ese, el del conformismo pasivo, el camino más correcto. Si cancelamos algo, que sea de forma momentánea, sin perder la esperanza de que lo vamos a poder recuperar después de la cuarentena. Si estamos dejando atrás todo el andamiaje previsto para la Semana Santa –el viaje que proyectábamos, la reunión familiar, la escapada a la caseta– que no sea para olvidarlo sino para recuperarlo. Que no sean estos días una cadena malhumorada de cancelaciones. O de fracasos de los que hay que culpar a alguien, como suele pasar.

Me pongo de psicólogo aficionado y de vía estrecha, lo sé. Pero es lo que sale al hilo de estas frustraciones, por otra parte ridículamente pequeñas comparadas con el desastre mundial. Aunque, una pregunta: ¿Dónde estará refugiada Cecilia Bartoli estos días? No es fácil saberlo aunque lo más probable es que esté confinada, la pobre, en un apartamento de Montecarlo: si en noviembre del año pasado la nombraron directora de la Ópera de la capital del principado, es probable que tenga allí un pisito con piano de cola e incluso una cuenta corriente, cosa normal.

Su página oficial, bajo el logotipo de Rolex, su patrocinador, informa de que “debido a las normas en torno al COVID-19 mis actuaciones previstas han sido canceladas o pospuestas. Por favor consulte las webs de los promotores. Espero verles pronto de nuevo!. Mientras tanto sigan sanos y cuiden de sí mismos!”

Donde consulto luego, una página que vende entradas para las mejores salas de ópera del mundo, sale una advertencia cariñosa “sobre estos días de desconcierto universal” y la información de que la mezzosoprano, por ahora, tiene previsto actuar el 25 de abril en el teatro Príncipe Regente de Munich (entradas a 146 euros agotadas) y el 27 el Viena, en el Music Verein, con todo el aforo vendido ya… La primera reflexión es que por ahí fuera cuesta el doble escucharla que en Valencia, algo que habitualmente olvidamos. Pero la segunda, y más potente, es que el mundo sigue, que hay más días que longanizas y que en alguna parte habrá ocasión de oír de nueva a la diva. Para empezar, en Valencia mismo, cuando los programas ahora descalabrados se puedan reconstruir.

Eso, y la Semana Santa, las Fallas, les Fogueres, la playa, el viaje, aquella excursión… El futuro se presenta agotador.

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Palmas y ramos de olivo

DOMINGO, 5 DE ABRIL. VIGÉSIMO SEGUNDO DÍA

La imagen del Cristo crucificado llegó al Grao el 15 de agosto de 1411. Y en la parroquia de Santa María del Mar, junto al puerto, recuerdan todos los años el milagro de una imagen protectora de marineros y pescadores. El templo, que tiene en el exterior la primera fuente de agua potable que usaron los vecinos del Marítimo, está estos días especialmente dolido: no se pueden celebrar los actos de la Semana Santa Marinera, suspendida por la epidemia reinante.

Cerca, muy cerca, hay un buque de la Armada, el “Castilla”, que está haciendo tareas de aprovisionamiento de mercancías. Estos días va con frecuencia de Valencia a las islas, donde los militares están dando lo mejor que tienen, su organización y sus ganas de trabajar. Palma e Ibiza, La Savina y Mahón. Los puertos están activos y los buques rolón de línea no paran, no pueden parar ni de día ni de noche.

El vaivén de los barcos no se ha detenido, no puede hacerlo. Mercadona carga camiones todos los días. Todas las cadenas de suministro están activas para que nada falte: ni frutas, ni verduras, ni agua mineral ni el imprescindible papel higiénico… La naviera Armas, propietaria ahora de Trasmediterránea, informó esta semana de que ya ha movido más de 13,000 camiones entre la península y las islas, tanto las Baleares como las Canarias. Tampoco ha cesado el imprescindible trajín entre los puertos del sur y las ciudades de Ceuta y Melilla.

En Mahón, según estoy viendo, la Policía Portuaria le hizo una fiesta a un chavalín que vive en el puerto mismo y cumplía tres años. Los coches, dos o tres, fueron a llevarle una tarta con las sirenas en marcha y las luces prendidas; el pequeño no salía de su asombro. Nos olvidamos demasiado de las islas, de las Canarias y las Baleares; vivimos como si no hubiera gente más allá de la Malvarrosa, como si el problema propio no fuera problema de todos.

Pero hace falta que el “Castilla” de apoyo a los soldados que han ido o están establecidos en las islas. El sábado, con sus mascarillas, los miembros de una unidad básica de Zapadores y de Desinfección de Veterinaria Militar del Ejército de Tierra de la Comandancia General de Baleares empezaron a desinfectar a fondo el puerto de Ibiza. También trabajaron en el aeropuerto y en la residencia de mayores de Cas Serres. En La Savina, el puerto de Formentera, hubo desembarco también: se dio un buen repaso preventivo a todas las instalaciones de la estación marítima, las dos zonas de embarque y los muelles de pasajeros.  Lejía y agua, como en los viejos tiempos, obran milagros en todas partes. Aplicadores de vapor y sprays, higienizan todos los rincones. El jefe de la unidad llegada a la isla, Xisco Garcia Fluxà, explicó que la desinfección se iba a aplicar “en zonas susceptibles de estar afectadas por coronavirus”.

La imaginería clásica pinta a Jesús entrando en Nazaret a lomos de un borriquillo. Jesús fue recibido como un salvador: las palmas, y los ramos de olivo, son viejos símbolos de bienvenida y paz. La Semana Santa católica se inicia con rituales cargados de metáforas  que se traducen en convicciones y gestos: muchos guardamos todo el año la palma, o el ramito de olivo, bien en el balcón o en la entrada de la casa, como señal de reconciliación y buena ventura.

Todo pasará. En la red me encuentro que una muchacha, Sonia López, ha colgado una foto del puerto de La Savina, en Formentera, con un arco iris colosal; para ella, para millones, es el mejor augurio de que la tormenta va a pasar.

Fotos.- La procesión de las Palmas, en Elche (“La Verdad”, de Murcia) y el “Castilla”, buque transporte de la Armada

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La Guerra de la Masa Madre

SÁBADO, 4 DE ABRIL. VIGÉSIMO PRIMER DÍA

Dice la radio que lo que se agota ahora en los supermercados es la levadura. Aburrida, la gente ha echado mano de recetas de internet y está dando la batalla de la panadería y la bollería. La Batalla de la Masa Madre.

Es como aquella vieja Madre de Todas las Batallas, pero menos cruenta. Solo que deja el suelo y los muebles de las cocinas cubiertos de harina y churretones de huevo. En muchas casas huele a chamusquina. Los niños protestan porque el pan que llega a la mesa “está negro”. Y los padres horneros se inventan mentiras truculentas sobre las propiedades de lo que acaba de salir del horno, pasado de horas y con una corteza que parece de carbón vegetal. “¿Tú has oído hablar del pan de centeno de Lituania, so bobo? Pues aquí lo tienes… lleno de vitaminas. Los niños esquivan la cara de asco y se guardan su ración bajo la camiseta; luego, sigilosamente, la dejarán en un armario, sepultada bajo las piezas del Lego. El heroico padre respira orgulloso: “Muy bien, te lo has comido todo… Así me gusta”.

Tengo un amigo que se hace el pan en casa desde hace años. Tiene huerto también. A Paco, todo esto del aislamiento y el autoconsumo le ha pillado más preparado que a los demás, pobres rémoras de la ciudad, esclavos del carrito. Mi amigo tiene recursos: conservas y frutos secos, harina y almendras, semillas, limoneros, gallinas y abono natural. Dueño de mil recetas de la Marina, Paco hacía compost antes de que se pusiera de moda. Y conocía el arte de hacer arroz con la más humilde compañía; unas pieles de bacalao y unos garbanzos dan con él mejores resultados que cualquier otro manjar. Pero ocurre que mientras los demás estamos huérfanos sin Consum o Mercadona, él sabe injertar y podar, conoce el calendario secreto de las alcachofas y cuándo se tienen que preparar los planteles de las tomateras.

La música de “Resistiré” le resulta familiar, porque su estilo de vida, por placer y por convicciones personales, era una suerte de resistencia contra el consumo sin motivo, contra el despilfarro de los bienes de la tierra. ¿Hacer pan? Eso es de párvulos para Paco. Poseedor de secretos que ahora le hacen más fuerte, Paco, estoy seguro, sabría hacer jabón si hiciera falta. No lo duden: él sabe dónde podría ir a buscar barrilla… si no le parara algún guardia con malas pulgas. Seguro que conoce dónde hay, en la Marina, un saladar donde crece la planta de la que hace doscientos años todo el mundo sacaba la sosa para hacerse el jabón en casa.

Grasa más sosa, igual a jabón más glicerina. Ya está. “Chupao”. Las bisabuelas, en el pueblo, hervían y removían una poción mágica de la que salía un estupendo jabón de “resistencia”. Paco, mi amigo, seguro que sabría si llegara el caso…

Por lo demás, nuestro barco, el MSC Eloane, entró ayer en el Mediterráneo por Port Said y poco después se puso a navegar a toda máquina con rumbo oeste. Ahora sí, declaró el puerto de destino: Algeciras. Tiene previsto llegar el jueves, día 9 de abril. Jueves Santo.

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La travesía de Suez

VIERNES, 3 DE ABRIL. VIGÉSIMO DÍA

Tal y como tenía previsto, el buque que estamos siguiendo en estas notas diarias, el MSC Eloane, está atravesando hoy el Canal de Suez. Cuando me conecto, me lo encuentro ya, navegando a ocho nudos, cerca del Pequeño Lago Amargo.

El Canal es una fila de hormigas que navegan despacio. De norte a sur hay una hilera que ha entrado desde el Mediterráneo, en Port Said; de sur a norte van avanzando los que proceden del Mar Rojo. En los lagos salados, y en las zonas del Canal donde hay dos “carriles” de navegación, los técnicos organizarán los necesarios cruces. Es sencillo, es como ordenar el paso de vehículos por una calle estrecha; pero aquí estamos hablando de petroleros con una carga enorme, de buques de crucero para miles de turistas, de barcos contenedores de cuatrocientos metros de largo, como este MSC Eloane, que no cabría, ni de ancho ni de largo, en nuestra calle de la Paz.

El Pequeño Lago Amargo no es tan pequeño, tiene varios kilómetros, aunque es obviamente menor que el Gran Lago Amargo, que está al norte. Al trazar y construir el Canal, en el siglo XIX, Fernando Lesseps se apoyó en estos dos lagos, extremadamente salinos, para facilitar su proyecto. El resultado fue que sus aguas, setenta años después, ya no eran casi salinas porque recibieron aguas de los dos mares comunicados. Los expertos dicen que eso no fue tan malo: la extracción de sal, que se practicaba quizá desde los tiempos de los faraones, casi se perdió; pero las aves, que rehuían unos lagos sin vida, aprendieron pronto a usarlos en sus migraciones norte-sur.

El MSC Eloane navega detrás de un enorme petrolero, sin prisa. Usará casi todo el día de hoy en pasar al Mediterráneo, por Ismailía y Al Qantara el Sharqiyya. Un poco más al norte hay un buque turístico, el crucero Columbus, y el Emma Maersk, otro grande del transporte de contenedores, de casi 400 metros de eslora. El CMA CGM Vela, veterano también del puerto de Valencia, les sigue de cerca; todos van alternados con buques de menos porte que marchan despacio, atentos a la radio y a los sistemas de posición, a los remolcadores que esperan para los tramo difíciles.

En el Gran Lago Amargo, a bordo de un acorazado, se reunieron el presidente Roosevelt y el rey Saud de Arabia, en 1945, cuando la guerra estaba terminando. Los intereses del petróleo del mundo libre se afirmaron sobre un pacto para la historia. Según leemos, el Pequeño Lago Amargo se hizo famoso en la Guerra de los Seis Días, la de aquel general Moshe Dayan que llevaba un parche en un ojo. Catorce barcos se quedaron metidos en la ratonera del lago y allí tuvieron que seguir varios años, hasta que en 1975 se organizó una “operación salida” de buques que ya eran chatarra semi oxidada, cubiertos de una capa de arena de medio metro.

MSC Eloane saldrá al Mediterráneo esta tarde, por Port Said. Y entonces es posible que establezca su rumbo y su destino, seguramente Rotterdam, quizá antes algún puerto español. ¿Qué lleva en sus bodegas? De todo. Todo lo que se fabrica en China y en Singapur, todo lo que procede de las fábricas y talleres de Oriente viaja en unas bodegas casi infinitas; él solo lleva la carga de diez mil caravanas de los tiempos de Marco Polo. desde mascarillas a televisores, desde libros a motores… Todo estará en su destino, hacia el 12 de abril, cuando la Europa frágil empiece a salir de su confinamiento después del atroz paso de la pandemia.

Mientras tanto, aquí, las cosas siguen como sabemos. Confinamiento y desconcierto. Los más sabios, los rectores de las Universidades españolas, los que suponen que tenían que ser prudentes consejeros de la sociedad, no se han puesto de acuerdo con el modelo a aplicar a sus estudiantes. El curso ni se sabe cuándo acabará ni cómo se dará por concluido. Otro fracaso a apuntar en el libro triste de esta tragedia.

 

 

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El plan nuestro de cada día

JUEVES, 2 DE ABRIL. DECIMONOVENO DÍA

Una distracción interesante consiste en consultar la agenda y ver lo que había previsto en ella para el día. A las ocho menos diez de la mañana, el teléfono me ha avisado de una reunión que tenía prevista para hoy. Ni me acordaba ya. Pero el caso es que en la otra agenda, la clásica de papel en la que cada día tiene su página, también está anotada la hora, y el asunto de una reunión que ni siquiera se ha desconvocado…. Todos los concernidos estamos en la misma.

Es una solemne bobada. Pero entretiene esa mirada sobre lo que estaríamos haciendo en el caso de que hubiera “normalidad”. Es ameno reconstruir lo que hubiéramos hecho tal día como hoy, después de las Fallas, en el camino decidido de la Semana Santa. Reuniones, tareas, calendario de ocupaciones, planes, nos hablan del añorado modelo de vida “antiguo”, donde había montones de ocupaciones que ahora parecen ridículas y lejanas, incluso increíbles. Es jueves, y todos los jueves un grupo de amigos teníamos la sana costumbre de reunirnos a comer para contarnos las últimas novedades, para hacer las críticas de rutina contra el Gobierno o el Ayuntamiento, compartir chistes y rumores, confidencias y planes.

El plan nuestro de cada día, dánosle hoy. Que no nos falten iniciativas, aunque estemos entre cuatro paredes; ahora toca gimnasia de pasillo,  lectura de libros olvidados, repaso de inglés, arreglo de un armario… Hartos ya de noticias adversas, nos estamos haciendo de una dureza nunca imaginada. Empezamos a ver el periódico de modo superficial y sabemos el minuto exacto en que hay que abandonar el telediario porque no nos interesa lo más mínimo saber si hay o no hay determinados protocolos en vigor para los viejos, comportamientos para esta o aquella situación.

Lo que sí que consigue enfadarme, sin embargo, es el comportamiento de algunos alcaldes con los agricultores. Que en pueblos esencialmente agrícolas se estén prohibiendo las tareas del campo es, además de suicida, decididamente memo. Porque denota que esas autoridades no solo desconocen que las normas de excepción sí permiten salir de casa para esas tareas, sino que ignoran de qué ha vivido y vive la gente del pueblo.

Habrá tiempo para todo. No me las doy de adivino pero si apartas un poco la maleza del momento se ve muy clara la caída estrepitosa de este o aquel político, la llegada de una barrida general de figuras, figurines y figurones como fruto de sus actuaciones de hoy.

Por lo demás, tenemos varios buques de crucero turístico con problemas, dos de ellos en aguas de Florida, porque tienen enfermos a bordo y llegar a puerto requiere una compleja operación sanitaria. Y hay también una movida enorme, por parte de la Marina de Estados Unidos, para evacuar y estudiar el estado de miles de tripulantes del portaviones “Teodoro Roosevelt” que descubrió la enfermedad a bordo y e acercó en cuanto pudo a la isla de Guam. Son situaciones asombrosas e insólitas, como la llegada de un avión, cargado de mascarillas y material sanitario, obsequio de Rusia a la ciudad de Nueva York.

También he de comunicar que esta mañana se han cerrado las visitas turísticas al Gran Cañón del Colorado… Y que hoy es mi santo.

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La gimnasia de escribir

MIÉRCOLES, 1 DE ABRIL. DECIMOCTAVO DÍA

Escribo cuando no tengo otra cosa mejor que hacer. O sea que me paso casi todo el día escribiendo. Es una forma de hacer gimnasia como otra cualquiera. Lo que ocurre es que no sé de qué escribir. Sin embargo, ahí afuera está en marcha una guerra, con demasiados muertos, en la que batallamos contra una curva estadística. Nos hemos hecho especialistas en “el pico”, en “la meseta” y “la bajada”. Nos hemos hecho expertos en interpretar una contabilidad de asombro, a sabiendas de que cuando hay una guerra la primera que muere es la señora Verdad y luego aparece el juego de manos de la estadística.

Tengo una suerte que no conviene olvidar: tengo enfrente el parque del Turia que ahora, tras los chaparrones, está limpio y brillante. Solo se oye a las palomas, un arrullo rítmico y repetido, una llamada no sé si desesperada pero bastante exasperante desde fuera. Dicen los periódicos que esto que pasa es bueno para el asunto de las palomas; que cuando escasee la comida que les da la gente cada día, la comida que se nos cae de las manos por descuido, los animalitos irán a los comederos oficiales — que no sabíamos que existían– donde les estará esperando una dosis de esterilización.

Es posible, no lo sé. En todo caso me pregunto si a los humanos encerrados no nos pasa algo parecido: que vamos a los comederos oficiales, picoteamos lo que nos cuentan y acabamos un poco más adormecidos e incautos, algo más dóciles también.

Ahora hay calma en el parque. No hace viento aunque se esperan nuevas lluvias. Así es que intento imaginar cómo estarán, en este preciso instante, algunos sitios que he visto. La bandera imponente en medio de aquella plaza de ciudad de México, o el café de la Ópera de Viena; la estación Gran Central de Nueva York o las calles empinadas de Albarracín. Todo, me temo, son ahora paisajes vacíos, lugares sin sentido. Vacíos de gente, solitarios, los espacios de las ciudades van siendo tomados por los animales de la vecindad: hay vídeos de piaras de jabalíes, de pumas con cara de apetito, de ciervos mucho menos huidizos…

El periódico dice hoy que el Gobierno está pensando en usar la geolocalización de nuestros teléfonos móviles para comprobar que estamos quietos y tranquilos, en casa como se ha ordenado. Era lo previsible, el primer paso dentro del proceso de pérdida de autonomía y libertades que esta crisis nos va a traer en cuanto nos descuidemos, o sea ya. Con todo, hay un país, no me pregunten cuál, uno que antes estuvo en la Unión Soviética, donde el gobierno ha prohibido la palabra “coronavirus” para dejar las cosas claras desde el primer momento.

Y nada, a continuar. De las ofertas que he recibido en las últimas horas, selecciono unas pocas… No se pierde nada probando.

https://www.cac.es/es/home/la-ciutat/visita-virtual

https://www.youtube.com/watch?v=5_IqyVUyM3A

https://www.youtube.com/watch?v=ebRiiRGt6uM

 

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Rumbo al canal de Suez

MARTES, 31 DE MARZO. DECIMOSÉPTIMO DÍA

Bajo la lluvia pasa un ser humano, viajero en una bicicleta mínima, que intenta protegerse con un gorrito y un impermeable rojo. Bajo la lluvia, llegan los de la contrata de jardines y fumigan de arriba abajo los contenedores: un trabajo duro y desagradable, una tarea esencial e imprescindible que ayuda a la necesaria higiene general. Es martes y vuelve a llover con fuerza. Nieva en las montañas del interior y la primavera se retrasa.

Me he propuesto seguir al “MSC Eloane”, un carguero gigante que salió de puertos orientales hace unos días, cuando en China estaban empezando a respirar mejor, y que el domingo, 22 de marzo, navegaba por el estrecho de Malaca con hoja de ruta que le ordenaba estar en la entrada sur del canal de Suez a primeros de abril y rendir viaje, quizá en Rotterdam, después de tocar en algún puerto del Mediterráneo español.

Pero en la aplicación de Marine Traffic me dijeron, el domingo 29, que “la embarcación está fuera del alcance”. Es decir que el barco a seguir quedaba fuera del alcance de los satélites habituales. No estaba perdido ni abandonado, faltaría más, pero dejó la zona de cobertura del continente indio para no estar disponible en las pantallas hasta llegar a Arabia y sus inmediaciones.

El lunes, 30 de marzo, “reapareció” como era de esperar. Navegaba a 17 nudos al sur del Yemen, dispuesto a entrar en la Puerta de las Lamentaciones, el Bab el Mandab de los libros de Geografía de nuestra niñez, el peligroso y legendario estrecho que lleva al Mar Rojo y finalmente a Suez. Hoy martes ya navega con rumbo norte hacia la puerta sur de Suez. Antes, sin embargo, en esos días de silencio, el buque había navegado a toda máquina desde el sur de Ceilán, atravesando el Mar de las Laquedivas, un trozo del planeta surcado por una ruta internacional de cargueros en el que casi nadie se detiene.

Las islas Laquedivas quedan al norte, y son parte de la India. El archipiélago de las Maldivas, al sur del trayecto de los barcos, configura una república independiente: un conjunto de 1,200 islas y atolones donde me pregunto si el virus habrá llegado a estas alturas de la epidemia. En medio de aquellas extensiones de océano hay una isla de coral y cocoteros, una preciosidad de nombre Minicoy, que pertenece a las Laquedivas, aunque con muchas dudas históricas, porque es la más alejada en el extremo sur y a la hora de la verdad tiene fuertes vínculos con la cultura del otro archipiélago, el de las Maldivas, del que “apenas” está alejado 560 kilómetros, una tontería de océano. La India prohibió a los de las Laquedivas, incluida Minicoy, tener contacto y comercio con los de las Maldivas.

Minicoy, dos metros de altura máxima, miles de cocoteros, diez aldeas y poco más de diez mil habitantes. De su historia se destaca el funcionamiento de una colonia de leprosos y la construcción de un faro, en el siglo XIX. No tiene aeropuerto pero están pensando en cómo desarrollar un turismo que sin duda dará al traste con la belleza del paraje. El trayecto en barco desde el atolón hasta Kerala, en el continente indio, dura entre 14 y 20 horas. En teoría, ahora, los vecinos de Minicoy tienen que estar confinados, como el resto de los 1.300 millones de ciudadanos de la India.

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Parar la economía

LUNES, 30 DE MARZO. DECIMOSEXTO DÍA

El real decreto fue colgado en la web del Boletín Oficial del Estado a las doce menos cuatro minutos. Hasta el último momento, esa es la impresión reinante, hubo dudas y discusiones sobre si se debía parar, o no, toda actividad considerada “no esencial”. Porque las patronales huelen que puede venir una ruina tras esa prohibición, y porque los presidentes autonómicos, al menos el valenciano, se inclinaban por algo más práctico, que es hacer flexible, adaptable, una decisión tan radical.

Radical, aunque, a la hora de la verdad, pueden quedar excluidos de ella todos aquellos que se quieran excluir. Porque, puestos a analizar la realidad sobre la que se actuaba, los redactores de la norma han incluido casi más excepciones que regla. Sin contar con el problema de costumbre: el de un gobierno que anuncia una medida sin haberla enviado antes al Boletín; sin tenerla siquiera redactada con todos sus detalles.

No, las cosas no son como se imaginan. Parar las obras públicas y la industria, como en realidad se pretende, no es tan sencillo como decretarlo. En la mayor parte de los casos hacen falta horas, al menos un día de actividad: hay máquinas, advertencias, consultas. Y en cada empresa ha de haber una decisión con detalles de departamentos e incluso nombres de personas afectadas. Será, pues, el martes, cuando empiece a aplicarse esa supercuarentena con la que se intenta doblegar la curva de contagios. Y es que asoma la Semana Santa, se acerca el famoso viernes de Dolores en el que todo el funcionariado de Madrid, y mucha gente más, echaba el cierre, y se temía un nuevo intento de éxodo peligroso.

Y es que este juego del Siete y Medio tiene muchas perversiones. Haga lo que haga el gobierno, diga lo que diga, en cualquier fecha, momento y oportunidad, va a encontrar descontentos. Siempre. Es una característica inevitable de la sociedad española. Y también de los valencianos, listos para criticar que se autorizaran y alentaran las manifestaciones del 8 de marzo cuando al día siguiente, 9 de marzo, el parque del Oeste se llenó de unos dos mil jubilados que asistieron, con la fallera mayor, a una fiesta colectiva que incluyó reparto de paella para todos.

¿Cuándo es el momento adecuado para una determinación? ¿Cuándo se debe parar buena parte de la economía a sabiendas del gran daño que eso va a producir? Es evidente que no es lo mismo tomar una decisión de futuro que contemplarla a tiempo pasado. Cuando me dijo alguien que en España podríamos llegar a tener 10.000 enfermos… pensé que estaba exagerando.

Y  ahora, una curiosidad que leo en “Foro Naval”: la tripulación del submarino nuclear ruso “Orel” ha sido puesta en cuarentena después de que un civil contagiado se entrevistara casualmente con uno de los 110 tripulantes de la nave, amarrada en la famosa base de Murmansk. El submarino, de la clase K-266, fue botado en 1992, cuando toda la URSS estaba a punto de caerse: tiene 154 metros de eslora y 18 de manga. Y lleva torpedos más 24 misiles. Ahora, en la cuarentena, los marinos pensarán, supongo, en la utilidad de una máquina carísima que no ha servido para mucho…

En las imágenes, un festival de paellas callejeras, en el Ensanche, el pasado 7 de marzo. Y el submarino “Orel”.

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